Por: Alejandro Ordóñez
Última noche de sus vacaciones en una cabaña rentada a orillas del Gran Lago, a la que se llega por un camino vecinal de terracería. Es el sitio ideal para pescar, le dijo el dueño, un anciano pensionado, casi ciego. Hay por lo menos un kilómetro entre cada casa y los vecinos no se meten con nadie; además, podrá utilizar la lancha a su antojo, hay dos bidones llenos de gasolina, así que combustible no le faltará; eso sí, será necesario que tome sus precauciones, por ningún motivo salga de noche, podría toparse con osos o manadas de lobos, preferible no hacerlo y no estaría mal llevar siempre a la mano un arma, más que nada para espantarlos.
Así, las noches fueron de lobos, con aullidos estridentes, inconvenientemente cerca; las mañanas, en cambio, de osos que hambrientos bajaban de sus guaridas en busca de alimento, a menudo con un cinismo que los llevaba a subir la escalera, cruzar el largo pasillo y tocar suavemente los cristales de la cocina, como preguntando si ya estaba listo el desayuno. Se ven muy simpáticos, pero no se confíe, son fieros y sus garras son temibles, le dijo.
La ruta resultó más complicada de lo imaginado -por lo sinuosa y los profundos barrancos que la rodean-, pero condujo con precaución. Disfrutó la soledad y la lectura, hizo largas caminatas y meditaciones; cada amanecer contempló el paisaje que ofrecen El Gran Lago y el tupido bosque de pinos, al anochecer observó, por las ventanas traseras de la cabaña, el cielo tupido de estrellas y largos tramos del solitario camino.
Preparaba su maleta para el regreso cuando percibió el brillo de los faros de un automóvil, seguido de cerca por los destellos azules y rojos de una patrulla, luego escuchó el aullar de una sirena y el fuerte ronroneo de las máquinas exigidas al máximo. Decidió salir, caminó algunos metros hasta ubicarse bajo el acantilado; los vio venir envueltos en una nube de polvo, al tomar la pronunciada curva derraparon las llantas, la puerta trasera del automóvil se abrió fugazmente, un enorme bulto cayó y se fue rodando por el pronunciado declive hasta llegar cerca del lago; los automóviles siguieron su loca carrera. Supuso que se trataba de un ser humano, posiblemente un cadáver. Se acercó cautelosamente, lo palpó, descubrió su error, dado lo pesado lo arrastró hasta la cabaña, ya ahí lo abrió, llenó su mochila con buena parte del contenido y el resto lo vació en un viejo barril; lanzó una cuerda hacia lo alto de un pino y como si fuera una polea la izó.
Volvió al cuarto, transcurrieron minutos de inquietante espera. Escuchó el ruido de los motores, luego las luces de los faros de dos vehículos se detuvieron en la curva, bajaron dos policías de la patrulla y tres sujetos, del automóvil, prendieron sus lámparas de mano, exploraron acuciosamente el sitio. Se reunieron en conciliábulo e iniciaron el peligroso descenso. Fueron y vinieron hasta el lago, concentraron sus luces en las oscuras aguas. Una lámpara descubrió el chalet, tres hombres caminaron hacia él y dos volvieron al camino.
Comprendió que estaba en grave peligro, decidió refugiarse en la habitación. Escuchó sus pasos sobre el empedrado, luego cuando forzaron la puerta y subieron la escalera. Se acostó en el suelo, en el espacio que hay entre la cama y la pared; desenfundó el arma, cortó cartucho. Su corazón latía al borde del infarto, respiraba agitadamente, pero le faltaba el aire; sin embargo, su pulso era firme. La perilla giró, la puerta siguió cerrada, se oyeron cuchicheos, luego la chapa voló por un disparo; dos hombres, pistola en mano, cruzaron el umbral, fueron recibidos por fogonazos y detonaciones. El tercer sujeto alcanzó a llegar al pie de la escalera, pero una bala perforó su cráneo. Se asomó por la ventana, los otros dos sujetos bajaban precipitadamente por la pendiente.
Salió, se ocultó tras un grueso árbol. Llegaron los tipos, en sus prisas se internaron en la casa sin tomar precaución. Transcurrieron algunos segundos. Empuñó el revólver, cortó cartucho y con toda parsimonia disparó hacia los bidones de gasolina que había colocado previamente a los costados de la puerta. Fueron dos explosiones separadas apenas, se estremeció el bosque, las llamas que consumieron la vetusta construcción de madera se vieron a kilómetros. Caminó hasta el barril, tomó puñados de billetes, los arrojó al viento; algunos fueron consumidos por el fuego, otros flotaron en el lago, pero la mayoría se salvó. Bajó la mochila -del árbol-, caminó hasta su auto y se perdió en la noche.
Llegó temprano a la oficina. Qué gusto me da verte, ¿disfrutaste tus vacaciones? -preguntó el jefe-, estamos en medio de un escándalo, ¿has leído los diarios? No, contestó, vengo llegando de la playa, estuve en casa de un amigo. La prensa no nos deja en paz, nos acusan de corruptos. Tres maleantes sorprendieron a los custodios de una camioneta de traslado de valores, los acribillaron y huyeron con un millón de dólares, una patrulla de los nuestros pasaba accidentalmente por el sitio y los siguió, por desgracia no avisaron por radio, ni pidieron refuerzos y para cuando un ciudadano lo reportó ya era tarde. La patrulla se fue tras los maleantes que huyeron por el camino vecinal que rodea el lago; los alcanzó en el acantilado, de seguro el sitio acordado previamente para su reunión, porque días antes un sujeto no identificado alquiló la cabaña a un anciano casi sordo, ciego y con severos problemas de memoria quien no pudo aportar información confiable.
De la reconstrucción de hechos se desprende que dejaron los vehículos en la carretera, bajaron a pie hasta el chalet, ya en su interior se dispusieron a repartir el botín y surgirían discrepancias; un policía y dos hampones accionaron sus armas, se inició un tiroteo, una bala perdida atravesó la delgada pared de madera y se fue a estrellar en uno de los dos bidones cargados de gasolina que estaban cerca de la puerta, lo que provocó su estallido y el del otro bidón, las llamas envolvieron rápidamente la casa, impidiendo la salida tanto de agentes como de truhanes.
Las explosiones debieron ser tan fuertes como para expulsar gran cantidad de billetes; sin embargo, la mayoría se habrá quemado o hundido en el lago y buena parte se la llevaron los lugareños que al día siguiente, intrigados por los estruendos y el resplandor de las llamas, acudieron al lugar, como no había sobrevivientes, ni policías custodiando, robaron hasta hartarse; fue así como desapareció la mayor parte del botín de un millón de dólares y ahora la opinión pública nos señala con índice acusador.
Fueron llegando los oficiales, le dieron la bienvenida, saludaron zalameros y cariñosos, al ver las muestras de afecto y admiración, el jefe comentó a su asistente: ¿Quién dijera que esta sensual rubia, toda glamour y elegancia, a pesar de su timidez y frágil apariencia es la tiradora más certera de la corporación?


















