A casi dos años del regreso al poder en Afganistán del grupo fundamentalista islámico de los talibanes quienes más lo resienten son las mujeres, pues han tenido que desempolvar prácticas olvidadas. Pero, dicen las autoridades, ellas tienen la culpa.
El hecho más reciente ocurrió la primera semana de este mes de julio, al difundirse de manera pública la orden dada en junio para el cierre de los salones de belleza afganos, los cuales tienen hasta el próximo 27 de este mes para bajar sus cortinas.
Es una limitación que se suma a otras más emitidas a partir del 15 de agosto de 2021, cuando el poder regresó a los talibanes tras un acuerdo que retiró a las últimas tropas de Estados Unidos el 30 del mismo mes.
En marzo de 2022 se convirtió en definitivo el cierre que se había dicho sería temporal de las escuelas de educación secundaria para las adolescentes, con afectación para 1.1 millones de niñas mayores de doce años, de acuerdo a la UNESCO.
Sonó así cruelmente lógico, que en diciembre el cierre alcanzara a las universidades, pues sin alumnas preparadas en niveles previos ¿quiénes se inscribirían? Ahora, el nivel máximo al que puede aspirar la población femenina afgana es el de primaria.
Las diversas medidas restrictivas afectan al 49.5 por ciento de la población afgana, es decir, prácticamente la mitad de los poco más de 41 millones de habitantes del país, de acuerdo a cifras del Banco Mundial.
En el contexto de un país que en el último medio siglo fue invadido por la desaparecida URSS y luego por Estados Unidos, sin contar enfrentamientos internos, una pésima noticia es la caída del empleo, que en el caso de las mujeres fue de 25 por ciento en el último trimestre del año pasado en relación al segundo de 2021.
Por su parte, el nivel de empleo entre los hombres también cayó para el mismo periodo, pero en siete por ciento, cifras con datos de la Organización Mundial del Trabajo (OIT).
La oficina de esa entidad en el país islámico no dudó en atribuir esa caída de la participación de la mujer en el mercado laboral, a las restricciones impuestas por los talibanes, apenas aliviadas por el empleo en casa.
Y como para que no quedara duda alguna de que se trataba de las mujeres y no de los empleadores, en diciembre pasado el gobierno de los talibanes prohibió a las mujeres trabajar en organizaciones no gubernamentales de ese país o internacionales, restricción que el pasado abril amplió a las entidades de Naciones Unidas.
En diciembre anterior, el sitio noticioso indio NDTV publicó un despacho de una agencia de noticias francesa que lo explica todo: las culpables de las prohibiciones educativas son las mujeres y sus guardianes, los hombres de su casa.
Neda Mohammad Nadeem, ministro de Educación Superior afgano, explicó que las mujeres afganas han violado las instrucciones islámicas sobre la vestimenta, acerca de usar la hijab, que les cubre todo el cuerpo, y en su lugar se visten como si fueran a una boda.
Además, tampoco acataron la orden de viajar solo si son acompañadas por un hombre.
También influyó la consideración de que algunas carrereas como la Ingeniería o las referidas a la agricultura, no atienden a la dignidad y el honor propio de las mujeres.
Diversas voces en países islámicos cuestionan las medidas de los talibanes y señalan que en el Corán no existen disposiciones como las aplicadas en Afganistán, mientras muchas feministas ven que el tradicionalismo regresó a suelo afgano en su forma más agresiva: la del machismo que solo acepta a mujeres obedientes y dominadas.
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