Por: Pepe Mata
Recuerdo un viernes, que al terminar una de las primeras juntas de nuestra organización “Dale la cara al Atoyac” fuimos invitados a comer, espléndidamente como siempre, por otro gran amigo, Blas Cernicchiaro.
Tuve la suerte de que me tocara sentarme junto a Amy. Ese día estaba especialmente inspirada. En la reunión de consejo había hecho aportaciones sumamente atinadas, como de esas personas que tienen la idea perfecta ante la dificultad o el reto que se tiene en frente.
Ya en la sobre mesa, no sé de qué forma, empezamos a hablar sobre la familia. Fue ahí donde sentí que Amy súbitamente me tomó una confianza especial, y justo cuando las sobremesas se convierten en tertulias, donde cada uno conversa con el que tiene más cerca, ella me empezó a contar episodios de su propia familia que yo sabía que no solía abrir con facilidad.
El que más me impactó fue cuando ella me contó con detalle lo que había sentido al morir su padre, los sentimientos profundos de amor e idealización sobre su mamá, y también el enorme reto de vencer el miedo al saberse abandonada a su suerte para ver por sus hermanos, con un negocio que implicaba una enorme responsabilidad y recursos; y con la escasa experiencia que puede tener una chica de 17 años.
Me miraba, con esos ojos verdes fulminantes, como de tigre, y con esos gestos que te transmiten una mezcla de pasión y fuerza; y me contaba con detalle ese momento crucial de estar asustada, pero con toda esa carga de adrenalina, miedo, dolor, y certeza, tomar de la mano a sus hermanos, algunos de ellos unos niñitos pequeños al momento, y decirles con mucha entereza que todo iba a estar bien, que se tenían unos a otros, que no sería fácil, pero que juntos lo lograrían.
Curiosamente, como si el resto de los amigos se hubiera marchado o congelado súbitamente, ahí estábamos la gran Amy y yo desentrañando uno de los momentos clave en la vida de esta extraordinaria mujer, y sus también extraordinarios hermanos.
Lloramos juntos de emoción.
Esa era Amy.
Mucho se ha dicho y escrito de ella, a nivel empresarial y a nivel persona, todo ello acertado y verdadero.
Por mi parte deseo compartir aquello que más me impresionó de ella.
En primer lugar, su autenticidad.
Nuestro tiempo está plagado de imágenes, de actuaciones de quienes en público pretenden ser de una manera, pero en privado son de otra. Amy, por el contrario, siempre fue la misma. La misma mujer con enorme liderazgo, tanto en Africam, en su familia, o en la función pública. Las mismas ideas, los mismos ideales, la misma franqueza, la misma tenacidad. Con Amy se tenía la certeza de estar con alguien que generaba seguridad a los demás, porque se sabía que había fuerza en el timón del barco, ya fuera este una empresa, una ONG, o una sesión de lluvia de ideas. Sabía a dónde iba, a dónde quería llegar sin renunciar jamás a ser ella misma.
Otra de las características que me impactaron fue que al acercarte a Amy no podías permitirte ciertas actitudes.
Por ejemplo, no podías permitirte autocomplacencia. Cómo ibas a ponerte paños calientes sobre tus circunstancias y problemas cuando tenías delante un monumento a la lucha permanente, constante e implacable frente al destino. No como quien lo rechaza y lo encara simplemente, si no como quien lo asume, lo acepta y, sin cuestionamiento, hace de su circunstancia la oportunidad para vivir lo extraordinario.
No te podías permitir la mediocridad. Cómo hacerlo frente a alguien que había llevado adelante todas sus responsabilidades, elegidas y heredadas, a un nivel de cumplimiento superior de excelencia.
El nivel de detalle, la autoexigencia, la disciplina, pero insisto, no como quien sufre con ello, más bien como quien sabe que en esas características humanas estriba el éxito integral de la vida.
Lo que sí podías permitirte era la admiración, el contagio y el amor.
La admiración porque no dejaba de sorprender su capacidad de buscar cómo servir a los demás, de atenderlos, de hacerlos sentir especiales, ya fuera en una junta de trabajo, o en la intimidad del comedor o la chimenea de su casa, ahí había algo que te decía que ella había pensado personalmente en ti, en tus gustos, en tu persona.
Pensaba en todos, su familia, sus amigos, sus colaboradores, sus empleados, la sociedad, la pobreza, el medio ambiente, todo ello motivaba su actuar.
Recuerdo que al sufrir yo un importante accidente, ella, estando en Sudamérica me buscó y al terminar la conversación me dijo: no quiero que tengas dolor de ningún tipo.
No lo decía como consuelo, yo sabía que lo decía de verdad.
Admiración por la Amy empresaria, pero sobre todo por la Amy hermana, la amiga, la mamá de tres extraordinarios hijos, la funcionaria pública intachable, la idealista, la activista, la ecologista, la soñadora, y muchísimas otras características fascinantes.
El contagio; porque eso lograba Amy en ti, contagiarte sus ideales, como el buen líder que no te impone sus ideas, más bien te convence por la manera en que las vive.
Así, Amy nos hizo a todos tener más presente las necesidades de los demás, Amy nos hizo amar más el planeta y la creación, Amy nos hizo a todos más conscientes del deterioro climático, Amy nos hizo ver con otros ojos la realidad cotidiana, Amy nos hizo proyectar ideas sencillas en proyectos de gran calado, Amy nos contagió todo eso; en pocas palabras, todos los que tuvimos oportunidad de conocerla, sabemos que Amy nos hizo mejores personas.
Y el amor. ¡Qué manera de amar! Cuando Amy te miraba, te sentías un poco intimidado, pero también honrado y al mismo tiempo amado. Amy amó toda su vida, amó siempre, con intensidad y profundidad. Amó el planeta, a sus seres vivos, amó a sus hermanos hasta comprometer su propia vida para salir adelante con ellos, amó a sus hijos profundamente, amó a su pareja, amó a sus colaboradores, amó a sus amigos, amó a Puebla y a México.
Amó con el tipo de amor que te contagia, que te compromete, que recuerda que tú puedes dar más.
Y lo demostraba con su generosidad, pero también con sus gestos sencillos. Acabo de revisar nuestra última conversación de WhatsApp y ella me puso:
-Gracias por lo que me enviaste, te quiero- a lo que respondí, – yo también-.
Es verdad, te quiero con el alma querida amiga, nos veremos más adelante para disfrutar de nuevo el atardecer.




















