A poco más de una semana de su investidura como presidente constitucional, el escenario político para AMLO y su proyecto de la Cuarta Transformación (4T) luce promisorio y con viento en popa.

Igual o mejor que durante la campaña, la agenda mediática y el espacio público-político operan en la dirección y el ritmo de sus preferencias. En el laboratorio de la política práctica a que ha dado lugar la destrucción del viejo régimen y los barruntos del régimen por venir, AMLO sigue dando pruebas fehacientes de la superioridad en cuanto a conocimiento y manejo de lo que se requiere para estar a la altura de las expectativas de sus bases de apoyo.

En sentido contrario al clamor de sus opositores, agoreros de la debacle y defensores oficiosos de los intereses del gran capital, tejió de manera exitosa el camino hacia la cancelación del nuevo aeropuerto de Texcoco.

El diseño e implementación de la consulta, sin duda alguna, dista mucho de las orientaciones normativas y técnicas respaldadas por la comunidad internacional, así como de las buenas prácticas en materia de consultas públicas, evaluaciones de impacto social y promoción y defensa de los derechos humanos, con especial énfasis en los relativos a la preservación de la cultura y la identidad.

Sin menoscabo de ello, a juzgar por la información emanada de los sondeos especializados de opinión, dos cuestiones son dignas de resaltar: una, que la gran mayoría de las personas encuestadas mostró una opinión favorable hacia el hecho de ser consultadas; y dos, que luego de darse a conocer los resultados, el índice de aceptación a AMLO se movió hacia los 70 puntos porcentuales, cifra bastante superior a la tasa de votación obtenida en las elecciones presidenciales.

Balance sintético de la situación: en el desencuentro entre AMLO y sus opositores, dicho en el lenguje boxístico, el resultado es un knockout en el primer asalto; lo que en el argot futbolístico representa una goliza.

A propósito de lo anterior, la pregunta relevante apunta hacia las condiciones que hacen posible el peculiar resultado. Y hasta donde es posible observar, no hay respuestas obvias.

Los dardos flamígeros en contra de la decisión de AMLO  de frenar la construcción del aeropuerto  en Texcoco y del método de consulta giran en torno a los ejes de la dudosa representatividad democrática y la carencia de fundamento legal.

Para sorpresa de los opositores, y más allá de los sesudos argumentos ofrecidos, los estandartes de la democracia y el Estado de Derecho tuvieron un impacto entre precario y discreto, cuando no contradictorio.

Una hipótesis a considerar es que la colosal base social de AMLO muestra mucho mayor sensibilidad a la corrupción y los contubernios entre la clase política y la clase empresarial, ambos fenómenos ampliamente documentados; y poca predisposición a creer en los relatos anti-AMLO de los portavoces mediáticos.

Por si lo anterior no fuese suficiente, la observación tipícamente fifí ha mostrado poco cuidado en el manejo de su narrativa. Lo que desde ella se aprecia es un escenario dantesco de 30 millones de idiotas, embelasados por un caudillo retrógrada que se apresta a destruir los avances modernizadores conquistados durante los últimos 30 años.

La respuesta sistemática a la narrativa fifí, como es fácil de observar en las redes sociales, es proporcionalmente inversa en cuanto a violencia y descalificación. A estas alturas, obviamente, es tarea vana determinar a cuál de las partes corresponde la iniciativa y a cuál la reacción. Más consistente con el estado de cosas existente resulta la asunción de que la polaridad es un atributo de la relación fifís/chairos.

Sobre los alcances y el desenlace de la polarización habrá mucho por decir y lo cierto es que hay más incógnitas que certezas. Sin menoscabo de ello, es de señalar que, dada la asimetría creciente, la parte fifí está condenada a colocarse como perdedora neta en el corto y el mediano plazos, por lo menos.

Una de las lecciones más claras en la victoria electoral de AMLO y en su popularidad ascendente es el menosprecio social hacia los beneficiarios materiales y simbólicos del régimen que hoy languidece.

AMLO, a sabiendas de su condición de vencedor apabullante, mira a lo lejos los estertores de los representantes y beneficiarios del viejo régimen y, sabedor de su incontinencia, provoca los excesos de su narrativa clasista. Viejo lobo de mar como es, prefiere un escenario de intensa actividad política, para preservar e incluso extender las bases de legitimidad y consenso que reclaman los cambios de la Cuarta Transformación.

Paradójicamente, las mayores amenazas a su proyecto provienen de su desmedido éxito, cuyo anverso es la precarización de los partidos más cercanos a lo que podría ser una oposición digna de ser tenida en cuenta: el PRI, el PAN y el PRD.

Ni duda cabe, el fantasma de la 4T ronda el escenario político nacional. Hay quienes se victimizan ante él, arguyendo la caída en un régimen antidemocrático. Habemos otros que pensamos  que encarna en la era global la posibilidad de un modelo alternativo.

*Analista político

*Presidente del Centro de Investigación Internacional del Trabajo

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