Por: Dr. José Iván Ramírez Avilés
Los saberes técnicos y las prácticas tradicionales son parte indisociable de los valores culturales de diferentes formaciones sociales; constituyen recursos productivos para la conservación de la naturaleza y capacidades propias para la autogestión de los recursos de cada comunidad. De esta manera satisfacen sus necesidades básicas y orientan su desarrollo dentro de estilos étnicos y formas diversas de significación cultural.
Enrique Leff (1998). Saber ambiental, sustentabilidad, racionalidad y poder
Cuando se piensa en desigualdades y pobreza, lo más recurrente es encontrar explicaciones que basan la desigualdad en factores exclusivamente económicos y, ciertamente, el indicador económico expresado generalmente en Producto Interno Bruto, no deja de ser importante para ubicarse incluso en una localización geográfica con mejores oportunidades. Sin embargo, también podemos visibilizar otro tipo de dimensiones o capitales por igual importantes además del capital económico; el capital cultural, el capital social e incluso el capital natural, son hoy en día (sobre todo frente a constantes variaciones climáticas) indispensables.
Es precisamente en este tipo de capitales y entrecruces de recursos, en los que el agua como recurso, es vital no solo como elemento biológico, sino como un recurso inherente a sistemas sociales y urbanos y que también expresa en su distribución y gestión, vastas desigualdades territoriales en las que la población vulnerable suele ser la más afectada.
Es en este punto y frente al cambio climático, cuando echamos un vistazo en otras latitudes, podemos escuchar términos interesantes como el de “La segregación líquida” (El país, 2015) en este caso situando una problemática en Kenia (África oriental) en la que se relata el caso de Mercy, una persona que hace “cola para llenar una garrafa de 20 litros delante de un cajero automático que suministra agua”, señalando la imperante desigualdad hídrica que se acentúa frente a la desigualdad económica de aquel país, en la que los pobres, viven otro tipo de situación, más caótica, frente a los cambios climáticos, situaciones, en fin, que no podemos pensar exclusivas consecuencias de un cambio climático.
Nada es meramente ambiental, mucho menos solo biológico, ya que frente esta aparente condición que ya se puso de moda asociarse a un “cambio climático global” se asocian factores de discriminación, de racismo y de reproducción de la pobreza, acentuados en población más vulnerable de las regiones, no solo del planeta, sino al interior de las naciones e incluso basada en estigmas raciales.
En el caso de Kenia, se comienzan a señalar estas desigualdades, interpretadas en una marcada segregación, entre los que tienen y los que no tienen: los que tienen acceso (si les va bien) a unos 15 litros al día, posterior al gasto en tiempo y recurso económico junto a un cajero económico; frente a “los que tienen”, las personas acomodadas económica y socialmente que disponen de más litros de agua al día, para regar amplios jardines o lavar autos, por ejemplo, o grandes empresas que, no solo consumen, sino que también contaminan millones de litros de agua al día.
Por lo tanto, vale la pena reflexionar qué tanto la crisis hídrica es una parte derivada de los fenómenos climáticos ya tan recurrentes, como derivada también de factores sociales inherentemente humanos. Una realidad que se puede percibir distante es, no obstante, más cercana de lo que podemos imaginar, y es una preocupación latente que se puede agudizar mientras nos acercamos a un 2030, marcado por unos Objetivos del Desarrollo Sustentable socavados por pandemias y crisis ambientales, totalmente antropogénicas.
Como en Kenia, podemos avistar ya la total privatización del recurso hídrico, con la justificación de mejoras, de aplicaciones tecnológicas que optimizan la calidad del agua, el acceso, abaratamiento y distribución, y en casos en los que la mayor parte de los habitantes de bajos recursos han terminado comprando agua a revendedores y en la que los residentes de barrios informales y de ingresos bajos gastan una mayor cantidad de sus ingresos reales y además se les vulnera a una mayor dependencia hacia intermediarios o empresas privadas; el aumento en el consumo de agua embotellada (con su correspondiente impacto ambiental).
En el caso de México, la pobreza y la desigualdad también tienen una faceta hídrica, la cual se relaciona no solo con el acceso al agua entubada en una vivienda o abastecimiento a una red de agua potable pública, sino que es necesario reflexionar que el recurso hídrico también se convierte en un capital territorial para gran parte de las poblaciones. Es un capital no solo natural, sino social y cultural, al ser parte de la identidad y cosmovisión de muchas culturas y pueblos. Si embargo, lamentablemente los múltiples esquemas de pobreza se entrecruzan y agravan con la intensa deficiencia al recurso hídrico. De acuerdo a diversas investigaciones, entre ellas las realizadas en el Centro de Investigación en Alimentación y Desarrollo (CIAD, mayo 2023) se marcan incluso contraposiciones interesantes, una de ellas es que las regiones con mayor pobreza también poseen una prevalencia de pobreza hídrica mayor, pese a que en estas regiones suelen tener ecosistemas ricos y mayor cantidad de agua renovable.
Agregaría, a su vez, que paradójicamente estas regiones son las que sufren también intensos esquemas de extractivismo no solo cultural sino de sus recursos naturales.
En este sentido, el recurso hídrico tiene diferentes racionalidades que es necesario comprender, lejos del abasto o acceso a infraestructura hídrica, también implica otro tipo de saberes, de capitales. En Saber ambiental, sustentabilidad, racionalidad y poder, Enrique Leff (1998) discutía ya sobre los diferentes elementos y posturas criticas que se tenían que asumir en torno al tema de la racionalidad ambiental. Se manifestaba que la racionalidad ambiental no puede definirse tan sólo en términos de su racionalidad sustantiva (la cual subordina la realidad a los valores), sino que debe fundarse en procesos materiales que dan soporte a los valores cualitativos que orientan la reconstrucción de la realidad y de nuevos estilos de desarrollo. En este sentido, me parece importante reconsiderar hacia qué punto estamos llevando el abordaje de los problemas hídricos, ¿realmente comprendemos la magnitud del problema regional al que nos enfrentamos? Si bien la pobreza es hídrica, no considero que entendamos aún en las políticas y programas públicos, la magnitud de este tipo de recursos, ¿les estamos asignando solo un valor monetario? O ¿hasta qué punto hemos logrado vislumbrar su importancia e impactos a nivel cultural y social?
Por estas consideraciones es importante retroceder un poco, realizar el esfuerzo de discutir estas problemáticas en torno al agua, en todas sus variantes. Al respecto, existe una teoría crítica de la ecología que ha marcado diferentes abordajes que vale la pena recordar, en los que lo ambiental no solamente es un tema tecnológico o de ingeniería, sino la combinación de diferentes saberes, entre estos el cultural y social. Para hablar sobre todo de la naturaleza antropogénica, del impacto de las actividades humanas, sociales y económicas, en particular, más que el crecimiento demográfico y el grado de urbanización, nos referimos a los modos de consumo que ocupan los modelos hegemónicos de producción, en el uso de suelo y contaminación y su repercusión en el agravamiento de la pobreza.
Es necesario pensar que la relación ecosistémica y humana con el recurso hídrico tiene más significados, desde sus usos, su practicidad y utilidad, hasta llegar a ser para algunos actores una mera mercancía, pero también tiene distintos interpretaciones simbólicas y de vida para la población, porque de esa forma algunas prácticas cotidianas le dan un sustento incluso histórico, de conexión territorial intergeneracional y, por lo tanto de cuidado o protección y vinculación con sus ecosistemas, lo cual se




















