Vivo en un club campestre de golf, las casas cuentan con grandes ventanales que dan hacia los fairways y a un riachuelo; no obstante, hay una casa cuyas diminutas ventanas, más propias de un convento, hacen pensar que sus dueños son indiferentes a la naturaleza, pues sólo un cuarto de la planta alta luce un gran ventanal. La habitan una mujer y dos jóvenes. No conozco a la señora, jamás se asoma a la ventana o sale al jardín, dicen que tiene un tumor cerebral y no soporta la luz ni el ruido, por eso la casa parece bunker. Maurice -el hijo joven- es hosco, huraño, incapaz de socializar. La muchacha, de nombre Solange, es sensualmente perturbadora: delgada, alta, tez blanca, quizás fuera mejor decir pálida, como si convaleciese de una enfermedad. Sus ojos de fiera salvaje son profundos y encendidos, de ojeras pronunciadas y largo cuello, rasgos finos y lacia cabellera negra que llega hasta sus hombros. Durante el día la casa luce deshabitada, pero por la noche cobra vida. A través de las ventanitas les veo fugazmente y cuando me siento al piano a tocar piezas de Chopin o Liszt la joven sube a su habitación, corre las cortinas y se para junto al ventanal; desde aquí la veo perderse al embrujo de la música. Me inquieta verla salir del baño cubierta solo con una toalla. Se sienta, descubre su cuerpo y seca el cabello, baja a los pechos, sigue por su delgado vientre y las torneadas caderas sin que parezca importarle que la mire. Al principio, para no ofenderla, al verla desnuda apagaba la luz y salía del cuarto, pero una rara sensación recorría mi cuerpo, se me secaba la boca y me alteraba el pulso, así que cada noche regresé, sin prender la luz para no incomodarla, preguntándome si sabría que la espiaba y si mi intromisión le molestaba, le producía placer o era parte de un juego.
Llegó el invierno y las fieras hambrientas bajaron de las montañas; a orillas del riachuelo aparecieron animales muertos que por ahí deambulaban: mapaches y conejos; más tarde gatos y perros. Culparon a los coyotes, pero concluyeron que eran los temibles lobos. Habremos de ser cautos, dijeron, porque una manada hambrienta sería capaz de atacarnos. Descubrieron cadáveres de campesinos en inhóspitas cuevas. Luego desaparecieron colonos del club de golf; corrieron rumores descabellados, lúgubres, inverosímiles, alimentados por un detalle que se repetía: sus cadáveres estaban gravemente heridos en el cuello. Organizaron batidas, tomaron las armas y se internaron por intrincados bosques en busca de los lobos y aunque hallaron a algunos famélicos, estaban en condición tan deplorable que, concluyeron, eran inocentes y los dejaron ir por respeto al equilibrio ecológico.
Regresó la primavera, vientos templados recorrieron la comarca, se olvidaron las consejas urdidas al pie de las chimeneas, -al calor de algunas copas de brandy-. Los cadáveres quedaron atrás, los vecinos volvieron al golf; yo a mis caminatas vespertinas, en las cuales recogía flores de manzanilla y hojas de yerbabuena y anís o las olorosas flores del cestrum nocturnum, llamadas “huele de noche”, pues sus campánulas perfuman las nocturnales. Un anochecer, al pasear a orillas del riachuelo sentí que alguien me observaba oculto entre los pinos. Percibí un aroma de “huele de noche”. Oí ruidos; sin precisar su origen recordé los cuerpos sin vida del invierno pasado. Brinqué al verla. Sus albas zapatillas desafiaban el barro del camino y el vestido blanco ondeaba al viento. A la luz de la luna conversamos del romanticismo y de Chopin. Sabía todo sobre él. Conocía detalles tan íntimos, como si hubieran cohabitado largo tiempo. ¿Sabía usted, me dijo, que cuando se conocieron George Sand preguntó a madame Marliani si el señor Chopin era una niña? ¿Y al salir de la reunión Frédéric preguntó a Ferdinand Hiller si George era mujer, porque lo dudaba? ¿O que fue Sand quien cortejó a Chopin y éste se comportó como dama; y que ya viviendo juntos difícilmente la tocaba? Claro, me refiero a… bueno, usted sabe de lo que hablo. Y era tanta la pasión con que se refería al genio que parecía haber compartido con él otra vida. Pregunté si creía en la reencarnación. Contestó: ¡No!; además, ¿Quién quiere varias vidas si existe la inmortalidad? Sí, dije, como Chopin, quien vivirá por siempre. No, me dijo, pudo hacerlo pero le dio miedo y lo rechazó. Si en treinta y nueve años produjo una obra memorable, ¿se imagina lo que habría compuesto a lo largo de… trescientos años? Bueno, dije, quién puede vivir tanto; además, en esa época la tuberculosis era mortal. No, contestó, pudo evitarse el sufrimiento porque su enfermedad fue producto de la anemia y ésta se debió a que era sangrado cada noche, ¿comprende? Recogió su falda y extendió la mano. Amanecía, emprendimos el regreso y nos despedimos en el jardín de su casa.
