En el sur de Líbano, el pequeño pueblo cristiano de Qlayaa vive una Semana Santa marcada por el contraste entre la fe y la guerra. Mientras las campanas de la iglesia llaman a misa, el sonido de explosiones y sobrevuelos militares recuerda la cercanía del conflicto.
Con cerca de 3 mil habitantes —de los cuales aún permanecen unas 700 familias—, la comunidad se resiste a abandonar su tierra pese a los bombardeos de Israel y el lanzamiento de cohetes por parte de Hezbolá en la frontera.
Durante las celebraciones religiosas, como el Miércoles de Job, la iglesia de San Jorge se llena de fieles que buscan refugio espiritual. El sacerdote Antonios Farah aseguró que la guerra ha fortalecido la fe de la comunidad, que ha intensificado su participación en los ritos.
La tensión aumentó tras la muerte del padre Pierre al Rahi, víctima de un ataque el pasado 9 de marzo. Aunque inicialmente hubo versiones contradictorias, investigaciones independientes apuntan a que el proyectil provino de una zona bajo control israelí.
A pesar del riesgo y la salida del Ejército libanés de algunas áreas cercanas, los habitantes han decidido permanecer. Para ellos, dejar Qlayaa significaría renunciar a su historia, su fe y su identidad.























