Por Alejandro Ordóñez

Primer día. Ha caído la noche, estamos trabajando en el despacho mi colega Mireille, mi compañero Pierre y yo. Nos urge terminar un reporte solicitado por el jefe.

Media noche. Un vehículo militar advierte por altavoz que se ha decretado alarma sanitaria para contener a la temida peste mortal, nos encontramos en estado de sitio y nadie podrá salir a la calle pues dispararán a matar contra quien infrinja la regla.

Día dos, madrugada. Hemos terminado y enviado el trabajo por internet a nuestro jefe. Ignorando las instrucciones de los carabineros Mireille ha abierto la puerta con intención de marcharse a su casa, mas tan pronto como lo hizo sonaron las metralletas y demás armas de alto poder, por poco le vuelan la cabeza.

Medio día. Los vehículos de los carabineros patrullan las calles. El jefe ha hablado por teléfono, para tranquilizarnos y no entremos en desesperación nos ha encomendado un sinfín de tareas. Difícilmente terminaremos antes de cuarenta días. Deberíamos exigir el pago de tiempo extra, opina Pierre.

Noche. Estamos extenuados, pero vamos avanzando con las encomiendas recibidas. Los sándwiches y demás golosinas traídas de casa, para engañar el hambre, se han terminado.
Día tres. Seguimos trabajando, nos estamos hartando con tantos asuntos asignados por teléfono. Moríamos de hambre, decidimos asaltar la máquina expendedora de pastelitos y botanas. El jefe se niega a pagar horas extras, si estamos aquí no es por su culpa, afirma. Durante la noche se escucharon silbatazos, ecos de apresurados pasos y luego los disparos de armas de alto poder. Suponemos, habrán matado cuando menos a uno.

Día cuatro. El jefe afirma no estar obligado a pagarnos el sueldo porque estamos en situación de emergencia y la ley lo protege, nos urge a terminar las tareas encomendadas, bajo amenaza de corrernos si no cumplimos.

Noche. En un acto típicamente revolucionario hemos tomado por asalto y expropiado la surtida despensa del comedor del jefe. Los balazos se escuchan intermitentes. Brindemos antes de dormir -propongo-, levantando mi taza de café. ¿Por qué brindamos?, pregunta la inocente Mireille, porque triunfe la revolución contesta eufórico, Pierre. Y en ese despacho donde se da la más inhumana expoliación y explotación de la clase trabajadora, se escucha la consigna: Hasta la victoria, siempre.

Día cinco. Hemos decidido suspender el trabajo, además borramos toda la información del servidor. Mireille logró violentar la puerta de la cava del jefe, nos ha sorprendido la cantidad de vinos y licores que contiene, así como la enorme colección de películas porno.

Madrugada. Después de ver tres películas xxxxx y de ingerir tres botellas del famoso Chateau Mouton, cosecha 1945 -a decir de Pierre tienen un valor aproximado de veintitrés mil dólares, cada una-, Mireille puso música romántica, bajó la intensidad de las lámparas y se empecinó en bailar muy apretaditos los tres juntos.

Día seis. Ahora sólo han sido dos botellas de Chateau Mouton. El vino tinto me excita, me vuelve loca, atrevida, dice Mireille. Insiste en un ménage-à-trois, Pierre y yo nos vemos apenados.

Día diez. Mireille, avergonzada de lo que estábamos haciendo se quitó la vida.

Día quince. Pierre y yo, avergonzados de lo que hacíamos decidimos enterrar a Mireille en el jardín.

Día treinta. Pierre y yo, avergonzados de lo que veníamos haciendo, decidimos desenterrar a Mireille.

Día cuarenta. Hoy a la media noche finalizará el toque de queda, nos invade la nostalgia, no hemos logrado concluir con las reservas del jefe, quedan dos botellas de Chateau Mouton y tendremos que decirle adiós… a la fogosa Mireille.