Ver al mundo de un solo color es una característica negativa del momento actual; el caso de China lo muestra claramente. A partir de la guerra de aranceles que inició el gobierno de Estados Unidos, el país asiático se convirtió en víctima de la narrativa sobre libre comercio internacional, pese a su pretendida filiación comunista.

Un análisis sin ese sesgo unipolar indica que la práctica china del libre comercio es parte central de su avance para convertirse en más que una potencia: un verdadero nuevo imperio que nada tiene que envidiar al que Estados Unidos ejerció en su mejor momento, ni al de los países europeos en siglos pasados. Hoy vemos naciones independientes que aún cargan con las consecuencias del colonialismo europeo iniciado con el descubrimiento de América en el siglo XV.

Lo cuestionable de que el libre comercio sea una de las palancas que impulsa a China hacia un nuevo imperio son las prácticas desleales que ha seguido para avanzar en esa ruta. Un ejemplo son los aranceles que la Unión Europea anunció en junio del año pasado sobre los vehículos eléctricos fabricados en el país asiático, elegidos como muestra para alejarnos de la guerra arancelaria estadounidense actual. La decisión europea respondió a que China tiene exceso de capacidad de producción en automóviles eléctricos; su mercado interno demanda menos vehículos de los que produce, aparentemente mucho menos. La solución ha sido exportarlos a otros países a precios que perjudican a los productores locales, precios bajos logrados mediante subsidios gubernamentales.

Prácticas similares se han observado en sectores como el acero o la industria solar, impulsadas por el apoyo estatal a la industria china. Esto plantea la necesidad de analizar si China aplica un modelo de capitalismo de Estado más que un comunismo auténtico.

Lo anterior explica, aunque no justifica, la guerra arancelaria estadounidense. Es injustificable porque la política de Washington no solo tiene como objetivo a China, sino que ha sido generalizada. Además, al igual que China, busca impulsar un imperialismo en declive, que algunos consideran que podría llegar a su fin a largo plazo, intentando recuperar los niveles de influencia de décadas pasadas sin atender los factores económicos necesarios para reforzar su productividad.

Este contexto es relevante para entender la propuesta de reforma a la Ley de los Impuestos Generales de Importación y de Exportación, que aumentaría los aranceles a los países con los que México no tiene acuerdos comerciales. La reforma afectaría a mil 463 productos, con China como destinatario central.

Si el Congreso aprueba la reforma, México quedaría alineado con la política arancelaria estadounidense, posicionándose del lado de Washington frente a China. Durante años, los productores mexicanos han denunciado la entrada de mercancías chinas que dañan la industria nacional. La pregunta es por qué la reacción ocurre hasta ahora, especialmente cuando la actual administración mexicana muestra afinidad política e ideológica con Beijing.

Entre las cuestiones de fondo está la relación de esta propuesta con la renegociación del tratado comercial entre México, Estados Unidos y Canadá, que se iniciará con su revisión. Queda claro que Washington buscará obtener ventajas exclusivas, compactando a la región de América del Norte en una unidad en la que México y Canadá aportarían mucho más de lo que recibirían.

Esto se suma a las presiones de Estados Unidos para frenar la migración indocumentada que atraviesa México, así como a la exigencia de intensificar el combate al tráfico de drogas en nuestro país, incluyendo la captura de objetivos de alto nivel, mientras las agencias estadounidenses no combaten a sus propios narcotraficantes. La impresión es que del lado mexicano no hay cartas efectivas para negociar, salvo la retórica.

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