NOTICIA DE ÚLTIMA HORA
Cruento homicidio destapa la cloaca en que se han convertido los sistemas carcelario, hospitalario y policíaco. Don Rober, alias el gringo, el capo cuya extradición ha sido solicitada -reiteradamente- por las autoridades estadounidenses, fue encontrado sin vida tras frustrado intento de fuga del penal de alta seguridad, quien fue cruelmente degollado en el despacho del jefe del anfiteatro del hospital de especialidades adonde fue llevado supuestamente aquejado de grave enfermedad, sin que el doctor pudiera explicar qué hacía en un área reservada exclusivamente para la conservación de cadáveres. La policía de narcóticos sospecha que el crimen fue cometido por sicarios del Cártel de Occidente, en su disputa por apoderarse del mercado de drogas duras. En el escritorio del galeno hallaron una nota con los datos de una carroza negra, Ford Lincoln, último modelo, placas HMV-545, de la agencia funeraria García Cuéllar, en la que se ordenaba permitirle la entrada al estacionamiento y retirar el cuerpo del peligroso criminal. Tras observar las imágenes de las cámaras del sistema de vigilancia K-5 concluyeron que la noche anterior sólo ingresó a las capillas ardientes el hijo del director general, de nombre Andrés Cuéllar, acompañado por dos jóvenes, y que al amanecer salieron únicamente los dos amigos. En la mañana, muy temprano, llegaron tres empleados y la carroza cuyas placas coinciden con la nota salió del establecimiento. En entrevista con el desesperado director se enteraron que su hijo Andrés estaba desaparecido desde aquella noche, que había presentado una denuncia de hechos en la Fiscalía General de la Nación y que agentes ministeriales y detectives privados estaban en su búsqueda; también aceptó que esa noche el muchacho acompañado por dos amigos tuvieron una francachela de la que dieron cuenta botellas y vasos con residuos de licor; en la bitácora de la carroza hallaron el destino del vehículo: el cementerio del poblado San José, en los Altos de la Montaña; el chofer y su ayudante confirmaron lo anterior, también que fueron escoltados por una patrulla de la policía federal, dado que carecían del certificado de defunción, así como del permiso sanitario para transportar un cadáver a través de dos Entidades, con la indicación de que si fueran detenidos por alguna patrulla dijeran llevar los restos de don Rigo -tal vez cambiaron el nombre para despistar-, lo que les permitiría viajar sin inconvenientes. Las cámaras del sistema de vigilancia -de la ciudad-, así como las de una gasolinera ubicada en la carretera confirmaron lo anterior.
Los jóvenes que convivieron con el hijo del dueño aceptaron haber ingerido grandes cantidades de alcohol, por lo que se despidieron poco antes del amanecer; sin embargo, cayeron en contradicciones y al final reconocieron haberle jugado una broma a Andrés, aprovecharon que estaba inconsciente para meterlo en un féretro y cerrarlo por fuera, sabedores de que a primera hora llegaría la persona que se haría cargo de la funeraria; también recordaron que pasada la media noche el joven Cuellar recibió la llamada telefónica de un cliente requiriendo un servicio urgente para el traslado de un cuerpo a la región de la montaña, así como la certeza de que el vehículo no sería detenido por autoridad alguna y de que en la carretera serían escoltados por una patrulla que los acompañaría hasta la entrada del panteón. El chofer de la carroza y su ayudante -analfabetos funcionales- reconocieron no haber entendido bien las instrucciones, por lo que no se enteraron que debían ir al hospital a recoger al difunto y al sopesar la caja -cerrada- dieron por un hecho que el cuerpo a transportar estaba dentro por lo que dada la urgencia comentada en la nota emprendieron el viaje; también afirmaron haber entregado el cuerpo a los enterradores Leoncio N. y Gulmaro N. Sin más novedad, regresaron a su base.
Los empleados del cementerio reconocieron haber sido ellos quienes dieron sepultura al cuerpo que venía dentro del ataúd, como parte de sus responsabilidades y no fue sino hasta después de prolongados interrogatorios cuando -se sospecha que bajo tortura-, confesaron lo siguiente: al ver la elegante carroza comprendieron que el muerto debía ser una persona adinerada y como se avecinaba una tormenta decidieron posponer la sepultura hasta que en el panteón no hubiera nadie a la vista, abrieron el féretro, les llamó la atención el concentrado olor a alcohol, despojaron al muerto de un reloj de alta gama, dos anillos, una pulsera, una cadena y medalla, todo de oro, así como de su cartera y contenido. Al ser detenidos portaban las joyas del difunto. Cuando cerraban la caja -había anochecido-, escucharon gritos espeluznantes, en la penumbra vieron al muerto tratar de incorporarse, aterrorizados y temerosos de ser agredidos por ese ser maligno bajaron la tapa, pero al hacerlo le golpearon la cabeza; aguardaron algunos minutos en espera de otro ruido, al no escucharlo decidieron enterrarlo, sabedores de que si por puro milagro siguiera vivo, serían acusados del delito de robo y por supuesto irían a la cárcel.