A 10 meses del asesinato del afroestadunidense George Floyd por un policía que aplicó fuerza excesiva en su detención, se encuentra en fase de arranque el juicio a Derek Chauvin, el oficial cuya imagen asfixiando con su rodilla a la víctima dieron la vuelta al mundo.

No se trató de un caso aislado, sino de uno más y que no se centra solo en la población de piel oscura, sino incluye a otros grupos, de manera sobresaliente a mujeres y nacionales de países latinoamericanos.

Que cada vez salgan más y más casos de esa discriminación no se debe a la ruptura de algún pacto encubridor, ya que no existe una decisión consciente para discriminar, sino a los cambios culturales y sociales en las relaciones y costumbres sociales que crean y reproducen a los que discriminan.

En nuestro vecino del norte tratar de manera desigual a quienes no son blancos anglosajones está en la raíz de su nacimiento como nación. Con su desarrollo se ha ido transformando la matriz discriminatoria, que sin embargo, persiste.

Tomando como eje solo a la población afrodescendiente, se encuentra que ya existe una fuerte conciencia de que la policía y el sistema de justicia los trata diferente en relación a la población blanca.

El Instituto Pew publicó un sondeo en junio pasado donde 83 por ciento de afrodescendientes dijo que era tratado con menor equidad que los blancos, mientras que interrogados sobre el mismo tema, 63 por ciento de personas de tez blanca coincidieron con ese señalamiento.

Esa percepción da un impresionante vuelco cuando se la analiza desde una perspectiva político partidista. Así, el 43 por ciento de afiliados al Partido Republicano estuvo de acuerdo en que la población afrodescendiente era tratada con menor equidad que los blancos por la policía, pero los blancos de filiación demócrata dijeron en 88 por ciento que el trato policial no era parejo para los afrodescendientes.

La discriminación de que se quejan los afrodescendientes se equipara a la que viven las mujeres estadunidenses porque es realizada por personas de su mismo género y nacionalidad, es decir, otros estadunidenses, lo que de entrada rompe o al menos erosiona las reglas de sana convivencia de su sociedad.

La población de origen blanco en su mayoría no parece darse cuenta de que su hegemonía racial está en declive. Estados Unidos tuvo por ocho años a un presidente mestizo, Barak Obama, y tras cuatro años de gobierno blanco, ahora la vicepresidenta no solo es mujer, sino con antecedentes negros y fuertes perspectivas de convertirse en presidenta del país.

El problema de la discriminación racial y de género se complica cuando se ve que la élite política y económica es en su mayoría masculina y blanca, de manera que se encuentran entreverados intereses de tipo político y económico que evitan la desaparición del trato desigual a los no blancos no hombres.

Este problema coexiste con la lucha geopolítica contra China, que en el primer bimestre de este año mostró cifras muy positivas en su balanza comercial, tanto importaciones como exportaciones, lo que significa que su recuperación económica tras la caída por la pandemia de coronavirus, va bien y una recaída económica la tomaría mejor parada que a Estados Unidos, cuya recuperación depende del proceso de vacunación, que de acuerdo a los informes del presidente Joe Biden, marcha en forma adecuada.

Empero parece que ese trato racial desigual aún tardará bastante tiempo en erradicarse, y mientras alimenta al supremacismo blanco, cuya capacidad de entendimiento de que se trata de nuevos tiempos parece ser muy baja. Y ahí está el expresidente Donald Trump haciendo gala de racismo para posicionarse hacia la próxima candidatura presidencial, o bien con fuerza suficiente para ser el fiel en la balanza del Partido Republicano.
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