Portugal se consagró campeón del Mundial Sub-17 por primera vez en su historia al derrotar 1-0 a Austria en la gran final, un encuentro tenso que se definió gracias al tanto de Anísio Cabral, uno de los goleadores más destacados del certamen. Con esta victoria, el cuadro lusitano cerró una participación memorable y se convirtió en el undécimo país en ganar este torneo desde su creación en 1985.

A lo largo del campeonato, Portugal mostró un rendimiento sólido y dominante. Finalizó su participación con seis victorias, un empate —en el que superó a Brasil en tanda de penales— y solo una derrota. Su poderío ofensivo quedó reflejado en los 23 goles anotados en ocho partidos, promediando casi tres anotaciones por encuentro. En el aspecto defensivo también brilló, ya que únicamente recibió cuatro goles y mantuvo su arco imbatido desde la ronda de dieciseisavos de final.

La final confirmó la superioridad portuguesa: un equipo ordenado, disciplinado y capaz de controlar los momentos clave del partido. Austria, por su parte, mostró resistencia, pero no encontró la fórmula para romper la estructura defensiva rival.

Con este triunfo, Portugal cerró un ciclo dorado y alzó un título que se le había negado durante casi cuatro décadas, consolidándose como una de las nuevas potencias juveniles del fútbol mundial.