Es viernes, 22.45 horas, salgo de trabajar y sobre avenida Constituyentes, a la altura de la taquería La Guelaguetza, le hago la parada a un taxi. El auto se detiene, saludo al abrir la portezuela y no hay respuesta: me acomodó en el asiento del copiloto; giro la cabeza para ver al conductor y observo un hombre treinteañero, con cachucha, delgado, quien reacciona a mi inspección y me regresa una mirada fría con un seco “buenas noches”, luego de insistir en saludarle.
Avanza el vehículo sobre la misma avenida para dar vuelta en u y tomar Vicente Segura, por donde transita demasiado lentamente. Me inquieto y comienzo a hacerle la plática al chofer, quien responde con esfuerzos, hasta que otro vehículo amenaza con entrar a la avenida por una calle prohibida. El conducto mete el freno, toca el claxon, se exalta e increpa al otro conductor.
El taxista avanza un poco y otro conductor le cierra el paso y se coloca justamente delante de la unidad; el semáforo marca el alto. El conductor se altera, sale de su coche y le reclama al otro chofer, quien le responde que iba muy lento; el conductor grita y patea el otro auto, invitando al otro a darse de golpes, pero el semáforo marca el siga y el bravucón regresa a su unidad jadeando, furioso y yo me quedo impávida porque no me atreví a bajarme por temor a que pensara que me quería ir sin pagar.
Lo que resta del trayecto para llegar a mi casa el hombre lamenta que los conductores de vehículos particulares abusen de su capacidad adquisitiva y avienten sus vehículos a los trabajadores del volante por el simple hecho de que tienen contratado un seguro para autos de amplia cobertura.
Al llegar a la puerta de mi casa pago, bajo de prisa y me despido muerta de miedo porque pensé que el conductor podría llegar a tal clímax de enojo que o bien intentaría desquitarse contra mí o conducir sin medir consecuencias.
En su análisis “El chofer y el maael”, publicado el 24 de septiembre en la revista Proceso, Martha Lamas, especialista en feminismo y equidad de género, se refiere al caso de la estudiante Mara Castilla, quien fue abusada y asesinada por el chofer de una unidad de la empresa Cabify, la cual propuso la colocación de un botón de pánico en sus vehículos, a lo que la investigadora añade que los moteles y hoteles también deberían instalar dicho dispositivo.
Además, Lamas propone “encontrar la manera de descartar a posibles delincuentes o psicópatas… con un riguroso y eficaz proceso de vigilancia, exigiendo al gobierno y a las empresas más capacitación y control sobre sus chóferes (además de que se les apliquen exámenes).
El taxista con el que me topé la noche del viernes no atentó en ningún momento contra mi persona ni pretendió tocarme ni cosa por el estilo, pero la manera como se alteró y reaccionó contra su colega me intimidó y me generó miedo.
Por eso es necesario crear protocolos de contratación de los choferes que atienden los servicios de autos de alquiler, camionetas de transporte público, porque no es de manera violenta como se debe transitar en la vida, imponiendo su ley de aquí se hace lo qu yo digo a punta de golpes y patadas.
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