La frase “El futbol es la más importante de las cosas que no tienen importancia” se ha atribuido a muchos, desde ex futbolistas hasta al Papa Juan Pablo II.

Nos llegó con el progreso porfiriano y se asentó en las zonas mineras; es el caso del estado minero de Hidalgo. Ya en la Revolución había un equipo de los militares (el Marte) y otro apoyado por la colonia alemana (el Germania). Fundado por alumnos del Colegio Mascarones y la escuela marista La Perpetua, nació el América.

Equipo en el que incursiono José de León Toral, quien se convertiría en el asesino de Álvaro Obregón. Toral, de 28 años al momento de los hechos, era un hombre inquieto y de muchas disciplinas: practicó gimnasia, box, basquetbol y esgrima, pero su verdadera pasión siempre fue el futbol.

Militaba activamente en organizaciones como la Asociación Católica de la Juventud Mexicana y la Liga Defensora de la Libertad Religiosa, grupos que luchaban contra la llamada “Ley Calles” y la persecución religiosa. Aquí está el dato deportivo poco conocido: Durante sus interrogatorios después del crimen, él mismo reconoció que en el año 1918 había sido jugador del Club Centro Unión, equipo que ES EL ANTECESOR DIRECTO Y EL ORIGEN DE LO QUE HOY CONOCEMOS COMO CLUB AMÉRICA.

Se le describía como un mediocampista de mucha garra, técnico y jugador limpio, que tenía la costumbre de ir a misa los domingos antes de saltar a la cancha. Era considerado un buen estudiante y un caballero, muy querido en el ambiente deportivo, hasta que su vocación religiosa y política lo alejó de las canchas.

Frente a este club de la “gente decente” –que dominó el campeonato en tiempos del maximato— surgió la alternativa cardenista: el Atlante, “el equipo del pueblo”, integrado en parte por zapateros y albañiles, que con el tiempo acaudillaría un militar cercano a Cárdenas, el general Núñez. En esos mismos años, los empresarios ingleses de la Compañía de Luz reunieron a los mejores jugadores de la República para integrar a los “once hermanos” del Necaxa.

A raíz de la Guerra Civil española, llegaron y se quedaron los integrantes de la selección vasca: Lángara, Zubieta, Regueiro, Iraragorri.

Desde la Segunda Guerra Mundial México optó por la sustitución de importaciones. Y también ocurrió en el futbol: siete mexicanos por nacimiento en cada equipo. A pesar del desarrollo que se alcanzó, el futbol estaba lejos de haber prendido como la fiesta popular que es hoy. La gente seguía adicta a los toros, los gallos, el box, las luchas. Las clases medias acudían a los estadios, pero faltaba el apoyo de los jóvenes. Durante los cincuenta, la Universidad y el Politécnico seguían empeñados en la inocente rivalidad del futbol americano.

A mitad de siglo XX, el futbol se configuraba como una constelación de equipos de provincia y la capital. Hasta las ciudades más modestas de provincia tenían su equipo con personalidad propia en la Primera División (el Norte, el Pacífico y el Golfo estaban muy poco representados debido al imperialismo del beisbol, traído por los americanos).

Del Bajío y Michoacán provenían muchos equipos: los Ates del Morelia, los Freseros de Irapuato, el Celaya, el Zamora, el gran equipo León. Ya estaba el Puebla. Y Morelos tenía al excelente Zacatepec, al duro Cuautla y por unos años al Marte, asentado en Cuernavaca.
Los campeones de la época eran el León, el Zacatepec y dos grandes clubes tapatíos: el Oro y el Guadalajara. México vivía un sano federalismo futbolero. El péndulo comenzó a virar hacia el centralismo en los sesenta. Las grandes ciudades (Guadalajara, Monterrey y, desde luego, México) multiplicaron su representación. En Tele sistema mexicano se inventó una versión futbolera de “nosotros los pobres, ustedes los ricos”: la rivalidad entre los “mexicanísimos” del Guadalajara y los “millonarios” del América. Siguiendo el buen ejemplo del Atlas, la UNAM se volvió un semillero de ese deporte.

El desarrollo corporativo y urbano del futbol se hizo, sin embargo, a expensas de las sedes locales, que comenzaron a desaparecer. Pero la provincia dio la pelea: Torreón, Veracruz, Pachuca, etc. Y Nuevo León introdujo a sus dos grandes equipos: los Rayados y los Tigres.

El “monumental Estadio Azteca” fue el símbolo de la época: el nuevo centro ceremonial.

Todo lo importante debía ocurrir allí. México 70, 86 fue su cenit.

Y ahora por tercera ocasión regresa el juego del balón pie a México para vivir nuevamente la gran fiesta futbolera.