Por Eduardo Macario Moctezuma-Navarro

En las sociedades humanas, el desarrollo suele venir de la mano con la formación y consolidación de ciudades, al punto que no se concibe un desarrollo socioeconómico sin pensar en un proceso de urbanización en paralelo. Con la aparición de los medios de transporte motorizados, ambas dinámicas se han visto en parte beneficiadas y en parte afectadas, ya que por un lado los vehículos motorizados suelen considerarse como una señal de progreso, además de que facilitan considerablemente el transporte de personas y mercancías, pero por otro, tienen un innegable efecto negativo en el ambiente cuando la regulación de su uso es inadecuada (además de que no son pocas las muertes debidas a accidentes de tránsito).

Desde hace muchos años México ya es una sociedad mayoritariamente urbana, pero no es “igualmente urbana” en todas partes; lo mismo ocurre con la dinámica de motorización, que es muy dispar entre entidades federativas. Este mosaico de comportamiento es importante que se analice en partes, porque las condiciones regionales que están dando lugar a uno u otro perfil, no debe abordarse con las mismas soluciones de política, pues podría dar pie a importantes errores, como ocurre por ejemplo con las propuestas de transporte público masivo en lugares donde no hay suficiente demanda ni condiciones para su implementación. La solución en ciertos casos termina generando más dificultades, como cuando se menciona que, en lugar de resolver una situación conflictiva, el transporte público masivo hace masivo el problema (por ejemplo, cuando (1) las nuevas líneas no cubren la amplitud del sistema anterior, (2) los usuarios tardan más en realizar sus viajes, y (3) se trasladan a un costo superior; dicho de otro modo, puede pasar aquello de “estábamos mejor, cuando estábamos peor”).

Cambiando de la escala regional a nacional, se han hecho estudios sobre la relación entre la urbanización y motorización en varios países, incluido México. Aunque algunos resultados eran de esperarse, otros no lo son tanto. Me voy a referir a uno en especial para el caso nacional en donde tuve oportunidad de participar. De entrada, como en otras naciones, se confirma que en México ambas variables van de la mano y crecen (o decrecen) juntas, lo cual es de esperar pues si algo ha caracterizado a los procesos de urbanización en el siglo pasado, es el uso intensivo de los vehículos motorizados en las ciudades. También, se encuentra que la motorización se incrementa con el PIB per cápita, lo cual tiene sentido pues una mayor riqueza puede generar un potencial más alto para adquirir un vehículo (sin embargo, cabe destacar que este incremento no es tan fuerte como cuando se trata del comportamiento de la motorización con respecto a la urbanización). Por otro lado, lo curioso es que en ciertos años se ha presentado un comportamiento dispar entre el tamaño de la población y la motorización vehicular. Podríamos pensar que, a mayor población, entonces habría más gente dispuesta a adquirir un vehículo motorizado, lo que a la larga llevaría a un mayor parque vehicular. Esto no ha sido precisamente así. Hay evidencia de que una mayor población no necesariamente da pie a una mayor adquisición y consecuente uso de vehículos motorizados: al parecer en México, por lo menos durante cierto período, ha ocurrido justo lo contrario: conforme aumenta el tamaño poblacional, se reduce la motorización. Esto puede deberse a la distribución del ingreso tan característica de México (por lo desigual). Me explico: aún si la cantidad de habitantes está creciendo, si acaso ocurre que el sector social cuya natalidad impulsa la ampliación poblacional coincide con el sector social más desfavorecido (como suele pasar), entonces tales personas, aunque sean muchas, carecen del suficiente poder adquisitivo para aumentar la flota vehicular; de manera que termina siendo menor la cantidad de vehículos de motor disponibles por persona, como parece sugerir dicho estudio.

En otros países como los del sudeste de Asia, la motorización vehicular está más bien impulsada por lo que se ha dado en llamar “motocicletización”, lo cual tiene sentido en aquellos lugares en donde hay costos de importación muy altos; pero a su vez, este tipo de motorización que ha acompañado tales procesos de urbanización y desarrollo económico, requiere medidas de atención diferentes a la del caso mexicano u otros países.
En ocasiones, las cifras en sí mismas son sorprendentes, por ejemplo, datos oficiales muestran que, en países como México, hay más vehículos motorizados registrados que bebés naciendo, una locura; o bien, es de llamar la atención aquellos microestados en donde de hecho se cuenta con más vehículos que personas habitándolos como ocurre con San Marino, Mónaco y Andorra.

A nivel mundial se ha sugerido insistentemente en que, en cuanto al diseño y planificación urbana, las ciudades estén más orientadas a sus habitantes (especialmente a su movilidad) y no tanto a los vehículos en circulación en sí, lo que muchos países tratan de hacer, pero pocos lo consiguen, aunque se intenta (principalmente en Europa).

Aún hay mucho por analizar sobre la relación entre urbanización y motorización en México y especialmente en Hidalgo, para lo cual la sugerencia principal es que cualquier medida a tomar esté basada en: (1) datos “duros” (preferentemente en series históricas), (2) estudios formales (llevados a cabo con la debida duración) y (3) la realidad particular de cada territorio, ya no tanto en ocurrencias o soluciones de corto plazo, que, aunque bien intencionadas, no siempre conducen al mejor resultado. Sirvan estas líneas como motivación para futuras personas interesadas en el tema.

Profesor-Investigador en El Colegio del Estado de Hidalgo

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