Ofelia y su esposo Carmelo vivían en las afueras del pueblo de Dolores. La pareja era feliz, una felicidad alimentada por la quietud con la que habían manejado sus vidas. No eran ambiciosos; la simplicidad del conformismo los abrigaba en las cuatro estaciones. Aceptaban los cambios de temperatura de la misma forma que los distintos gobiernos que asumían; todo les daba igual.

Una mañana, al salir a la vereda, vieron que habían quitado el cartel de venta de la casa de enfrente. El matrimonio de nuevos vecinos se presentó y, a partir de ese momento, nació la amistad.

— Ofelia, querida, me siento feliz de contar con ustedes —solía repetir Carmelo al tiempo que la abrazaba.

Del mismo modo, el esposo agradecía la presencia de los vecinos y la tranquilidad que sentía al viajar, sabiendo que estaban los fieles amigos de enfrente. Carmelo trabajaba en una fábrica con turnos diurnos y nocturnos; José, su esposo, en casa con una máquina programada para calcar etiquetas en cualquier superficie. Con esos trabajos podían pagar las cuotas por la compra de la vivienda.

Carmelo era de los hombres que saben arreglar todo y a los que muchos llaman “arreglatuti”, actividad condicionada a su repentina fotofobia; por tal causa no podía dormir si la habitación no se encontraba en absoluta oscuridad.

Los meses pasaron y la amistad de los dos matrimonios se fortaleció. Cruzaban a diario para verse, charlar o consultar alguna duda que surgiera.

—Agradezco poder tener una palabra de apoyo y tus sabios consejos, querida Carmelo —le decía Ofelia a su amiga y vecina.

Igual sucedía entre Carmelo y José, que visitaban y charlaban con las mujeres.

—Ofelia, querida, ¿le podés decir a Carmelo que venga a ver el lavarropas? Funciona mal, me parece.

El vecino estaba presto para toda emergencia y con la seguridad de hallar la solución a cualquier inconveniente.

Los barrios son tranquilos hasta que se suman a los chismes inoportunos e ingresan al dicho: “barrio chico, infierno grande”. En el que vivían los cuatro amigos cayó en la trampa. Las críticas aumentaron y las habladurías, que aseguraban que entre ellos practicaban el poliamor, no faltaron.

Cuando las dos parejas se enteraron, en vez de enojarse, lo tomaron como broma; aumentaron adrede las cruzadas de calle a una y otra casa, a cualquier hora. Disfrutaban de las miradas de los demás vecinos, que con seguridad los observaban desde las hendijas de las ventanas.

Una madrugada, en la que Carmelo había regresado hacía unos minutos de la casa de enfrente, Ofelia sintió sed. Junto a la puerta de la cocina, a la que se dirigía, encontró sobre el piso un papelito. Lo levantó y leyó; como no entendió, lo dejó sobre la mesada mientras bebía agua.

Regresó a la habitación, creyendo que su esposo aún estaba enfrente, y encendió la luz. La claridad lo mostró con la espalda descubierta, marcada con múltiples figuras de sellos. Entonces recordó lo que estaba escrito en el papel: “Cada momento quedará impreso para el recuerdo”.

Dicen que cuando uno se tiene que enterar de algo, los duendes traviesos suelen intervenir.