Por Mónica Teresa Müller

Caminaba por el parque Isabel la Católica bajo la sombra de la arboleda. A diario, el crujir de las piedras del sendero que atravesaba el lugar, le regalaba la oportunidad de disfrutar de una marcha sonora en la que no cabían preocupaciones. El aroma de las pérgolas cargadas de rosas multicolores, presentaba contienda culminando a su olfato a una aceptación inevitable. Las ardillas parecían coquetear columpiándose entre las ramas superiores del follaje. A unos metros se encontraba la playa de San Lorenzo, su playa, en la que los pies se hundirían en la arena; quedarían atrás los pavos reales que lo acompañaban hasta el límite del Parque.

Ese día le faltaban unos metros para alcanzar el camino de bajada al mar. Su piel estaba dorada por el sol de un verano riguroso.
“Es un día más, pero espero que sea diferente”, pensó.
Llegó al paseo del Muro y bajó a la arena por la escalera quince, continuó el trayecto por la planicie de la playa. La luz apenas se asomaba, pero el resplandor era suficiente para que viera, en la mágica suplantación de las penumbras, las huellas que una vez más habían despertado el deseo de saber a quién pertenecían.
Durante las primeras horas, la bajamar concedía el permiso para recrearse. Había ido a la playa a horas tempranas y siempre las huellas estaban a su llegada. No se iba a dar por vencido, descubriría qué significaban esas marcas pequeñas sobre la arena, parecidas a pisadas que se dirigían hacia el sur, pero se reservaban el regreso.
Caminó dejándose acariciar por la ventisca y disfrutó ver las olas que dibujaban con su espuma sobre la costa. Antes de llegar a los Jardines del Naútico, se sentó junto al muro que limitaba el arenal y en medio de un recoveco entre las piedras del murallón. “No habrá otro día, posterior a éste sin que quede aclarado el misterio de las huellas” murmuró. “Es demasiado para mi ansiedad”.
Miró hacia la escalera seis, una más de las que comunicaba el paseo del Muro con la playa. Le llamó la atención un niño, que parado al inicio de ella y con una mochila sobre la espalda parecía que esperaba algo. El hombre supuso que el chiquillo había hecho un alto en el recorrido fascinado por la imagen que estaba frente a él, el agua turquesa bajo el cielo que con tinte azul oscuro, se apoderaba del entorno entre las brumas. Pasados unos minutos, el pequeño levantó un brazo, movió la mano a modo de saludo, caminó por la arena y pasó próximo a la figura que permanecía observándolo acurrucada junto al paredón.

El niño alcanzó la punta sur de San Lorenzo, donde la Escalerona, se acercó a la orilla del mar en donde las piedras ocupaban un amplio espacio y subió a ellas con la mochila sostenida por una mano.
El hombre se acercó con lentitud. Vio que el niño apoyó la bolsa sobre una roca, luego retiró de su interior dos botellas que introdujo en el mar, permaneció quieto mientras miraba ensimismado las botellas que se alejaban entre las olas castigadas por el viento. “Los hombres somos insensibles”, pensó y no supo por qué algo picaneó los sentimientos y erizó su piel,
El niño parecía tener seis o siete años. Se notaba que le costaba esfuerzo mantener el equilibrio sobre las rocas que parecían enceradas. Volvió a agacharse, mojó sus manos con el agua salada por entre las piedras y guardó algo dentro del bolso. La figura endeble regresó por el camino andado y con paso lento enfiló hacia la Escalerona, la que profundiza sus cementos en el arenal.
“Parece un Principito”, caviló el hombre que había salido de su escondite y caminaba para encontrase con el chiquillo; éste había colocado la mochila de nuevo sobre la espalda; el equipo deportivo de tela frágil se agitaba obediente a los vapuleos del aire y el pelo castaño cubría parte del rostro infantil.
— ¡Hola, niño!- saludó el hombre durante la subida.
— Hola- luego corrió y abrazó la falda de una mujer.
— ¡Mamá, mira!- mostraba una cajita- ¡Papá me dejó esto, encontró la botella, tenías razón, mamita, que buscara en ese lugar!
El niño vio al hombre, que parado a su lado no salía del aturdimiento.
— Sabe, señor – le dijo mirándolo a los ojos con la expresión que permiten crear las alegrías y continuó:- mi papá era el piloto del avión que cayó en el mar hace unos días, está en una isla, no puede regresar, pero no importa, nos comunicaremos con el corazón. Ahora me mandó esta cajita, sé que en ella están guardados sus besos.

El deseo de alzarlo y apretarlo contra su pecho había echado por la borda el interés por las huellas promotoras del encuentro con el pequeño.
El niño quedó protegido entre los brazos de su madre, mientras los de él la rodeaban por la cintura.
El hombre y la mujer permanecían callados. Los ojos de ambos se hicieron cristalinos mientras el ruido del mar aquietaba la tempestad de los pensamientos. Pasados los minutos necesarios para aplacar la inestabilidad de las emociones, la mujer miró al hombre y casi como en un susurró le dijo:
— No se sorprenda, señor, a doña Ilusión, por el momento, hay que permitirle vivir.