Jorge Esqueda

Chile continúa haciendo historia, ahora con la elección de los 155 constituyentes que redactarán la Constitución que sustituirá a la del régimen del general Augusto Pinochet, de cuyas páginas salió el sistema neoliberal que se tomó como ejemplo, como modelo, como paradigma a seguir para toda América Latina.

Fue un triunfo de las urnas, el tercero de alcance más allá de una coyuntura política. Recordemos que en octubre de 1988 los ciudadanos chilenos fueron a las urnas como lo marcaba la Constitución de 1980, a fin de decidir entre el “SÍ” que significaba aprobar la propuesta de que un candidato gobernara por ocho años a partir de marzo de 1989. Ese candidato era Augusto Pinochet, quien derrocó de manera sangrienta al presidente

Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973.
Pero si ganaba el “No”, Pinochet tendría un año más de gobierno y a 90 días de que terminara ese periodo habría elecciones para elegir un nuevo presidente y parlamentarios. Pese al sistema político cerrado creado por la dictadura militar, los ciudadanos se pronunciaron por la negativa y el general dejó el poder en el tiempo y forma fijadas por su propia Constitución.

Se trató de un cambio de régimen pero no de sistema. Chile dijo no a la dictadura, pero las líneas generales del sistema creado por el aparato militar siguieron. Y ahora parece que este también registrará serios cambios.

No es un cambio decidido de la noche a la mañana ni de manera cupular, es decir, desde arriba. Hay acuerdo en que el proceso que llevará al fin de la Constitución pinochetista inició en 2006 y tuvo su punto culminante a fines de 2019, trece años que en este caso no fueron de mala suerte sino de protestas populares muchas veces reprimidas con violencia y con saldo mortal: no menos de 18 en la fase de octubre de 2019.

Demanda de educación de calidad y gratuita, duros cuestionamientos a los fondos de pensiones que se han mostrado absolutamente insuficientes para respaldar a los jubilados, y problemas económicos como carestía y bajos sueldos, son parte de la insatisfacción social hacia un sistema que prometió maravillas exportables a toda Latinoamérica, y que como en otras partes de la región, se han mostrado incumplidas, salvo para una pequeña parte de la sociedad.

En ese contexto, no es de extrañar que la juventud chilena haya sido el sector de mayor participación en las protestas, pues ante sus ojos estaba un no futuro.

Fue así como en octubre del año pasado, en plena pandemia de Covid 19, se preguntó a la ciudadanía chilena si quería la redacción de una nueva Constitución. Y el “Sí” ganó de manera clara: 78 por ciento de participantes en el referéndum de ese año lo indicaron, conformando la segunda demostración del poder que pueden tener las urnas cuando los ciudadanos así lo quieren.

Y ahora, el pasado domingo 17, se eligieron a los 155 constituyentes encargados de la nueva Carta Magna y los chilenos dieron otro mensaje: la redacción estará a cargo de una asamblea de mayoría de izquierda pero también de independientes, con lo que los partidos políticos tradicionales recibieron un claro rechazo.

El camino es aún largo. No se pretende que haya un cambio de régimen, ya que el actual hizo posible que se vaya a los que sí se quiere: un cambio de sistema. En la sociedad chilena los segmentos que seguramente se levantarán contra ese cambio serán muchos, y esa será la primera batalla, convencer a los recalcitrantes de que deben de respetar el resultado de las urnas y sumarse más que oponerse.

Destaca en el proceso de cambio chileno la ausencia de un líder carismático que haya agitado las conciencias. Estas ya estaban agitadas por la situación económica y prescindieron de un líder de ese tipo. También esa combinación de protesta callejera urbana y urnas, y sobre todo, que el motor de cambio sea desde la sociedad, volviendo en realidad diaria la esperanza y no proyectándola a un difuso futuro.

De salida: Como se dijo, la crisis entre Israel y Palestina sigue el guión de otras ocasiones. Entre sus características propias figura la presencia tras bambalinas de Irán en presunto apoyo a Palestina y más allá de Rusia. La presencia de una juventud palestina que, como la chilena, no ve su futuro, aunque en unas décadas ellos serán más en número que los israelíes. La extralimitación militar israelí. Y el decidido apoyo de Joe Biden a Israel, un respaldo similar al que Donald Trump le hubiera dado. Lo que permanece igual son los muertos civiles, en su mayoría palestinos.
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