Este 2 de octubre, se cumplen 50 años de la masacre de Tlatelolco, ocurrida en el año de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas de la Ciudad de México, hecho que significó un parteaguas en la historia moderna del país, mismo que las instituciones de aquel momento no castigaron debidamente, pero que la historia si se encargó de enjuiciar y condenar, pues señaladamente el autor intelectual de aquel incidente, el ex presidente Gustavo Díaz Ordaz, asumió la responsabilidad histórica de lo que fue este crimen de estado.

En aquel entonces, el movimiento estudiantil de 1968 demandaba al Gobierno el cumplimiento de un pliego petitorio de seis puntos: consistente en la libertad de todos los presos políticos; supresión de los delitos de disolución social, destitución del jefe y subjefe de la Policía Preventiva del DF; indemnización a las víctimas de actos represivos; supresión del Cuerpo de Granaderos y castigo a los funcionarios responsables de actos de violencia contra los estudiantes.

El movimiento apuntaba a la conquista de más libertades y a la democratización del país, cuyo régimen era de corte profundamente autoritario.

Ese 2 de octubre, unas 10 mil personas se congregaron en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, para realizar un mitin convocado por el Consejo Nacional de Huelga, al que acudieron no sólo estudiantes, sino padres de familia, niños, vecinos, vendedores y curiosos.

Ante los ojos de la prensa internacional esa tarde comenzó un hecho aberrante, cuando dio inicio la operación Galeana, en la cual un helicóptero tras sobrevolar la plaza, lanzó unas bengalas, que fueron la señal para que agentes del Ejército y de la Dirección Federal de Seguridad abrieran fuego en contra de la gente inerme y desarmada concentrada en la plaza.

Hasta la fecha, aunque hay diversas cifras, que el oficialismo refiere fueron 26 abatidos y el Consejo Nacional de Huelga 325, la investigación más reciente del hecho, realizada con una investigación documental a cargo de la comunicóloga Susana Zavala, apunta la cifra de 78 muertos, 31 personas desaparecidas, 186 lesionados y mil 491 detenidas en el periodo de julio a diciembre de 1968.

Sobre estos hechos, el escritor hidalguense, Alfredo Rivera Flores, reflexiona, a la distancia, desde su autoexilio temporal en San Miguel de Allende, desde donde escribe nuevas líneas para una obra que prepara, y recuerda las repercusiones de ese hecho no sólo en Hidalgo, sino en algunas partes del país en donde le tocó estar.

Recuerda que azares de sus estudios en la UNAM, hicieron que dos meses antes de pagar su última materia, y consiguió una plaza de auditor que le permitió viajar por todo el país.

“Eso me permitió acudir a un par de marchas, una en Puebla, otra en el Distrito Federal, un mitin en Pachuca, y el enterarme en aquella tarde aciaga, enterarme en los portales del centro de Veracruz, que había ocurrido una matanza en Tlatelolco”.

Es un hecho que por supuesto me marcó, porque mis inclinaciones siempre fueron hacia el activismo, hacia la izquierda, hacia la presencia pública, en todas las causas que tuvieran qué ver con los derechos humanos y la libertad de expresión y de las causas fundamentales que defendían los estudiantes y los maestros de aquel entonces”.

Indicó que si bien la mayoría no vivió los momentos cumbres del 68, “quienes tuvimos la conciencia social no nos dejó indiferentes”.

Rivera Flores recordó a los grandes hombres de esos tiempos, como a Heberto Castillo, el inmenso líder de los maestros, estudioso de la ingeniería, pero sobretodo, el hombre de convicciones de izquierda que encaminó su vida a transformar este país y democratizarlo, sufriendo persecución y cárcel por el gobierno autoritario presidido por Días Ordaz, y posteriormente con Luis Echeverria Álvarez, otro presidente al que se le imputa responsabilidad por la matanza del 68.

Consideró que la historia de Heberto Castillo debiese ser conocida por todos, además de que hubo enormes personalidades que lideraron este movimiento, como un amigo suyo muy querido, fallecido hace poco años como Raúl Álvarez Garín, físico-matemático, con maestrías, gente preparada que implica la conciencia social, “estos grandes hombres bastarían para hacer de las generaciones que siguieron, un gran ejemplo a considerar”.

Recordó que el mitin al que asistió en Pachuca, en aquella época, fue un triste mitin, en el que llegó un camión del Instituto Politécnico Nacional, en el que se encaramaron los activistas que venían a hacer conciencia a Pachuca, “pero también algunos de los oportunistas que en Hidalgo se dieron”.

Lamentó que los nombres que se pueden citar de hidalguenses, están en el lado equivocado de la historia, “Alfonso Corona del Rosal, para entonces regente de la Ciudad de México, que por supuesto estuvo inmiscuido en estas acciones delictivas del poder hacia los estudiantes”.

Apuntó a otro supuesto líder estudiantil, Sócrates Amado Campos Lemus, quien después fue funcionario del gobierno de Hidalgo, originario de la Huasteca y Sierra de Hidalgo, y que en el ánimo de los líderes de aquel entonces, dejó evidenciado que su papel era de un traicionero, porque cobraba en el ámbito gubernamental, y después de camuflajeaba entre los estudiantes.

Recordó que iniciaba una Federación de Estudiantes en Hidalgo, que jugaron un papel pequeño, pues cerraron la Preparatoria número 1 con cadenas y otro grupo las abrió, “pero fue intrascendente en relación al maremagnúm que se armó a nivel nacional y del DF”.

Alfredo Rivera remató su reflexión, al señalar que hay una frase ritual que reza “gloria a los héroes que nos dieron patria, ojalá la aplicásemos también, al menos en nuestro fueron interno, hacia los héroes que nos dieron patria, y que fueron los integrantes del Movimiento Estudiantil del 68, los líderes, los maestros y las corrientes progresistas de aquellos tiempos, que a pesar del riesgo que ello implicaba, se sumaron al movimiento estudiantil del cual algunas de las circunstancias que ahora vivimos con un poco de libertad, de ahí se originaron”.