Desde sus inicios, el séptimo arte ha funcionado como un espejo de la realidad social, narrando historias que no solo imitan la cotidianidad, sino que la enriquecen al convertirse en crítica o análisis del orden establecido. Estas obras despiertan dudas, cuestionan valores morales y éticos, y ponen en juicio la estructura del mundo en que vivimos.

Con La Sustancia (2024), la directora francesa Coralie Fargeat lanza una incisiva crítica hacia la propia industria cinematográfica, específicamente Hollywood, denunciando su arraigado machismo y una cultura dominada por un sistema comercial que perpetúa la violencia de género a través de prácticas grotescas, muchas veces disfrazadas bajo la cegadora luz de los reflectores.

En el filme, Elisabeth Sparkle (Demi Moore), una estrella del fitness con un efímero pero exitoso paso por el cine, es despedida de su propio show debido a su edad. Entonces, se le ofrece una cura milagrosa contra la vejez que la transforma en Sue (Margaret Qualley), una versión mejorada de sí misma. Aunque ambas coexisten como entidades independientes, en esencia comparten una misma consciencia. Sin embargo, todo se desmorona cuando Sue altera el equilibrio de «La Sustancia», sumiendo a Elisabeth en una espiral de pesadillas depresivas, grotescas y, trágicamente, adictivas.

El estilo narrativo y visual de La Sustancia es único, moviéndose entre lo grotesco y lo hipnótico. Rompe las barreras entre el erotismo y la repulsión, presentándolos como dos caras de una misma moneda. Fargeat deja en claro que los estándares de belleza pueden ser igual o incluso más perturbadores que el horror mórbido plasmado en las escenas de la película.

Aunque La Sustancia apunta a exponer el sexismo en Hollywood, también es un ensayo visual y emocional sobre el daño psicológico y físico que las mujeres enfrentan en un mundo donde la belleza hegemónica lo es todo. Es un mundo donde el reloj biológico se convierte en una cadena cada vez más pesada, que destruye el espíritu, la esencia y el amor propio. Un lugar en el que los jueces y verdugos son una masa mediática herida, víctima de sus propios instintos más bajos y repulsivos.

La Sustancia no solo desnuda las cicatrices de una industria, sino que nos confronta con nuestra complicidad como espectadores. Al final, la película no solo apunta a Hollywood, sino a una sociedad obsesionada con la perfección, que devora a sus ídolos en nombre de una belleza inalcanzable.