Soy Alejandro, hijo de Olga y de Juan. Olga, la hija del general, formidable indio yaqui alzado, que hiciera la revolución al señor Porfirio. Por eso yo, a diferencia del insigne León Felipe sí puedo cantar que tuve un mi abuelo que ganara una batalla, retratado con una mano cruzada en el pecho y la otra mano en el puño de la espada. Que ganara una y muchas batallas, como la de Celaya, en la que le rompieron el hocico al mismo Villa. Olga, la que nació entre pañales de seda sin imaginar que algún día tendría que luchar con uñas y colmillos para sacar adelante a sus hijos. Y los sacó. Claro que sí. Juan, el hombre de la larga ausencia y corta memoria. Aquél que a pesar de lo que siempre me dijeron, fue gentil, amable y respetuoso con todos. Juan, el artista polifacético, aquél que por modestia o sentido de la realidad declaraba, según consta en el documento que da fe de mi existencia, ser un simple tallador de piedra, igual que en su tiempo lo dijera Miguel Ángel Buonarroti. Juan, con quien vine a hacer las paces años después de su muerte, aunque debo decir que hay algo que nunca podré perdonarle, porque eso de llamarse Juan, tener por apellido Ordóñez y no haber sido torero, joder, qué desperdicio. Pudo haber salido en hombros por la puerta grande de Las Ventas, en Madrid, o en la Real Maestranza de Sevilla, pero acaso tuvo miedo de enfrentar a ese bravo miura que es la vida y prefirió emprender la graciosa huida; por eso yo, que no quise repetir la historia, como dijera Joaquín Sabina, vestido de purísima y oro cuadré al toro en la Plaza de Linares. Soy el niño que disfrutaba a placer sus vacaciones y a la usanza de los cosacos o los guerreros mongoles de Gengis Kan no se apeaba del caballo en todo el día, cabalgaba por entre montes y cañadas y cruzaba caudalosos ríos; soy el infante que soñaba y pedía conducir el prohibidísimo trenecito del aserradero, que transportaba en sus pequeños vagones, pesados tablones que iba distribuyendo en su recorrido según el tipo de madera; así había los de cedro, de caoba, palo de rosa o ceiba, cuyo punto de partida era una enorme sierra más grande que la estatura de un hombre, con la que cortaban gruesos troncos y que en un descuido me habría despedazado fácilmente; así, sólo me quedaba el consuelo de verlo desplazarse sobre sus rieles, entre el chirriar de sus ruedas y los gritos de los trabajadores. Soy el niño que una tarde de verano, cuando el sol no daba tregua, vio a un grupo de indígenas totonacas que remontaban la polvosa cuesta, cargaban sobre los hombros un pequeño ataúd, las mujeres lloraban y se limpiaban el sudor y las lágrimas con sus rebozos, los hombres se turnaban una botella de refino, así llamaban al aguardiente, y unos pasos atrás una banda de pueblo, con instrumentos de aliento y tambora, tocaba una pieza dolorida y triste que sólo años después supe su nombre, “Dios nunca muere”, y ahí quedó esa estampa que habrá de acompañarme hasta el día de mi muerte.

Soy el marido de Dolors, profesora de francés, amante del buen cine, la lectura y el café; viajera infatigable, ágil conversadora, capaz de hacer sonreír al más huraño. Dolors, quien sostiene con mano firme el rumbo cuando la tormenta arrecia; En cuanto a mí no hay mucho que decir, dos licenciaturas, una maestría, profesor por vocación; corredor de maratón, guitarrista, lector, escritor en grado de aprendiz, amante de la historia, la arqueología y el honor. Hago de todo y de nada, desfago entuertos y enderezo jorobados, te leo el presente, el pasado y el porvenir. Soy padre de tres hijos y seis nietos, mi orgullo y esperanza de que este mundo será mejor porque queda en buenas manos y serán ellos los que levanten el tiradero que absurdamente les dejamos.

Ciudad de México, junio de 2025