En San Andrés Calpan, Puebla, a las faldas del volcán Popocatépetl, los amaneceres tienen un sabor distinto. A las 5:30 de la mañana, cuando la mayoría todavía duerme, Emma García ya está en el campo con una cubeta en la mano. Aprovecha esos minutos en que los chapulines, entumidos por el frío, se dejan atrapar sin brincar demasiado.
“Si no te levantas temprano, ya no los agarras”, menciona.
La práctica se la enseñó su padre cuando era niña. Desde entonces, cada temporada regresa a los terrenos para recolectar insectos que, en su mayoría, son para consumo familiar.
A veces los vende a conocidos, pero lo principal es la mesa de casa. En esta época del año, un kilo de chapulines puede alcanzar los 200 pesos, aunque el precio no refleja el tiempo ni el cuidado que requiere obtenerlo.
El trabajo no termina en la recolección. Una vez reunidos, comienza la parte más importante: la preparación.
Primero hay que limpiarlos a mano, retirando hierbas, arañas u otros insectos que suelen mezclarse. Luego se lavan a fondo para quitar cualquier resto natural.
“Si no los lavas, siguen con sus eses fecales. Cuando los metes al agua se hacen del bañito”, explica.
Foto: Rocío Carbente
Después viene la cocción. Se colocan en el comal o en sartén a fuego lento. El calor debe ser bajo para que no se quemen; mientras tanto, se mueven suavemente y se sazonan con limón y sal.
Una vez listos, se revisan de nuevo por si quedó alguna impureza escondida. Finalmente, se doran en sartén para dejarlos crujientes.
Con ese proceso terminan listos para servirse. En casa de Esperanza no faltan las quesadillas de chapulín con queso, la salsa roja o verde preparada con guajillo o chipotle, y las combinaciones con camarón seco.
Foto: Rocío Carbente
También se animan a experimentar con postres: chapulines bañados en chocolate, salados y dulces al mismo tiempo. Ella prefiere los chapulines pequeños y tiernos.
“Así saben mejor, están suaves. El grande ya casi no me gusta porque está duro”, comenta.
Septiembre es el mes clave: los insectos todavía no crecen demasiado y tienen la textura ideal para cocinarse.
Más allá del sabor y del valor nutritivo —que destaca como “muy benéfico y saludable”—, Esperanza subraya que salir al campo también significa un momento de convivencia con la naturaleza.
Con sencillez, hace una invitación a quienes aún no se atreven a probarlos:
“Dense la oportunidad. Son parte de nuestra tradición y un alimento muy nutritivo. Mucha gente lo desconoce, pero vale la pena”.