Por Ricardo del Valle

Todos sabemos (o por lo menos sí la mayoría) que el té de limón con miel es buenísimo para aliviarnos de las vías respiratorias, pero entonces… ¿por qué no lo tomamos?

Así también, todo el mundo sabe que practicar ejercicio es la puerta hacia la salud, pero entonces… ¿por qué no lo hacemos?

En la actualidad, comprendemos perfectamente la importancia y la relación que el ejercicio físico tiene directamente en la vitalidad humana, así que es promovido como una herramienta esencial para la salud y el bienestar. Sin embargo, a pesar de este conocimiento ampliamente difundido, demasiadas personas no logran incorporar el ejercicio en sus vidas de manera constante.

Y es que además de las razones de salud, físicas, sociales o psicológicas, es menester de un servidor, poner en evidencia los obstáculos místicos que nos detienen a realizar alguna actividad física, para que también podamos comprender por qué aunque el movimiento corporal a pesar de ser muy natural y necesario, es en muchísimos casos, tan difícil de integrarlo en nuestra rutina diaria.

Desde una visión espiritual, el desinterés por el ejercicio puede estar relacionado con una desconexión profunda entre el cuerpo y el alma.

Desde el siglo I, ya se sabía la correlación perenne entre una mente sana para así poder tener un cuerpo sano, y fue mediante ésta premisa, como al realizarlo se mantenía un perfecto equilibrio que daba como claro resultado, un evidente SANO estado de salud.

Ahora desde hace unos 50 o 60 años, parece ser que el cuerpo ha sido relegado a convertirse en un objeto de juicio ó de exigencia estética, en lugar de ser valorado como un Templo para nuestra alma.

Así cuando una persona tiene una desconexión en su conciencia, se ve directamente reflejado al NO reconocer el valor sagrado de su cuerpo, propiciándolo a su descuido y a que lo trate desde con indiferencia, hasta maltratándolo con sustancias nocivas y excesos, creando una apatía hacia el movimiento, hacia una sana alimentación y a un descanso reparador.

Otra razón espiritual por la que las personas evitan el ejercicio tiene que ver con la pérdida del SENTIDO DE PROPÓSITO. En la espiritualidad, no solo se trata de mantener el contacto con una Inteligencia Suprema, se debe tener primeramente un propósito o un “para qué”, ya que es esencial para motivar cualquier acción.

Si el ejercicio se ve únicamente como una obligación o un castigo por comer mal, se convierte en una carga más, en lugar de una práctica de AMOR PROPIO.
Desde ésta perspectiva, la falta de ejercicio en nuestras vidas, no es luego entonces por una simple pereza, sino por una clara falta de conexión con nuestra CONCIENCIA por cuidar nuestro cuerpo, que es el vehículo que nos permite vivir, amar, servir y crear.

Además, el ruido mental que constantemente nos ensordece y no nos permite auto escucharnos (alimentado por nuestro trabajo diario, el estrés, el miedo, las preocupaciones tanto propias como familiares, económicas y de salud) también actúa como una auténtica barrera espiritual.

Muchas personas viven atrapadas en sus pensamientos, desconectadas de su respiración, de su sentir y de su propia su presencia. El ejercicio, cuando se hace con CONSCIENCIA, exige habitar el cuerpo, escuchar sus señales, observar sus límites. Esto puede resultar incómodo para quienes temen encontrarse con lo que han evitado sentir. Así, evitar el ejercicio puede ser una forma inconsciente de evitar ése silencio interior donde surgen las VERDADES DEL ALMA, permaneciendo así en una enfermiza zona de confort.

También es importante considerar que el ejercicio requiere tiempo y espacio, dos recursos que muchas personas sienten que no poseen. Sin embargo, esta falta de tiempo, vista de nuevo espiritualmente, suele ser una consecuencia de vivir en automático, de priorizar lo urgente sobre lo esencial.

En realidad, mover el cuerpo no es una pérdida de tiempo, sino una forma de HONRAR LA VIDA, y la incapacidad de darnos ése espacio, refleja una desconexión espiritual con el valor material de escucharnos y por consiguiente, de cuidarnos.

Por último, algunas personas no hacen ejercicio porque tienen la idea de que no son capaces o que no lo merecen. Ésta triste creencia, es profundamente espiritual y nace en la mente por el dolor, la culpa o el abandono emocional.
En estos casos, la falta de ejercicio no es una decisión consciente, sino el reflejo de heridas internas que necesitan ser primeramente sanadas.
Recuperar el amor propio y la autocompasión es entonces el primer paso para recuperar gradualmente nuestra movilidad.

En conclusión, la falta de ejercicio no siempre es una cuestión de falta de voluntad ó incapacidad física, sino muchas (pero muchas) de las veces, obedece a una manifestación espiritual de desequilibrios internos y muy profundos.

Reconectar con el cuerpo y valorarlo como la parte materialmente Sagrada de la que estamos constituidos en éste plano, nos hará encontrar un propósito interno y sanar las heridas que nos han alejado de nosotros mismos, siendo éstos los pasos esenciales para volver al movimiento con ALEGRÍA, AMOR y CONCIENCIA.
Porque cuando el alma está en paz, el cuerpo también quiere danzar.

Shalom