Hay lugares en Puebla que no se visitan, se respiran. Entrar al Mercado “Carmen Serdán” es someterse a un bautismo sensorial inmediato: apenas se cruza el umbral, el aire se vuelve denso, cargado con el perfume ácido y la dulzura casi embriagante de las naranjas. No es solo un centro de abasto; es el Mercado de La Acocota, ese gigante del Barrio de la Luz que este marzo celebra 61 años de ser el pulso indomable de la ciudad.
Aunque el calendario oficial marca 1965 como su año de consolidación, su historia es un tejido de leyendas que se cuentan entre marchantes. La más pintoresca nos traslada a los tiempos de la intervención francesa, donde el murmullo de un burdel llamado “Le Coquette” terminó transformándose, por la picardía del lenguaje poblano, en la sonora «Acocota». Sin embargo, en 1773 ya mencionaban la «Calle del Cocote», dejando claro que este rincón siempre ha tenido un nombre destinado a la memoria.
Caminar por sus arterias en pleno aniversario es participar en una coreografía de hombros que chocan y bolsas que se rozan. Es un caos con ritmo donde el tiempo se mide en el eco de: “¿Qué le damos, güerita? ¿Qué va a llevar?”. Es un asedio de hospitalidad donde cada comerciante defiende su puesto con la promesa del kilo completo y la frescura absoluta de lo que se cosecha hoy.
El mercado es un contraste fascinante: el frío de la loza donde descansa el producto fresco convive con el calor humano de los pasillos intransitables.
Este 2026, el festejo no cabe en un solo día. La Acocota ha decidido que todo marzo sea una fiesta para honrar seis décadas y un año de vida. Es un homenaje a las generaciones que han crecido entre estos muros, a los que heredaron el puesto del abuelo y a los clientes que, por décadas, han confiado sus mesas a la calidad y tradición de este barrio.
Visitar La Acocota este mes es más que hacer el mandado; es asomarse a la identidad de una Puebla que, a pesar de la modernidad, sigue encontrando su esencia en el mercado, en el regateo y en el sabor de una historia que cumple 61 años más joven que nunca. ¡Larga vida a La Acocota y su elegancia de barrio!



























