A lo largo de la historia del narcotráfico en México, distintos líderes criminales han recurrido a la religión como un refugio espiritual y un supuesto escudo protector.
El hallazgo de altares y objetos religiosos en espacios vinculados a estos personajes refleja cómo la fe se mezcla con la vida delictiva.
En la cabaña de «El Mencho» se localizaron figuras de San Judas Tadeo, San Charbel, San Martín Caballero, la Sagrada Familia y la Virgen de Guadalupe, además de un escapulario del Sagrado Corazón de Jesús y una novena a Santa Rita de Casia. Estos santos son reconocidos por su relación con causas difíciles y milagros de curación, lo que explica su presencia en los altares de narcotraficantes.
Ismael «El Mayo» Zambada, fundador del Cártel de Sinaloa, también compartía esta práctica. En su guarida se encontró el Salmo 91, texto bíblico utilizado por muchos católicos como oración de protección. El religioso explicó que este salmo puede ser usado de manera supersticiosa, como un amuleto, sin que implique un cambio de conducta.
Joaquín «El Chapo» Guzmán, por su parte, hizo referencia a sus creencias religiosas en entrevistas, mientras que su hijo Ovidio Guzmán fue fotografiado con un escapulario del Santo Niño de Atocha, devoción que también compartió el colombiano Pablo Escobar.
Además de figuras católicas, los capos han mostrado veneración a personajes como Jesús Malverde, conocido como el “bandido generoso”, y la Santa Muerte, considerada protectora de quienes enfrentan la violencia. También se menciona a San Nazario, inspirado en Nazario Moreno, líder de la Familia Michoacana, quien llegó a convertirse en figura religiosa en comunidades de Michoacán.























