Por: Griselda Lira “La Tirana”

 

Esto no debió pasar, calculamos mal los tiempos, éramos diez, ahora solo somos cinco almas hambrientas y cansadas. Sacrificamos dos caballos para poder sobrevivir en este desierto, el agua escasea y con ella se acumulan mis ansias por morir, qué va, yo ya estoy muerto desde que falleció mi hermano, no sé qué cuentas le voy a entregar a mi madre, sobre mi espalda hay un peso que no me deja avanzar, pero de este lado Nicolás, uno ya no se puede dejar caer; uno se convierte en perseguido, en exiliado y en maldito; si no por los pensamientos, sí por estos cabrones federales que nos vienen pisando los talones pero es el orgullo de campesino recio y bragado, el que me levanta. Los señores federales hijos de la magia negra y del espiritismo. Encontramos un resguardo en las montañas, aquí dormiremos un rato. Me toca hacer la guardia.
Cada hora representa un recuerdo, por lo tanto, una tortura, cada estrella un juramento de tu boca y a su vez, una mentira; a lo lejos escucho a los coyotes y a las liebres, hay tanta oscuridad y silencio que uno se siente en la antesala del juicio final pero no tengo miedo, estuve encuartelado por disidente y a causa de una mujer a la que amé, un amor incorrecto, una pasión al rojo vivo del infierno. Estoy enyerbado y no por tus caderas sudorosas Alba o por tus grandes senos que han alimentado a chiquillos ajenos, sino por tu misterio, la poesía de todas las lunas menguantes que cala como martillo de juez, estos mis 62 años. Me duele estar enamorado de ti y por eso me trago las lágrimas para que me calmen la sed. Escupo al suelo porque mi abuela decía que así se ahuyentaba a los demonios de la noche.
Se escuchan voces y el tintineo de unas espuelas, apago el fuego y entierro mi cigarrillo. Los muchachos duermen. El cuchicheo pasa como un viento helado que penetra los huesos, me quedo inmóvil detrás de un arbusto; eran las voces de mis pensamientos visitando mi insomnio. Tengo frío, me estoy congelando sin ti.