Por: Mónica Teresa Müller

No bien entró a la cocina, ella apoyó el bolso de las compras sobre la mesada, el bastón a un lado de la puerta, separó lo que utilizaría y el resto lo acomodó en el aparador. Fue a buscar el delantal colgado en el perchero al lado de la alacena; con un sacudón, quitó las canas caídas sobre la camisa negra y luego, en una actitud cotidiana, se lavó las manos.
Había ido al mercado de la esquina, donde todos la conocían y mimaban. Entonces sentía que un calor agradable se escabullía por entre los recovecos de su cuerpo y la cobijaba con la intensidad que necesitan las vidas solitarias, así tomaba contacto con la tibieza, luego de una noche pasada entre el sudor casi helado del desamparo.

Era un día veintinueve. Preparó la mesada y antes de comenzar quedó de pie junto a la ventana de la cocina. Le pareció ver a su niña en el jardín rodeada por las margaritas que, en los canteros, coqueteaban con el “te quiero, no te quiero” de sus pétalos y hasta oyó las risas imberbes que envolvían, en un marco melodioso, a la mezcla del agua con la harina.
Las manos recubiertas por la masa pegajosa la inquietaban, mientras la vida se le escurría entre ellas y la modelaban ante un ahora insostenible. Le tenía miedo a la subsistencia, al saludo forzado, a las miradas lastimosas que ya le concedían.

–Eres novelera, Amparito…qué actriz se perdió el teatro- la frase de su vecina era dicha cada vez que le exteriorizaba los pensamientos. Qué sabía la vieja roñosa de ella, de lo que no le confesaba, conocía sólo lo que podía curiosear por entre las rendijas de la persiana. Qué sabía la vieja roñosa de pegar el oído a la puerta para escuchar la respiración de su niña.
Le pareció que los vidrios del ventanal estaban sucios y no le permitían ingresar al otro lado; dedujo que quizá el vapor del agua que hervía en la olla, fuera el culpable de la opacidad de los cristales.

Era un día veintinueve. Los dedos de la mujer modelaban cada ñoqui, y cada tira de la mezcla era amasada con movimientos semejantes a una caricia.
La cocina era amplia y la luz del sol del mediodía se reflejaba sobre los azulejos con sombras conocidas, las asiduas visitantes de cada día y los hacía milagrosos.
La casa formaba parte de un todo, por momentos distante, otros cercano, al tiempo que el tobogán de los minutos, flotaba en el espacio dividido de la vivienda.

Creyó oír que los pasos se acercaban y un: “Hola, ma”, jugó a la verdad durante instantes; “Hola, mi amor, los ñoquis van a estar listos en un rato”. Le pareció percibir sobre sus hombros la tibieza de otros brazos y un beso reconocible en la mejilla.
Juntó los ñoquis y los volcó dentro de la cacerola, de esa manera su obra se incluyó entre los remolinos del agua que la gozaron con fiereza.
Vistió la mesa con el mantel de flores bordadas en punto cruz, heredado de su abuela; colocó tres platos y los cubiertos correspondientes mientras la jarra de cristal semejaba un espejo devorador de reflejos.
— Mi vida- dijo en voz alta- en un rato llegará papá. Voy a preparar los ñoquis con manteca y queso rallado, como les gustan a ustedes.
Estaba todo a punto para disfrutar del almuerzo. Desde el aparato de televisión que ocupaba un estante del modular, los periodistas informaban sobre el resultado de las elecciones presidenciales.
__ ¡Hija! – llamó.
La casa formaba parte de un todo, por momentos distante, otros cercano, mientras su voz jugaba en el espacio aterido de la vivienda.

Esperó la respuesta a su llamado, deseó escuchar el sonido de la llave y el crujido de la puerta al abrirse, pero nada de eso sucedió.
Se quitó el delantal y lo colgó del perchero a un lado de la alacena. Caminó hasta el modular. En una hoja con fecha de un veintinueve, un: “Te quiero, mamá, pero me quedo con papá y su nueva familia…”, logró que la mujer se persignara, dejara a un lado la espera, doblara la hoja de la carta con fecha de veinte años atrás y despacio se sirviera los ñoquis, sin siquiera darse cuenta de que su vecina no estaba errada, que ella era el personaje principal con el que jugaba el tiempo.