Cada mañana, Juan sale de su casa acompañado por dos galgos. Cruza la plaza y se sienta siempre en el mismo banco hasta que el sol entibia su cabeza. Los perros husmean a diestra y siniestra con el andar rápido, primero porque aprovechan el espacio para la carrera; luego, la fatiga y la vejez derrumban las figuras, que caen exhaustas hasta llegar a la modorra del sueño junto a los pies de Juan. El hombre acaricia con amor la cabeza de cada uno con paternal afecto mientras el corazón le palpita acelerado.
Los pensamientos recuperan el pasado, a ese ayer enigmático e incomprensible y tal vez, añorado.
San Lorenzo a orillas del río Paraná, hasta allí se dirigía todas las mañanas, mientras buscaba un rincón distinto, cada día. Encuadraba espacios que cumplieran con la imagen que deseaba lograr. Llevaba con él, los elementos para pintar. Se acomodaba con tranquilidad, desplegaba la silla, fijaba el caballete y por último, la tela ocupaba su propio e insustituible espacio. Frente a él, el pasto de verdor humedecido, respingaba al rozarse, al ritmo del viento. Las barrancas del Paraná eran asombrosas. El brazo de Juan se tornaba firme al dibujarlas, señoriales y erguidas, semejaban a custodios imperiales y parecían protegerlo. El hombre amaba el paraje. Experimentaba en cada momento diferentes sensaciones y, por ende, cada pintura era única e irrepetible.
En aquél sitio y en la situación de pintar, creyó conocerla. Tenía una figura angelical, endeble y de finura sin igual. Como él, cada mañana, se presentaba en el campo, llevaba a su lado dos galgos. Los dejaba correr, mientras ella se ensimismaba en la escritura, unas veces, otras en la lectura.
Durante un mes, Juan trató, en la distancia, de apropiarse para pintar aquella presencia sin nombre. Preparó el bosquejo de la pintura: ella y el río, barrancas de por medio y los dos galgos postrados a sus pies. El agua, el sol y el cielo jugaban a ser luces y sombras desplegaban sus mezclas en la figura de la mujer que había anclado en el corazón del hombre.
Un día de Marzo, caminó hacia ella y le habló del tiempo, de los galgos, del río y se dio cuenta que ambas miradas se fundían en un arrobo enigmático. A partir de ese día, hablaron muchas veces, de muchas cosas y se amaron otras muchas, por tantas cosas. Azul era su nombre. Todo era casi perfecto, porque los galgos impedían que lo fuera total.
A mediados de Mayo, época de frescos recién nacidos y rosas olvidadas, Azul tomó entre sus manos el rostro de Juan y mirándolo con tristeza, le dijo: “Tengo y debo decirte algo.” “Sí, Azul”, respondió.
— ¿Recuerdas las tantas veces que me preguntaste por qué no me separaba de los galgos?
— Sí, mi amor, porque me inquietan e interrumpen lo que es sólo de ambos.
— Juan, no te sorprendas. Lo que voy a confiarte puede que te confunda, pero en la vida no todo lo que se ve es cierto, ni todo lo que se toca es lo que vemos. Los galgos custodian mi espíritu, el espíritu del amor, del verdadero. Es tan frágil, que ellos cuidan que aquél que lo beba, sienta el verdadero “amor” y no lo quiebre al tomarlo.
— Azul, pero ¿a qué se debe todo esto?
— Se debe a que mi tiempo llega a su fin. Debo entregar en guarda al espíritu del amor a un ser honesto y veraz. Ese eres tú. Contigo he aprendido la ferocidad y la placidez; el arrebato y la calma. Y por sobre todo haber saboreado la plenitud, la madurez de haber sentido el amor en su máxima expresión ¡Te he amado y te amaré por siempre!
— ¡Azul!
Al tiempo que Juan gritaba, Azul caía desfallecida en sus brazos. Ella se fue consumiendo y dejó en las manos de él, un nomeolvides azulino que emanaba fragancia a jazmín. Una fuerza extraordinaria lo guió hacia el camino. El andar del hombre era escoltado por los galgos.
Sentado en el mismo banco, como todas las mañanas, Juan aguarda que el sol entibie su cabeza. Los galgos continúan a su lado oteando la plaza. Pronto llegarán los reemplazos. Azul palpita aún en él. Sabe que debe dejar la guardia ¿a quién? El tiempo se acaba.
Los galgos acostados sobre el piso de la sala, parecen la continuación de una obra de arte. La respiración se torna más lenta y forzada. Los ladridos que se escuchan a lo lejos, desde el camino del río, le avisan que están llegando los reemplazos. La puerta se abre de golpe. Los cachorros concluyen su entrada, parándose frente a los viejos. El adiós, llegó.
La niña que los trae, levanta la mirada y la posa en los ojos de Juan. El eco de la voz de Azul, regresa y dice: “hay muchas maneras de amar”. Las manos de la niña se unen a las de él.
La noche se esfuma entre la niebla. Los pájaros se arrullan en sus nidos. Los pastos desperezan las curvas y hacen de balancines con el rocío luego, amanece.