Por Dr. Everardo Chiapa Aguillón*
*Posdoctorante en El Colegio del Estado de Hidalgo
Desde la economía convencional, dice Dan Ariely en su obra Predictably Irrational (Previsiblemente Irracional), el supuesto de ser racionales implica que, en la vida cotidiana, calculamos el valor de todas las opciones que enfrentamos y luego seguimos el mejor camino de acción posible. Sin embargo, siguiendo al autor, somos mucho menos racionales que lo que asume la teoría económica; no se diga para tomar decisiones sobre políticas de movilidad en la capital del estado de Hidalgo.
Sea por luchas banales entre la progresía que pretende abanderar la agenda del desarrollo sustentable o porque el hype antimotor ha cobrado fuerza con el paso del tiempo, la creatividad en torno a la movilidad urbana no ha pasado de propuestas más que para contar con más infraestructura ciclista. De pronto, el uso de la bicicleta se vio como la panacea a la movilidad, de modo que el uso de vehículos motorizados particulares es visto como un sacrilegio, aun a sabiendas de que la actividad económica no anda necesariamente en dos ruedas. Sí, el uso de la bicicleta tiene sus ventajas, pero la compra de la idea de que la oferta de más ciclovías creará su propia demanda les resultó muy barata a algunos gobiernos. El afán de tener infraestructura de primer mundo, pero hábitos y necesidades insatisfechas propias de un profundo sur global, es algo que define en buena medida la realidad de Pachuca y el proyecto Polígono de la Movilidad Sustentable, que consiste básicamente en la construcción de una ciclovía.
Lo anterior no debe sobre leerse como una detracción de la sustentabilidad o del gobierno (que vaya que si la opinión pública no se alineaba con el discurso gubernamental se nos tachaba de detractores), sino como un llamado a la reflexión de las decisiones que no apuntan siquiera a un éxito parcial. Al tiempo que se intentan imponer proyectos de ciclovías como una solución a las necesidades de traslado de la población, seguimos padeciendo de nuestras propias conductas en escenarios que rayan en lo surrealista: peatones que ceden el paso al auto, operadores del transporte público empoderados en sus antros móviles o conductores que encuentran en las banquetas un buen estacionamiento.
En el fondo, la cuestión radica en si acaso la habilitación de más infraestructura (sea para las bicicletas o para los vehículos motorizados) es lo primordial, prioritario y urgente para Pachuca. Y, aun así, nos queda por resolver la pregunta sobre cuáles serían las condiciones necesarias que posibilitarían en mayor medida el éxito de una política de movilidad basada en un circuito de ciclovías.
No es que sea indeseable contar con infraestructura que facilite la movilidad no motorizada (es de hecho necesaria), sino que se trabaje en las condiciones que faciliten su funcionamiento o siquiera su socialización. Sin embargo, lo intangible suele valuarse en menor cuantía que lo palpable y lo que deja evidencia de que la autoridad actuó para atender un problema; a veces, incluso, sin llegar a materializarse. Basta con el anuncio de una nueva medida (que no necesariamente de política), como la construcción de un carril confinado para bicicletas, para entonces asumir que la ciudadanía se encontrará satisfecha sea cual sea el resultado. Así, pues, no importa la educación vial, el conocimiento de los reglamentos, saber si el uso del auto particular es suficientemente elástico (vamos, que sea susceptible de sustitución por otro medio de transporte) como para no dejar en desuso la vialidad ciclista, ni nada que nos exija corresponsabilidades; importará lo mucho que se perciba la intervención del espacio público así sea funcional o no.
A pesar de que “¿quién?”, “¿cómo?” y “¿por qué?” sean preguntas que pudieran resultar sumamente básicas, su respuesta es necesaria para encontrar lógica en la actuación gubernamental. Si bien el enfoque de políticas públicas hace sentido en el análisis de las decisiones que toman los gobiernos, a veces no es suficiente solamente remitirnos a la teoría más primaria, invocando el cumplimiento de una serie de fases bautizada como “ciclo de políticas”. Lo más sencillo sería realizar análisis siempre en retrospectiva, aludiendo a definiciones citadas y recitadas, y concluir que una política no sirvió, reprobando aquello que se hubiera previsto como solución a un problema público. Pecamos de replicar al unísono el deseo de contar con “mejores políticas públicas”, pero titubeamos ante la complejidad que yace en el diseño y la previsión de intervenciones orquestadas por los gobiernos, que contribuyan a cambiar una situación desfavorable en un escenario próspero.
No es que se desdeñe la utilidad del enfoque, sino, por el contrario, es preciso enfatizar su importancia toda vez que demanda un ejercicio intelectual complejo de quienes toman decisiones. Lo difícil es lograr tiros de precisión, anticipando el éxito y depurando el proceso de política de todo elemento causante de ruido.
En el caso de la infraestructura pachuqueña, el amague de la construcción de una ciclovía pudo no haber suscitado protestas en forma de bloqueos de una de las principales avenidas de la ciudad por parte de algunos locatarios, apenas en el mes de agosto, de haberse socializado y discutido en su debido momento. Pero la lógica en el curso que siguen ese tipo de medidas suele carecer de prudencia, ya que son pensadas en la inmediatez (muy corto plazo), dejando en incertidumbre el futuro de una obra tras la fanfarria de su inauguración.
Entre la creencia de que la decisión no encontraría resistencia y de que los diálogos con la comunidad podrían darse ex post al diseño, se gestó una combinación peligrosa de ingenuidad y soberbia. La mayor dificultad para fines de alcanzar el éxito de una política puede estar en la inflexibilidad de los gobiernos por reconocer cuando no han tomado las mejores decisiones y aun así buscan reconocimiento por ello; y es que si algo sale bien reclamarán crédito por ello, pero si algo falla evitarán señalamientos y culparán a alguien más del fracaso. Debe advertirse, empero, que los gobiernos no son entes racionales en sí mismos, sino grupos de individuos que frecuentemente operan cohesionados bajo una lógica de pensamiento único y otros vicios que resultan en el autoengaño, lo que los vuelve propensos a fallar.
Lo que ha pasado recientemente con el proyecto Polígono de la Movilidad Sustentable, que pretende ser una red de ciclovías en Pachuca, es tan solo una muestra que nos ofrece el contexto local para valorar la utilidad que tiene el estudio de las decisiones de política pública desde enfoques conductuales, más allá de forzar y estirar la literatura clásica. No es para nada sencillo descifrar la estructura decisional de los individuos que intervienen en la configuración de la política de movilidad, pero justo esa complejidad es lo que la vuelve un atractivo objeto de estudio, a la vez que desafía al analista de políticas a moverse a diferentes enfoques.
La racionalidad de la decisión, la unicidad de pensamiento al interior de las organizaciones públicas, el reclamo de crédito y la evasión de culpas no son temas menores al analizar una política pública. La lección de la experiencia con el proyecto de ciclovías en Pachuca es el reconocimiento de otras visiones sobre problemas que hemos dejado pasar muy por alto. No se trata de temas de discusión exclusiva al interior de la administración pública, sino de asuntos que trascienden en acciones y reacciones desde la ciudadanía. Lamentablemente, la posición de hacedor de políticas no siempre viene dotada de las mejores capacidades; en cambio, puede ser previsible y exageradamente irracional.
*Dr. Everardo Chiapa Aguillón
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