Por Sydne Mariel Mendoza Mera

A más de medio siglo del llamado boom latinoamericano, los nombres de los grandes escritores varones siguen resonando en el imaginario colectivo. Pero en ese eco también se esconde un silencio: el de las escritoras que compartieron el mismo tiempo y talento, pero no la misma visibilidad. Hoy, el reto no es solo mirar hacia atrás, sino cuestionar por qué aún leemos desde estructuras que excluyen.
Hace unos días con el debate aún muy reciente a raíz de un proyecto del Fondo de Cultura Económica para distribución de libros, hice un pequeño ejercicio. Pregunté a diez personas cercanas cuáles eran sus cinco libros favoritos la respuesta me sorprendió ya que en su mayoría 5 de 5 fueron autores masculinos sin embargo no atribuyo sus respuestas a una simple casualidad: fue un reflejo. Las estructuras culturales y editoriales que durante décadas moldearon nuestras lecturas siguen presentes, incluso en nuestros hábitos más cotidianos.
Durante el llamado boom latinoamericano, los nombres de Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar o Carlos Fuentes llenaron las portadas del continente. Pero detrás de esa euforia literaria hubo también un silencio: el de las escritoras que compartieron el mismo tiempo, la misma región y pasión por narrar, pero no tuvieron la misma vitrina. Autoras como Elena Garro, Rosario Castellanos, María Luisa Bombal, Claribel Alegría o Silvina Ocampo escribieron con una fuerza y una visión igualmente transformadora, pero la historia las colocó en un segundo plano.
Ese desequilibrio no fue solo fruto del talento o del gusto del público: fue un fenómeno estructural. Las editoriales, los críticos y los medios construyeron un canon predominantemente masculino, y lo reafirmaron con premios, reseñas y espacios de difusión. Ser mujer y escribir, en aquel contexto, era hacerlo a contracorriente, en un sistema que aún no reconocía la literatura escrita por mujeres como una voz universal.
Lo preocupante es que esa herencia sigue vigente. Hoy, basta mirar las vitrinas principales de las librerías o las listas de “los más vendidos” para notar que la visibilidad sigue inclinada hacia los autores varones. Las escritoras publican, claro, pero siguen teniendo que demostrar su lugar, mientras ellos parten de la presunción de pertenecer al canon.
Sin embargo, algo está cambiando. Autoras como Fernanda Melchor, Samanta Schweblin, Mariana Enríquez o Valeria Luiselli están reescribiendo el mapa literario latinoamericano. Sus obras dialogan con la violencia, la identidad y la memoria desde una perspectiva que por mucho tiempo fue ignorada. Son la prueba de que el talento femenino no es una excepción: siempre estuvo ahí, solo que el sistema no quiso mirarlo.
Pero este cambio no será completo si nosotras mismas no abrimos también nuestra mente y nuestros espacios a las aportaciones de otras mujeres. En la literatura y la poesía contemporánea hay voces poderosas que merecen mayor difusión: Yanira García, para mí es una referente desde Hidalgo, o Lola Venegas Isabel M. Reverte y Margó Venegas, cuyo libro abre con lucidez el debate sobre el patriarcado estructural; o pensadoras como Katrine Marçal, que desde la economía cuestiona los fundamentos masculinizados del valor y la productividad. Todas ellas, y tantas otras, son parte de un nuevo coro que reclama ser escuchado.
Reconocerlas no es un gesto de corrección política, sino un acto de justicia literaria. Porque solo cuando dejemos de replicar la estructura patriarcal —también en nuestras lecturas y recomendaciones— podremos construir una literatura verdaderamente plural, diversa y libre.

Tal vez entonces descubramos que el boom nunca terminó… simplemente estaba esperando otras voces para contarse de nuevo.
¡Hasta pronto!