Hola soy Montserrat Prats, aunque me conocen más como la “Reportera de oficio”, seudónimo con el que publico mi columna en diarios y revistas nacionales e internacionales. La mayoría de mis lectores cree que soy dichosa -así lo afirman en sus comentarios-, tal vez porque confunden la felicidad con el éxito profesional; en lo íntimo no puedo decir lo mismo, soy una mujer solitaria, no soporto la cercanía ni mimos empalagosos de hombres o mujeres, cuando percibo una intención que va más allá de la simple amistad, me alejo.
La soledad me ha acompañado desde niña, mi madre abandonaba la casa en cuanto me veía dormida, volvía al amanecer y si en ese transcurso despertaba, la llamaba a gritos, al no encontrarla lloraba temerosa de cualquier ruido que creyera escuchar dentro del departamento. Cuántas veces me encontró esperándola acostada en el suelo a un costado de la puerta, como lo haría un perro. Ella me enseñó a no depender de nadie, así que yo misma me arreglaba y preparaba el desayuno antes de caminar algunas cuadras hasta la escuela; no tuve amigas, a ninguna de mis compañeras les interesó llevarse con una niña huraña y retraída que ni siquiera conocía el nombre de su padre. Mi refugio fue la escritura, escribía en mis cuadernos breves reseñas de las cosas chuscas o solemnes que ocurrían en aquella escuela de religiosas; alguna vez las leyó la maestra, contrario a lo que supuse sonrió, pidió que se las regalara, al día siguiente vi a varias niñas riendo a carcajadas frente al periódico mural que teníamos a un costado de la escalera. Días después, al iniciar la junta mensual de padres de familia la directora los invitó a que leyeran el periódico mural, con los mismos resultados, ese fue mi arranque porque a partir de ahí me acompañó siempre un block y una pluma donde tomaba apuntes de lo que veía o escuchaba; ya en la preparatoria fundé un periodiquito que la dirección de la escuela imprimía en hojas sueltas que se repartían gratis a los alumnos y profesores. De ahí a publicar en un periódico local y luego a uno nacional, con los resultados que ya conocen.
En lo personal la vida no ha sido fácil ni agradable. Tenía diez años, una tarde llegó madre con regalos, me probó unas zapatillas de tacón alto, vestido arriba de las rodillas, me puso aretes, collares y -sin importar mi desagrado- me maquilló como si fuera ya una señorita. Estás invitada a una fiesta, son gente de mucho dinero, te vas a portar bien, no vayan a pensar que eres maleducada, no me quedaré, pero no te preocupes, regresaré por ti más tarde. La casa de la fiesta era enorme y elegante, nos recibió una mujer joven, guapa, rubia, de ojos azules, de seguro extranjera pues hablaba con dificultad el idioma. Te vas a divertir, si se te ofrece algo me dices. Llegamos a un gran salón, jamás lo imaginé, seis viejillos calvos y panzones acariciaban y besaban a tres tímidas niñas de mi edad y a dos jovencitas de unos quince años que actuaban con desparpajo. ¡Ah!, dijo una voz masculina, otra debutante. Me sentaron junto al dueño de la casa, inició la plática tal vez para tranquilizarme porque debe haber notado mi incomodidad ante el espectáculo que daban las jovencitas. Me ofreció un vaso con jugo de frutas -así lo llamó -. No te preocupes, tómalo con confianza, pero yo sentía que a cada trago la cabeza me daba vueltas y me costaba más trabajo hablar, acercó su sillón al mío, hizo la seña de que me sentara en sus piernas, me negué, rodeó mi cintura con sus manazas y me depositó en sus piernas, su cabeza quedó cerca de mi cara, percibí el fuerte olor de su loción y el de la vaselina que usaba en el cabello, mezclados con los pestilentes gases de sus intestinos que arrojaba sin pudor y sin recato. Sentí ganas de vomitar. Corrimos al baño, sujetó mi cabeza frente al lavabo, acepté un vaso con enjuague bucal para refrescar mi aliento, jaló fuertemente mi cabello para impedir cualquier movimiento, subió mi vestido, bajó mi ropa íntima, sentí un bulto caliente en mi entrepierna, luego un suave vaivén me llevaba y me traía, de pronto con brusco movimiento llegó hasta el fondo de mis entrañas, sentí descargas eléctricas en la cabeza y un torrente de lágrimas escurría por mis mejillas. Perdí el sentido, desperté horas más tarde, mi ropa interior estaba manchada de sangre, tenía moretones y huellas de mordeduras en cuello, hombros y entrepiernas, los labios reventados -con residuos de sangre seca- me ardían al abrir la boca. Entró la rubia, arrojó mi ropa sobre la cama. Vístete, tu madre te espera afuera, el chofer las llevará a tu casa.
