Ignacio Lula da Silva regresará el próximo enero a la presidencia de Brasil ampliando el número de mandatarios en América Latina formalmente de izquierda, pero con severas dudas de que esa filiación política pueda concretarse en acciones, pues le será muy difícil gobernar.

Se trata, de inicio, de la presencia del saliente presidente Jair Bolsonaro, quien tardó más de 45 horas en aceptar su derrota, pero al hacerlo aplicó frases poco claras, lo que de entrada sembró la duda de si realmente reconoce que deberá dejar el poder, una actitud que, en el mejor de los casos, lleva a que la transición de poder sea ríspida, y con el potencial de que en cualquier momento surja algo que la detenga y dé el pretexto para detener la toma de posesión de Lula.

Empero, la mayor duda es todo lo que el ahora presidente electo tendrá que realizar para gobernar. La primera expectación estará centrada en su vicepresidente Geraldo Alckmin, candidato presidencial rival de Lula en 2006, tres veces gobernador del estado de Sao Paolo, católico, médico, considerado tecnócrata y quien renunció a su original filiación socialdemócrata para acompañar al ahora triunfador.

Existe coincidencia entre los analistas en que el candidato triunfador, postulado por una coalición de 10 partidos, buscó con su compañero de fórmula y la coalición que lo impulsó, ganarse al electorado de centro, lo que consiguió dada su victoria.

Pero las cifras señalan que debe existir cautela en el cuartel triunfador. Lula ganó la segunda vuelta con el 50.9 por ciento de votos, 1.8 puntos porcentuales más que el 49.1 por ciento de Bolsonaro, con una participación alta de 79.42 por ciento, pero 1.7 millones de votos en blanco, mientras que la diferencia entre los dos contendientes fue de 2.1 millones, es decir, una diferencia escasa y potencialmente inestable.

En consecuencia, la jugada de ir acompañado de Alckmin funcionó, pero en las decisiones de gobierno Lula tendrá que cuidar no rebasar los límites que ese centrismo le impone.

Otro límite es el Congreso de Brasil, pues en la primera vuelta a principios de octubre, se tiñó de derecha y bolsonarismo. El Partido Liberal del saliente mandatario, ganó el mayor número de diputados y senadores, además de que el conjunto de curules y escaños quedó repartido en el conjunto de 30 partidos participantes.

No se duda de la capacidad de negociación y convencimiento de Lula y su equipo, pero de entrada debe de reconocerse que será una tarea complicada que demandará tiempo, lo que sin lugar a dudas frenará para el cumplimiento de la agenda del presidente electo.

Por lo pronto se espera que al menos en el papel, se indique qué significa aumentar el impuesto a quienes ganen más, y se señale cómo piensa pasar en el Congreso la propuesta de reducir impuestos a quienes obtengan menos de cinco salarios mínimos brasileños, es decir, poco más de mil 100 dólares al mes, entre otras propuestas.

Y también, desde luego, conocer los nombres de quienes integrarán su gabinete, pues será una orientación de por dónde y cómo piensa Lula gobernar en esta su tercera oportunidad.

Por lo pronto el próximo mandatario brasileño dio una señal contraria a la conducta que caracterizó a Bolsonaro, al aceptar la invitación para viajar a Egipto y acudir a la Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP27) la próxima semana, donde podría anunciar no solo que Brasil aumenta sus metas en el tema, sino también quien lo acompañará en el ministerio de Medio Ambiente

De salida: La COP27 a la que acudirá Lula y en total unos 90 jefes de Estado de todo el mundo, mantiene la pretensión de reducir el calentamiento global en dos grados centígrados, una meta ya fracasada antes del año fijado para lograrla, pues para 2030 se espera que las emisiones responsables de ese calentamiento, sean superiores a las de 2010. Y la conservación de selvas como la del Amazonas, es fundamental para ese lograr ese objetivo, por lo que la presencia de Lula es una buena señal.

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