Por Dr. José Iván Ramírez Avilés
«Los espacios libres en las ciudades son, por consiguiente, medida indispensable de salud e higiene para sus habitantes»
Miguel Ángel de Quevedo
La muerte y vida de las ciudades puede comenzar de diferentes formas, en ocasiones se piensa que todo lo que obedece a una concentración de infraestructura y población, constituye por sí mismo elementos para destacar lo que es urbano de lo que no lo es, para definir una “ciudad”.
No obstante, si revisamos la historia podemos percatarnos que no es así, las ciudades van más allá de una mera concentración de personas, tienen que ser espacios vividos, donde se ejerce el derecho al disfrute del espacio público, a la participación, y en muchos casos están marcadas por intervenciones (o no intervenciones) que las llevan a la muerte o a su desvanecimiento y en múltiples formas.
Por ejemplo, Chueca Goitia, en su libro Breve Historia del urbanismo, ya señalaba que a la ciudad, en cierto modo como a la persona humana, le acontece que siempre es la misma y nunca es lo mismo. Y más aún, que cuando una ciudad ha perdido su propia mismidad, cuando en un cierto estado se ha desvanecido toda referencia a su pasado, es que esta ciudad ha muerto y ha dado paso a otra diferente.
Y en efecto, a lo largo de la historia, y en múltiples contextos, se han desarrollado una infinidad de intervenciones, de planeación urbana y regional, existe ya un bagaje impresionante de experiencias, entre las cuales hasta el momento el punto en común al que se ha llegado en el siglo XXI, es tener un enfoque de desarrollo sustentable transversal a todas las acciones urbanísticas, lo cual, en teoría es un hecho y en la práctica, en muchos contextos aún sigue sin aplicarse.
En este sentido, la historia del urbanismo y la experiencia aportada por ensayos y errores nos muestra que, si bien pueden existir debates y discusiones sobre distintas concepciones y metodologías de intervención de lo que es mejor o no, al final los hechos y los resultados hablan por sí mismos. Si bien, hay batallas que se han ganado en pro del beneficio común, hay otras que se han perdido, en manos de urbanistas que han apostado por el beneficio privado y especulativo en desmedro de la calidad de vida de la población.
Ejemplos igual variados, uno de ellos y famoso es la defensa del derecho a la ciudad, por la igualdad, la defensa de lo barrial que hizo la urbanista Jane Jacobs en contra del “rey” del urbanismo neoyorkino en el siglo XX, Robert Moses (en especial el proyecto de vía elevada de 10 carriles trazada a través del denso casco del sur de Manhattan), este último (pese a la gran importancia de muchos de sus proyectos), al final también es ejemplo de abuso de poder, del despojo, del desprecio hacia lo público, hacia los barrios, el impulso a la gentrificación, entre otros aspectos que lo ubican en un “urbanismo” para los promotores inmobiliarios. Otro ejemplo es el caso de la caída literal del Pruitt Igoe, en San Luis, Estados Unidos, clara realidad de un urbanismo doctrinario lecorbusiano fracasado.
En este sentido, cabe preguntarse cuáles son las diferentes versiones de estas muertes o agonías urbanas. Lo anterior no es trivial y ha representado luchas intensas, cuyos resultados apenas se observan en la planeación urbana con el reciente acuerdo hacia una línea en común que es el desarrollo sustentable, aunque ciertamente, en la práctica, este acuerdo sigue sin tener aplicación por lo que debemos tener precaución y seguir documentando cualquier intervención de ese “urbanismo brutal”, el de las ciudades escenarios que retrató muy bien Peter Hall, cuidar que no reaparezcan, o si aparecen contar con los elementos para defender lo público y la calidad de vida, la cultura, la vida misma de lo que es una ciudad, todavía más allá, de lo que integra una ciudad y sus regiones.
En ese sentido se dice que las ciudades de igual forma tienen alma y vida, algunas autoras como la ya referida, Jane Jacobs, han señalado varias características de estas muertes: la violencia contra lo humano, contra la escala humana, el ataque mismo a la vida urbana, a sus barrios, al sentido de comunidad, a lo social, de lo cual se derivan ambientes uniformes y monótonos, apáticos o simplemente el agregado de factorías o viviendas, lo cual en su sentido pleno no llega a conformar ciudades.
Posiblemente estos señalamientos no son nuevos, ya que derivan de toda una serie de preocupaciones que han marcado incluso la misma historia del urbanismo. Múltiples reflexiones se han centrado, por ejemplo, en la violencia hacia la ciudad, al llamado urbicidio como la expresión máxima de la violencia contra el espacio urbano en todas sus variantes ambientales, económicas, sociales y culturales, como un síntoma cada vez más constante.
La ciudad es un organismo en constante cambio, sí, empero qué tipo de cambio, cómo interpretarlo, hacia dónde nos dirigimos. Defender la ciudad en este caso implica defender esa vida urbana, la comunidad, la diversidad tanto económica, cultural y social, su heterogeneidad. La agonía de la ciudad es la incapacidad de satisfacer las diversas necesidades de sus habitantes, cuyo remedio se solventa en muchos casos con la imposición de una inadaptada uniformidad social y funcional a consta del bienestar público.
