Por: Mtro. Juan Ernesto López
¿Por qué me hace sentir feliz llegar a 35 años de antigüedad en mi trabajo? Se dice fácil y parece no tener mucho significado. Sin embargo, cuando te recuerdan que llegas a ese número de años laborales y te lo recuerdan con un reconocimiento, toma realidad. Se agradece. Se festeja. Lo había pensado un tiempo, pero una semana atrás que llegó la llamada de la dirección de personal para avisarme del evento le dio realidad a una vida que estaba en el pasado.
Un año más de trabajar en la Ibero Puebla, universidad jesuita, humanista, de inspiración cristiana. Los primeros ocho años fueron en la Ibero CDMX. De esos, 3 no contaron como antigüedad formal por el estilo de contratación. Aunque esa modalidad no suma, para mí sí. Suma al Ser Ibero. Debo aclarar que mi formación jesuita inició con la educación secundaria, en un colegio jesuita de mi ciudad natal. Después el bachillerato ahí mismo. Luego la licenciatura en la Ibero México. Así que sostengo que mi formación con jesuitas lleva 45 años.
¿Qué significan estos 45 años o 35? Como se quiera ver. Difícil decir todo en este espacio, pero diré algunas cosas.
Es la única relación laboral que he tenido en la vida. Me cuestiono qué tan bueno o conveniente es permanecer la mayor parte de tu vida en el mismo lugar de trabajo. Donde solo he conocido un empleador. He escuchado, sin tener clara la fuente de esta información, aunque suena coherente, que las sociedades con una economía desarrollada se caracterizan por una población de trabajos longevos.
Ese desarrollo es muy diferente al crecimiento personal que la vida laboral te puede dar: 35 años en una universidad jesuita de inspiración cristiana, encuentro diario con personas que comparten un objetivo humanista, servicio educativo y apoyo a quien tiene una necesidad personal, interacción en el salón de clase con cambiantes generaciones cada semestre. Por mencionar algo. Todas significan un dinamismo renovador y rejuvenecedor. La convivencia diaria con los estudiantes universitarios es una fuente de la juventud.
Iniciar una relación laboral es como dar comienzo a un noviazgo o matrimonio. Nadie toma la decisión de un compromiso pensando que eso va a terminar con un rompimiento, un divorcio o el despido, en el caso de un trabajo. Todos estos inicios tienen un término inevitable y diferente. Con certeza todos coinciden en el mismo fin: decides para ser feliz.
El éxito es el objetivo de las personas. Qué mejor éxito que ser feliz con lo que haces. La felicidad es una opción que debemos tomar. La vida está repleta de decisiones, lo extraño es elegir permanecer en la infelicidad. Las cosas no contienen en sí mismas la dicha o desdicha. Somos las personas quienes le damos el valor de bueno o malo a las cosas. Con tantas posibilidades en la vida, después de tomar una decisión, para qué voltear a ver las alternativas que dejaste pasar, no tiene sentido. Podemos caer en la frustración y la desventura.
La decisión de trabajar en la Ibero nunca consideró cómo terminaría esto. Soy consciente que todo en la vida termina. Todo acaba. Laborar en la Ibero tenía en las decisiones del día a día el motivo inspirador del fin, el sentido último, nunca del término.
Hace cinco años, cuando cumplí 30 años de laborar en esta institución igual hubo un evento reconocimientos. De camino a este, me encuentro con un compañero. Me preguntó cuántos años cumplía y le dije cumplo 30 de antigüedad, a lo que agregó: “a ver si llegas a 35”.
Qué difícil escuchar algo así cuando viene de un compañero de trabajo. Alguien que se sumó, como tú, a la institución para seguir el mismo fin de la formación jesuita. Peor aún, oírlo de quien tenía un puesto importante en el área que tiene como objetivo imprimir el sello educativo propio y particular de esta universidad. Me sigo preguntando ¿qué trató de decir? ¿quiso hacer una broma? Lo que me queda claro es que “del corazón habla la boca”, como se lee en los Evangelios.
El reconocimiento que me otorga la universidad por estos años es un llamado a re-conocerme. Conocerme nuevamente, otra vez, a mí mismo, ahora en este momento, en una próxima y cercana jubilación. Reconocer al yo, cercano a la tercera edad. No soy otro, soy el mismo. Pero viviendo el momento para identificarme, siendo y construyendo el yo. El Juan que vive y se hace viviendo. No re-vivir o querer volver a vivir. El pasado ya no existe. El Juan que es desde el principio es el mismo, pero en otra circunstancia. Paradójico, el mismo desde el inició de su formación con jesuitas que se ha buscado y re-buscado.
El autor es académico de la Universidad Iberoamericana Puebla.
Sus comentarios son bienvenidos.
Mtro. Juan Ernesto López Martínez
Licenciado en Filosofía por la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, maestro en Docencia por la Universidad Iberoamericana Puebla. Cuenta con 34 años de experiencia académica, trabajo como docente en Bibliotecas del Sistema Universitario Jesuita.
Actualmente se desempeña como académico en la Coordinación de Formación Integral de Profesores y Tutores de la IBERO Puebla.




















