En las aldeas de Gambia, la mutilación genital femenina (MGF) sigue siendo una práctica arraigada, a pesar de la ley que la prohíbe desde 2015. El caso de Yassin Fatty, una de las mutiladoras más prominentes del país, ha puesto de nuevo el foco en este controvertido tema. A sus 96 años, Fatty fue arrestada el año pasado por mutilar a dos niñas, a pesar de haber participado en ceremonias en las que se comprometió a abandonar la práctica en 2013. A su juicio, esta práctica no es solo un acto cultural, sino una cuestión de creencias profundamente arraigadas.
La situación de Fatty resalta una realidad compleja: aunque la ley gambiana prohíbe la mutilación genital femenina, la práctica sigue siendo común en muchas comunidades rurales, donde niñas menores de dos años siguen siendo sometidas a este procedimiento. A pesar de los esfuerzos internacionales, millones de dólares invertidos por agencias como la ONU, y el trabajo de activistas locales como Momodou Keita, la tasa de prevalencia de la MGF sigue siendo alarmante, con un 73% de niñas entre 15 y 19 años afectadas.
La presión para mantener viva esta tradición no solo proviene de las prácticas culturales, sino también de líderes religiosos como Abdoulie Fatty, un influyente imán que ha defendido la necesidad de descriminalizar la mutilación genital femenina. Su intervención ha reavivado el debate nacional en Gambia, donde la mayoría de la población es musulmana. En un giro inesperado, el imán se ha convertido en un defensor de su prima Yassin, pagando las multas impuestas a ella y otras dos mujeres acusadas de mutilar a las niñas, y promoviendo una campaña para revertir la ley.
Fatty, quien había abandonado la práctica públicamente en 2013, se vio nuevamente atrapada entre los esfuerzos de activistas como Keita, que buscaban poner fin a la MGF, y la presión de su comunidad, que la considera una autoridad. La situación ilustra cómo las prácticas tradicionales pueden perdurar a pesar de las leyes modernas y los esfuerzos de cambio cultural. En una nación donde el islam se interpreta de manera conservadora en muchas regiones rurales, las voces como las de Abdoulie Fatty resuenan con fuerza, impulsando el argumento de que la mutilación femenina forma parte de la tradición y de la pureza religiosa.
Para Keita, quien ha dedicado años a educar a las mujeres y ofrecerles alternativas económicas a cambio de abandonar la práctica, el caso de Fatty es una derrota personal. Sin embargo, también pone de manifiesto un desafío mayor: cambiar la mentalidad y las creencias profundamente arraigadas en las comunidades, donde la mutilación se considera un rito esencial de iniciación y feminidad.
El futuro de la lucha contra la mutilación genital femenina en Gambia parece incierto. A pesar de los avances legales y la movilización de organismos internacionales, la persistencia de líderes religiosos y el apoyo a las prácticas tradicionales mantienen la MGF como una realidad en el país. En la aldea de Bakadaji, donde nació Yassin Fatty, la pregunta sigue siendo si alguna vez se podrá erradicar por completo esta práctica que ha marcado generaciones de mujeres.






