Pese al panorama antes expuesto, aún quedan resquicios de resistencia, de esperanza, reflejados en casos de éxito que han tenido un impacto relevante en la calidad de vida de sus habitantes y que perdura por décadas.
En el caso de México, es importante rescatar las intervenciones de grandes visionarios y urbanistas que incluso atravesaron distintas formas de gobierno y en tiempos turbulentos, pero que pese a todas las críticas que se les puedan hacer, sus intervenciones siguen impactando el mundo urbano. Por ejemplo, solo desde finales de siglo XIX, ya se ponían los cimientos del sistema normativo urbano actual, el establecimiento del primer código sanitario con repercusiones urbanas sustanciales de 1891, la ampliación de calles, la preservación y creación de áreas verdes urbanas, el impulso al rescate del río Magdalena, entre muchas otras acciones que, si bien no atacaban de fondo las desigualdades sociales y económicas de aquellos momentos, sí tenían impactos sustanciales a nivel urbano.
Ya en el siglo XX, se destacó la primera ley forestal de México (1926) articulada al rescate de grandes zonas ecológicas en el entorno urbano. La creación del gran canal de desagüe del Valle de México, que permitió de forma emergente resolver las grandes inundaciones de la ciudad de México. Ingenieros y urbanistas como Gayol, ya descrito en entregas anteriores, o el ingeniero Miguel Ángel de Quevedo, son ejemplos claros de este tipo de entregas y de pasión por mejorar la calidad de vida de los habitantes de esta gran urbe y que para los siglos en los que se hicieron sus intervenciones aún tienen impacto estético, ecológico y social.
Desafortunadamente, en pleno siglo XXI, no encontramos proyectos tan contundentes como los antes mencionados, más bien una tendencia al urbanicidio. Por ejemplo, en el caso de la ciudad de Pachuca las pocas áreas verdes y parques que se tienen datan del siglo XIX derivados de la enajenación de bienes eclesiásticos, de no ser por esa acción gran parte de la ciudad carecería de áreas verdes importantes pues los proyectos modernos no las consideraron.
Es necesario observar qué tanto estamos aproximando a la ciudad de Pachuca a su muerte, a su desvanecimiento, aunque en algunos casos aparecen esperanzas, en otros vuelve a renacer este urbanismo urbicida, al que la ciudadanía se opone valientemente, por ejemplo, con la movilización para defender el Jardín del Arte, contra una constructora que pretendía sustituir los espacios de arte y naturaleza por planchas de concreto, es parte de esa esperanza, una batalla ganada contra otra perdida, en la intervención mal hecha a la Plaza Independencia en la cual encontramos al Reloj Monumental como vestigio de la agonía, de una menor identidad de la ciudad ocasionada por intervenciones sin sentido.
Otro ejemplo, de estas pérdidas son las grandes súper vías “sustentables” en las que diariamente se incrementan los accidentes e incluso hay muerte de personas y animales, donde el congestionamiento vial y la contaminación son “pan de cada día” y se vienen a sumar a las múltiples razones que contribuyen a sociedades ansiosas y estresadas que se ahogan en medio del tráfico y el asfalto. Proyectos a los que se les ha dado preponderancia sobre proyectos abandonados cuyo impacto y beneficio social sería mucho mayor como son las ciclovías.
Quizás los recientes cambios de gobierno impulsen proyectos urbanos que permitan reorientar este tipo de proyectos que tanta violencia han causado a nuestra ciudad y que la dirigen sino a la muerte, sí a su agonía.
Es contradictorio encontrar parques y jardines abandonados y sin mantenimiento, con problemas de plagas, y sin programas que atiendan estas problemáticas, que propicien su reforestación, cuando por otro lado se encuentra el impulso masivo de plazas comerciales, estas últimas como sinónimo de lo público, ahora parecen ser las áreas de esparcimiento que la población requiere por excelencia y que no son otra cosa que grandes escaparates del consumismo capitalista.
Al final, estas y otras intervenciones (o no intervenciones) vale la pena reflexionarlas y discutir en qué medida son reflejo de lo que en un futuro tendremos. Así como aquellos urbanistas que lucharon contra titanes inmobiliarios, o aquellos que realizaron proyectos de gran impacto social que perduran aún hoy en día, habría que preguntarse, ¿con los proyectos que tenemos hoy en día, hacia dónde estamos dirigiendo a nuestras ciudades, ¿qué depara a las nuevas generaciones en próximas décadas? Es aquí la parte en la que tenemos obligadamente que recurrir y explorar la experiencia y aportes que nos han dejado esos grandes visionarios, pero también buscar en esos recorridos el sustento para defender lo poco público y humano que hay en estas “ciudades” que nos quedan. Por lo anterior, en la próxima entrega discutiré precisamente los aportes de otro gran urbanista, un ingeniero hidráulico que tuvo una contribución invaluable al campo del urbanismo y en general al desarrollo urbano de una de las principales urbes de México, incluso considerado apóstol del árbol.
* Dr. José Iván Ramírez Avilés
Profesor Investigador El Colegio del Estado de Hidalgo*
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