Era un adolescente todavía cuando llegué a Santiago Moringo.
Estábamos por salir de la preparatoria, entre la adolescencia y la juventud, pero ya con la mayoría de edad encima.
Recuerdo que nos atrajo ese país por lo avanzado y fue justo eso lo que me llevó a la cárcel; salimos de un bar cerca de las dos de la mañana y ya con varias copas encima, decidí que yo manejaría de regreso al hotel. Habíamos alquilado un jeep para recorrer las bellezas naturales de la costa, que daba al mar Mineas.
Puedo asegurar y perjurar que vi cruzarse una viejecilla cuando el semáforo estaba en siga y frené de tal forma que el auto derrapó subiendo al camellón de la avenida costera y quedando casi partido en dos con un poste de luz en medio.
Mis cuatro compañeros, incluyendo a Ana, que venía como copiloto, juran y perjuran que no hubo ninguna mujer cruzando la calle, que todo fue imaginación mía.
El caso es que no habíamos reaccionado al golpe –afortunadamente todos llevábamos el cinturón de seguridad puesto –cuando se escuchó la sirena de la auto patrulla.
Desperté al día siguiente, a eso de las seis de la mañana, con la resaca a todo lo que daba en una celda cuyas comodidades podrían equipararse a la habitación de un hotel de tres estrellas.
Lo que no sabía es que en el Reformatorio de Moringo, todo se ganaba a pulso.
A las seis de la mañana nos llamaron para ducharnos y de ahí al desayuno; entramos formados a un comedor con mesas largas, donde algunos de los reclusos servían huevos estrellados con tocino, pan tostado, mantequilla, mermelada, jugo de naranja y café.
Me sorprendí por la atención que había para los presos, pero no tardé en darme cuenta que el nivel de vida ahí dentro era generado por nosotros mismos; la atención recibida duró tres días, hasta que mi instructor me dio a elegir entre las siguientes tareas: granjero, agricultor, tortillero, panadero, lavaloza, mesero, lavandero, intendente o artesano.
No supe qué responder y le pedí que me explicara cada una de las funciones.
“Aquí los reclusos en período de reinserción social generan sus propios recursos, no es como en otros países que el gobierno, mediante los impuestos de los contribuyentes, mantienen a la bola de zánganos que han dañado a la sociedad.
“Por principio de cuentas, el interno que llega tiene tres días de gracia en las que goza de los servicios que los demás reclusos proveen con su propio esfuerzo; ya instalado, el recién llegado, elige las tareas que desarrollará durante su estancia de reforma, las cuales pueden ser, desde la realización de trabajos manuales, hasta el servicio de agricultor, granjero o cualesquiera que le acomode, pues hay libertad de elección, pero eso sí, lo que eliges, lo trabajas al cien por ciento, aquí no se colabora con medias tintas porque estás a la vista de todos y es una cadena de producción en la que, si uno falla, toda la hilera que viene delante, colapsa”.
Así que elegí artesano, lo que significaba realizar, en el taller que escogí, piezas de cerámica y barro: desde tazas hasta vajillas completas dignas de las mejores vitrinas.
Los fines de semana armábamos un tianguis con todo lo fabricado dentro del reformatorio y la gente que acudía, ciudadanos dispuestos a apoyar una segunda oportunidad para esta gente, compraba nuestros productos.
Con el dinero recaudado, adquiríamos semillas para las hortalizas, alimento para los cerdos, pollos, conejos, así como insumos diversos: aceite de cocina, jabón para lavar, jabón y papel de baño.
El lunes la cadena iniciaba de nuevo y todo lo que habíamos vendido entre sábado y domingo, se convertía en nuestro sustento del resto de la semana, adquirido, fabricado y preparado por nosotros mismos.
Cuando salí, dos años después, entendí la utilidad del trabajo comunitario. Creo que fue el reformatorio de Santiago Moringo lo que me hizo lo buena persona que soy; a mis 82 años le agradezco, porque después de esa magnífica lección de vida, entendí que el ser humano se debe a los de su misma especie, e ir en contra de ellos, sería traicionarse a sí mismo.
F/La Máquina de Escribir por Alejandro Elías
@ALEELIASG






