Se hicieron costumbre las caminatas nocturnas. Creció la amistad. Me regaló un legajo con partituras muy antiguas. Son bocetos para obras mayores, dijo; tenga, gánese la inmortalidad, corríjalas, componga variaciones sobre ellas. Al tocarlas en mi piano no salía del asombro, eran impromptus, nocturnos, valses, mazurcas, polonesas. Era como si Chopin hubiera resucitado e interpretara al piano viejas composiciones suyas. Transcurrió el tiempo, llegó el amor. Me habitué al olor de las flores que trenza en su cabello, a su piel helada, a su aliento cálido y blanca dentadura; a ese extraño halo de misterio que la rodea, a su mente posesiva y fría; y aunque en nuestros encuentros campeaba la pasión y las caricias eran cada vez más atrevidas, supe que nunca sería mía, a no ser que la convenciera para compartir conmigo el secreto con que se cubría.
Algunas noches ocurren cosas extrañas, como si una presencia me vigilara mientras duermo. Las cortinas se mueven por el viento, a pesar de las ventanas cerradas y un olor a flores penetra por la terraza. Despierto agitado. Inmóvil, aguardo una señal que delate esa presencia. Se oye un rumor que va in crescendo, las melodías estudiadas durante el día se repiten; y ahí están las escalas, las variaciones, los acordes que habrá imaginado Chopin y que por incapacidad no logro descubrir. Trato de levantarme para investigar quién toca el piano, pero el miedo me lo impide. Comprendo que algo anormal ocurre y entro en pánico porque escapa al raciocinio. Incapaz de discernir si lo que escucho es verdad o es una trampa de mis sentidos y la música suena sólo en mis adentros cubro mi cabeza con la almohada y espero la llegada del día para sentarme al piano y buscar las notas tocadas por las musas durante la noche.
En la mañana analizo lo ocurrido, concluyo que no es la vida que deseo, hay algo insano en torno a ella; su amor es perverso y sus actitudes rayan en lo maligno; detesto su don para adivinar y controlarme. Decido terminar esa relación destructiva; abandono los paseos nocturnos y cierro las cortinas del cuarto para no verla, pero la pasión es ardiente; me levanto de madrugada, toco en el piano las piezas que he compuesto y me cubre una nube de perfume; abro las cortinas y ahí está, tras su ventana, desnuda, con cabello y pechos húmedos, con gesto de pasión me llama. Incapaz de soportar su ausencia me dirijo al río con la certeza de hallarla, la cubro con mis besos y la aprieto a mí mientras ella me muerde con desesperación hombros y cuello, levanta mi camisa, recorre con sus agudas uñas mi espalda; luego su lengua rasposa va libando las leves gotas de sangre que dejan sus araños. En esos momentos la deseo y es tan grande mi necesidad de ella que estoy dispuesto a pagar el precio por poseerla: la muerte o el sufrimiento atroz de la vida eterna si es preciso -le digo-, a condición de estar siempre a su lado. Ella me mira, suspira, esboza una sonrisa y calla. Esta noche, contrario a su costumbre, se ha puesto un negligé de encaje blanco y se ha arreglado como lo haría una novia en la noche de bodas; yo, aunque no sea necesario, he dejado abierta la terraza y la partitura del Vals Tristissimo sobre el piano, pues sé que vendrá, la traerá una ráfaga de viento, estoy seguro…
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Nota del autor:
A nadie le consta que Chopin haya sido víctima de vampiro alguno y si bien los personajes del cuento Maurice y Solange se llaman igual que los hijos de George Sand, no podríamos afirmar que sean los mismos, aunque tenemos que reconocer que entre Solange y Chopin hubo afecto.