Hoy quiero aprovechar este espacio para mí. Para, al fin y al cabo ya con el pie derecho dentro de la Tercera Edad, para traer a la memoria algunos recuerdos acumulados en estos más de 30 años de ejercer el oficio de periodista en Pachuca, y para agradecer a mis compañeros periodistas el Reconocimiento Temasili que recibí en días pasados, por hacer lo que tanto me ha gustado, por ese “doble salario” que es trabajar en lo que nos apasiona.

Llegué de la Ciudad de México a una Pachuca totalmente provinciana –sin las plazas comerciales y tiendas de autoservicio que tanto extrañé al principio, pues aquí la ciudad “moría” a las 21:00 horas-; cuando el paseo dominical obligado era, después de ir a misa a la Villita –la de las “torres mochas”, como era conocida entonces-, dar la vuelta por “la Revo”.

Concluía su administración un gobernador amigo –ex secretario de Turismo federal-, Guillermo Rossell, quien había comenzado a modernizar la ciudad con obras como el primer tramo del viaducto del Río de las Avenidas.

Pronto conocí a funcionarios y empresarios con los que establecí relación estrecha, incluso de amistad en algunos casos, como Graciela Macip, Romualdo y Pedro Tellería Armendariz, Luis Manuel Willards Andrade, Jesús Antón de la Concha, entre muchos más.

He tenido la oportunidad de conocer y ver crecer a la entonces  “chiquillada” de funcionarios y empresarios noveles pero aguerridos, como Antonio Assad Abaid, Benjamín Rico Moreno, Daniel Ludlow Kuri, Romualdo Tellería Beltrán, Hugo Meneses Carrasco, Manuel Perdíz Antón y tantos, tantos más, que hoy también peinan canas.

He disfrutado de una ciudad que se ha ido transformando aceleradamente pues pronto fue “descubierta” por las cadenas de supermercados, por grandes empresas desarrolladoras de vivienda y hasta de periódicos.

Vi desaparecer a la “glorieta 24 horas” y cómo se construyeron puentes, pasos a desniveles y auténticos distribuidores viales, dando celeridad a un creciente flujo vehicular. Hoy disfruto de un Río de las Avenidas que, aunque sigue apestando, me permite llegar de San Antonio al Reloj monumental en tan sólo 20 minutos.

Florecieron en este tiempo las cadenas de restaurantes locales y foráneas, la ciudad se salpico de tiendas Oxxo, un hoyo en los jales  se convirtió en el Estadio Hidalgo, se construyeron de manera alterna los viaductos Nuevo Hidalgo y hoy Ramón G. Bonfil y, poco después, el bulevar Colosio, donde han florecido todo tipo de negocios, desde colegios privados hasta restaurantes y oficinas gubernamentales. El Centro SCT dejó de inundarse.

Los cultivos de maíz cedieron espacio a la Zona Plateada, hoy saturada con oficinas gubernamentales, restaurantes y bares, y en sus inmediaciones han comenzado a construirse modernos, y muy caros, fraccionamientos.

Pero la modernidad tiene un costo y este ha sido, principalmente, el que ya en Pachuca no pueda presumirse de que “nos conocemos todos”; de ya dejar el auto abierto y encendido, de “atorar” las puertas con aldabas, y lo más triste de todo, una creciente insensibilidad ante los índices de criminalidad, accidentes viales y problemas sociales como la mendicidad.

Como periodista hoy Pachuca es otra; ya no me encuentro con altos funcionarios comprando víveres en el mercado Revolución y en la vía pública se protege con barreras al Presidente y al gobernador en turno.

Mucho se ha ganado, mucho se ha perdido, pero aún disfruto rasgos de la Pachuca cálida, amable, respetuosa, en donde por muchos años el claxon de los autos era de adorno y se agradecían los ocasionales piropos.

 

✉️ dolores.michel@gmail.com