Para todas las víctimas de los totalitarismos
Caía la noche en aquel gélido invierno. La actividad en la estación de los ferrocarriles era febril. En un andén nos aglomerábamos los considerados seres inferiores, aguardando el momento de abordar el tren que habría de llevarnos al exilio. Después de una vida de trabajo, de haber contribuido con nuestro esfuerzo al progreso de la nación éramos echados, deportados por un gobierno que veía en nosotros un peligro para la raza blanca. Estábamos ahí gente de todos colores, de todas las etnias, edades y sexos, alineados en interminables filas: preocupadas madres -con sus bebés en brazos- niños, ancianos, mujeres y hombres jóvenes y maduros; todos temerosos, aunque con un dejo de esperanza intercambiábamos en voz baja datos de familiares que vivían en el extranjero, a los que podrían dar cuenta de nuestro destino. Los militares -armados con metralletas-, cuidaban el orden. Aquellos murmullos sólo eran interrumpidos cuando los comandantes pasaban frente a su tropa, la soldadesca se cuadraba, golpeaba los talones de sus gruesas botas, llevaba un brazo al frente y con voz estentórea gritaba ¡Heil! y ¡Heil! contestaban aquéllos, en ese ritual que tenía algo de siniestro.
Habíamos sido sometidos a todo tipo de vejaciones, primero el Estado totalitario nos declaró amenaza para su raza; después, cuando comenzó la guerra nos acusó de ser espías, saboteadores al servicio del enemigo. Fueron por nosotros, a punta de fusil nos sacaron de nuestras casas y en camiones del ejército nos concentraron en barrios apartados a los que la comunidad bautizó con el nombre de ghettos; nos hicieron construir altas murallas para que nadie escapara y otorgaron salvoconductos a las personas que comprobaron tener un trabajo, en el entendido de que podrían salir por las mañanas pero deberían volver antes de la noche, aunque cuando empezaron las deserciones cancelaron dichos documentos. Negociaron nuestra libertad con los líderes del ghetto, a cambio de cuantiosos rescates, con la condición de que aceptáramos la deportación y cediéramos nuestros bienes al Estado. Hubo quienes, ante la preocupación de ser excluidos de esas listas hicieron cuantiosas transferencias de los caudales que mantenían en el extranjero. Ahora estábamos a punto de abandonar ese país de pesadilla, pero el miedo no nos dejaba y es que un rumor había tomado fuerza: En el noroeste del territorio había campos de trabajos forzados y de exterminio donde gaseaban a los que no podían trabajar y los cremaban. La inquietud aumentaba y no faltaba quién preguntara qué confianza podríamos tener frente a ese gobierno.
Nos habían asignado un vagón de carga porque en aquel convoy no había de pasajeros, cuando la alarma antiaérea empezó a sonar los soldados cortaron cartucho, amenazantes nos ordenaron tirarnos al suelo y permanecer inmóviles. Algunos jóvenes creyeron llegada su oportunidad de escapar así que corrieron en varias direcciones, tratando de aprovechar la oscuridad que prevalecía en la estación a partir de que sonó la alarma. Soltaron los pastores alemanes entrenados para despedazar y matar a los reos, en aquella noche interminable nos conmovieron y aterrorizaron los ladridos y gruñidos de las fieras y los ayes de dolor de los agonizantes; los que intentaron ganar la salida tuvieron mejor suerte, la metralla los mató instantáneamente. Para entonces el rugido de los aviones era ensordecedor y las explosiones de las baterías antiaéreas y de las bombas que caían a pocos metros de donde estábamos nos sobrecogían.
Se hizo el silencio, volvió la luz, las cosas regresaron a la normalidad, pero nadie se movía. La voz grosera del teniente nos hizo reaccionar, subimos a bordo. El tren inició el viaje. Nos organizamos para pasar lo mejor posible el largo trayecto. Dejamos un extremo para las madres y sus hijos, otro espacio para los ancianos, luego las mujeres y hacinados en el otro extremo del vagón, los hombres. Nevaba y la fría lámina del vagón lo convertía en un enorme refrigerador. Reunimos los alimentos que llevábamos y los cedimos para las mujeres y los niños. Organizamos un pequeño conciliábulo en el que una voz anónima manifestó su preocupación. Vamos hacia el noroeste, dijo señalando su brújula, nos han engañado. Si no me equivoco nos llevan a los campos de concentración. Decidimos guardar el secreto pero a poco los gritos de terror y el llanto de las mujeres eran sobrecogedores. Teníamos que escapar, pero cómo, las puertas eran de gruesa lámina y las pequeñas ventanas estaban protegidas por barrotes de acero. Oscurecía cuando el ferrocarril interrumpió su marcha, nevaba copiosamente, la puerta del vagón se abrió violenta, unos guardias entraron, nos seleccionaron a algunos y nos hicieron caminar hasta el frente del ferrocarril, nos dieron palas y siempre vigilados por agresivos perros y metralletas paleamos la nieve que impedía el paso de la locomotora. Estábamos en medio de la nada, rodeados por extensos bosques de pinos, no se veía luz ni casa alguna en los alrededores. Volvimos al vagón a punto de congelarnos, el tren reanudó su marcha. Nuevamente nos reunimos, no podíamos huir, necesitaríamos una palanca para forzar la puerta o una segueta para cortar los barrotes, pero aun suponiendo que lo lográramos, sólo los hombres más hábiles sobrevivirían, me conmovieron esas madres que amamantaban a sus hijos, esas jóvenes que trataban de mantener la calma y hacían lo posible por entretener a los niños mientras los ancianos rezaban y en ese microcosmos se mezclaban las plegarias a los dioses de todos los credos de la tierra.
Dicen que el enemigo desembarcó en el continente, será cosa de semanas para que termine la guerra. Para cuando eso ocurra ya estaremos muertos ¿Estás seguro que no nos llevan a la frontera?, preguntó alguien. Sí, se oyó una voz, vamos rumbo al noroeste, hacia los campos de exterminio, la brújula no miente y el clima ha cambiado drásticamente, si estuviéramos en el sur la temperatura sería otra, pero lo peor que podemos hacer es que esta gente pierda la esperanza, mantengámonos serenos hasta el fin. Poco después, en plena nevada, llegamos a una pequeña ciudad, nos detuvimos en la entrada de la estación del ferrocarril, un fuerte viento mecía un letrero hecho con madera:
“Bienvenidos a Jacksonville, Oregon”
Ciudad de México, enero de 2025.


















