Por: Sydne Mariel Mendoza Mera

Cada 23 de octubre, México celebra a quienes dedican su vida a sanar y hacen de la ciencia un acto de humanidad: las y los médicos. Más allá de las batas blancas y los hospitales, ser médico en nuestro país es pertenecer a una historia viva, tejida entre carencias y esperanzas, entre ciencia y compasión. Es una profesión que encarna un compromiso moral con la vida misma.
La medicina mexicana ha recorrido un largo camino. En sus orígenes, estuvo profundamente ligada al territorio y al conocimiento ancestral de los pueblos originarios, donde curar era también comprender el equilibrio entre cuerpo, espíritu y naturaleza. Con el paso del tiempo, la formación médica se institucionalizó, se fortalecieron los sistemas de salud pública y surgieron programas que llevaron atención a los rincones más apartados del país. La medicina social, impulsada por figuras como Ignacio Chávez o Gustavo Baz Prada, sembró la idea de que la salud es un derecho y no un privilegio.
Hoy, la medicina en México se enfrenta a nuevos desafíos: las enfermedades crónicas, la desigualdad en el acceso a servicios de salud, la tecnificación de los procesos médicos, la economía de la salud y la necesidad de mantener el sentido humano ante la automatización.
Sin embargo, también hay esperanza en las nuevas generaciones de médicos que integran la ciencia con la empatía, que comprenden que detrás de cada diagnóstico hay una historia de vida. La pandemia reciente nos recordó que la medicina no sólo es conocimiento, sino entrega.
Pero la salud pública no se construye únicamente desde los hospitales o las instituciones. Requiere también de una ciudadanía activa, consciente de que cada acción cotidiana tiene un impacto colectivo. Participar en campañas de vacunación, cuidar la alimentación, fomentar la prevención y exigir políticas de salud con enfoque social son formas de corresponsabilidad que fortalecen al sistema y al tejido comunitario. La salud, entendida como un bien común, nos invita a repensarnos como parte de una red donde el bienestar individual y el colectivo están profundamente entrelazados.
En esta evolución, hay quienes encarnan el espíritu más noble de la profesión. Pienso en mi padre, el doctor Isrrael, médico cirujano y maestro en salud pública, quien dedicó más de cuarenta años de vida a la Salud Pública. Su vida profesional fue también una lección de servicio a quienes no tenían la posibilidad de acudir a una consulta médica privada y donde aún hoy, con las circunstancias propias del tiempo, se exige cada día una nueva dosis de fortaleza, que le permite compartir su conocimiento y consejo a nuevas generaciones y recuerda que la vocación de vida nos acompaña a toda hora, en cualquier escenario y en toda condición.
Pienso también en Nicolle, quien desde el inicio de su formación médica descubrió que la vocación no se hereda, se construye con convicción. Hoy veo en ella esa mezcla de ilusión y compromiso que define a los médicos jóvenes, en ella veo la continuidad de un legado: el de curar con ciencia, pero también con sensibilidad.
Porque la medicina no es sólo la suma de diagnósticos, ni un conjunto de procedimientos. Es una forma de mirar al otro con respeto, de acompañar su dolor, de ser testigo del milagro que significa cada vida recuperada. En cada médico y médica comprometida con su comunidad hay una promesa de humanidad renovada.
A mi padre Isrrael, a Nicolle y a cada profesional de la salud que a lo largo del tiempo he conocido, sirvan estas líneas para reconocerles su labor y por recordarme que ayudar a otros también es una forma de sanar el alma.

¡Hasta pronto!