Al verla me solté a llorar. Nada de escenas delante del señor, hablaremos en la casa, contrólate. Ya a solas fui desgranando lo ocurrido, me interrumpió hoscamente. Que sea menos, no exageres, así nos pasa a todas, nadie se muere por esto, es la iniciación; felicidades, ya eres toda una mujer, mi mujercita. Quise protestar, me calló con un gesto. Nada de dramas, nos tocó ser mujeres y así es la vida, Dios nos creó para dar placer a los hombres, pero no te preocupes, pasado el trago amargo tú también terminarás por disfrutarlo y por anhelar que se repita. Transcurrió la semana, una tarde entró a mi recámara, llevaba las zapatillas de tacón alto y el vestido zancón. Arréglate, tienes fiesta esta noche. Temblaba, un frío sudor recorría arriba abajo mi columna, por puro orgullo contuve el llanto. Escuché el ruido de la ducha, tomé la ropa que encontré a mano, la guardé en mi mochila y salí sin saber adónde dirigirme. Reconocí la calle, la casa, dudé un par de veces, por fin me decidí, toqué el timbre, salió la abuela, la abracé con fuerza y el grito de dolor se habrá escuchado en toda la cuadra. Acarició mi cabello y con la ternura con que solía arrullarme cuando era pequeña susurró palabras de amor. Ya mijita, ya pasó, ya pasó todo, pero no preguntó -nunca lo hacía- qué ocurría. Abu, no quiero volver a mi casa, ¿me puedo quedar a vivir contigo? Claro que sí mijita, hablaré con tu madre para que sepa que estás aquí a salvo. Así lo hizo, al día siguiente fue por mis cosas y no volví a saber nada de mi madre.
Mi carrera como reportera iba en ascenso, había sido contratada por uno de los principales diarios del país; el director del periódico me trataba con deferencia y cariño, un día me llamó a su privado. Bueno mija pues ya estás aquí, dime a qué te vas a dedicar, no me gustan los reporteros de todo porque terminan siendo periodistas de nada. Las finanzas, don Julio, las finanzas. No mija, ese es un mundo de varones, ¿qué vas a hacer ahí?, ¿cuándo se ha sabido de alguna mujer en esa fuente? Nómbrame una sola. Vete a deportes o a sociales… No don Julio, por favor. Vista mi necedad me fue prestando sus libros sobre el tema, me mandó a la bolsa de valores, acudí a cursos y conferencias y supe los chismes del medio. Por fin un día me llamó a su oficina. Bueno mija pus ya estuvo, su bautizo de fuego. El millonario número uno del país dará una conferencia para avisar de cuantiosas inversiones y, por supuesto, para hablar mal del gobierno. Ya te acreditamos, para hacerte menos pesada la losa preparé algunas preguntas por si eventualmente te diera la palabra; por supuesto no son sino propuestas, considérate con la libertad de preguntar lo que gustes, pero con toda franqueza dudo mucho que eso ocurra, aunque viniendo de ti, nunca se sabe, te creo capaz de conseguir una entrevista. Salí sintiéndome pavorreal.
El auditorio estaba lleno, se hallaban presentes los dueños de los principales grupos empresariales, así como los de los bancos y casas de bolsa; arrumbados por ahí, en un rincón, los compañeros reporteros ninguneados por tan excéntrico señor tomaban nota. Terminada la conferencia iniciaron las preguntas y respuestas, abrió el decano de la fuente. Yo no perdía detalle, apuntaba todo en mi pequeño block. Levanté la mano, me ignoró olímpicamente. Se repitió lo mismo un par de veces. La rueda de prensa llegaba a su fin. Me puse de pie, levanté la mano y empecé a brincar para llamar su atención. ¡Niña, estate quieta, me vas a derrumbar el edificio! Risas de colegas y empresarios. ¡Señor!, grite con tal fuerza que se escuchó en todo el auditorio. ¡Deme una oportunidad, se lo ruego! Me miró largamente. Habla niña, qué dijo tu director que preguntaras. Señor, ya con micrófono en mano, mi director me respeta como reportera y confía en mi trabajo. Soltó un tenue silbidito de sorpresa. Expresiones de asombro de los compañeros. Por respeto a mí misma ignoré la lista que me diera el director, improvisé algo que se me ocurrió. Expresión de asombro. Buena pregunta, reporterita, verás… Terminada su respuesta guardó silencio. El maestro de ceremonias se disponía a concluir el acto. ¡Señor, quiero hacer otra pregunta! Asintió con la cabeza. La gente abandonaba a toda prisa el auditorio. Temblaban mis piernas y brazos, para tranquilizarme decidí esperar a que se fuera la mayoría. Felicidades niña, lo hiciste muy bien, mi jefe quedó impresionado, hice un esfuerzo por entender lo que decía porque su manejo del idioma era pésimo, vi sus ojos azules, di las gracias. ¿Te gustaría una exclusiva? -Escuché-. Por supuesto, ¿cuándo podrían darme la entrevista? En este momento, te ha concedido una hora, ¿te viene bien? La seguí por entre pasillos y salones, se detuvo frente a una majestuosa puerta de madera. Aguarda un minuto, escuché. Pasado un momento salió, pasa, me dijo. Di unos pasos, el ambiente estaba sobrecargado con los aromas del perfume y vaselina de aquel hombre, con los que trataba de ocultar los pestilentes gases intestinales que arrojaba sin pudor y sin recato. Lo vi a los ojos, descubrí su mirada lasciva y esa sonrisa libidinosa que me perseguían desde niña.
Ciudad de México
Febrero de 2026













