Por Mónica Teresa Müller
Caminar de madrugada por las calles de Buenos Aires, lo inquietaba. Se sentía agotado y lo cansaba, sobre todo, regresar del trabajo en horario nocturno. Ingresó al hall de estilo colonial con piso de ladrillo y observó el reloj cu-cú heredado de su abuela que marcaba las cinco. Caminó unos pasos y regresó. Corroboró la hora en su reloj de muñeca y las 6:30 horas dieron cuenta, que el de pared no funcionaba. Aunque era de estatura alta, acercó una silla de esterilla colocada junto a una de las puertas que daban al hall, subió a ella y le dio cuerda al cu-cú. Desayunó a las apuradas. Los párpados se cerraban. Como se había duchado en el trabajo, se desvistió en la amplia habitación con la mirada apuntando a la cama, que lo esperaba como una amante sin satisfacer. A través de los postigos de hierro de las ventanas, el reflejo del sol aclaraba la estancia. Un ropero desprovisto de puertas, cubierto su frente por una tela de tapizado grueso, las mesas de noche con tapa de mármol y una cómoda, componían el mobiliario. A pesar de sus cuarenta y nueve años, había decidido dejar cada mueble de sus padres, en la casa heredada. Por eso sus amigos lo tildaban de: antiguo y viejo carcamán. Y menos, modificaría en algo la habitación que habían ocupado sus progenitores. Toda la semana fue y regresó del trabajo a la misma hora. Y cada mañana, al transitar por el hall, el reloj de pared estaba parado. Las horas de trabajo nocturno lo habían favorecido con tres días de franco y, por supuesto, los quería disfrutar. Calculando que también el desorden de la casa ameritaba dedicación, programó los tiempos para ello y el resto, para divertirse con sus amigos. El sonido del cu-cú le hizo acordar que debería revisarlo, ver por qué funcionaba mal y se paraba siempre a las cinco de la mañana. Cuando revisó la máquina, quedó sorprendido. Parecía que los años no la habían desgastado. Estaba perfecta. El resto de los tres días de franco, Pablo disfrutó a pleno. Las copas negadas durante la semana fueron deleitadas junto a los amigos. Las mujeres manejaron sus deseos y satisficieron su morbo. La actitud desprovista de compromiso con las ellas, había sido criticada por su padre. — Pablo, hijo, no seas frívolo, sean como sean, ante todo son personas. No juegues. No le contestaba, porque algo interior le hacía actuar de esa forma. No pensaba formalizar con ninguna. Muchas veces consideraba que la ausencia femenina en la vida de su padre y suya no había modificado sus vidas La dedicación del padre, cuando él tenía tres años, luego de la muerte de su madre, había sido suficiente. Era un tema que daba por finalizado cuando alguien trataba de iniciarlo. Había amado a ese hombre, pequeño de estatura, pero de voluntad increíble. Ya no estaba a su lado, pero lo sentía como si no hubiera partido. Y otra vez la rutina acorraló al disfrute del hombre, para canjearlo por responsabilidades de las que no podía zafar, porque:”si no laburo no cobro, y si no cobro no como”, decía. Al mes de encontrar a diario al reloj de pared parado a las cinco, Pablo se preocupó. Dos relojeros lo habían revisado y también, como le había sucedido a él, quedaron sorprendidos por el excelente estado de la máquina, además de la originalidad de las plumas negras que recubrían el pájaro y que no tenían antecedente en los modelos de esos relojes. El cu-cú, poco a poco, pasó a ser el centro de su vida. Soñaba con él, hasta oía en el trabajo el sonido que emitía el pájaro a cada hora. Sentía que la preocupación había llegado a ocupar el espacio del castigo. Todos los días le daba cuerda antes de partir para el trabajo y hasta se persignaba pidiendo al Altísimo un guiño a favor, pero nada modificó su devoción. La primera mañana de sus siguientes días de franco, despertó sobresaltado por una pesadilla en la que una bandada de cuervos, ingresaba a la cocina de su casa. La mujer con la que había compartido los abismos del placer, estaba a su lado, laxa. Pablo trató de recuperarse. Se acercó al cuerpo de ella, acarició con su mano el rostro y al moverlo para besar, vio plumas negras sobre la almohada. El recuerdo del “Never More” de Poe, poema predilecto de su padre, le produjo un escalofrío que lo dejó temblando. Se levantó y caminó hacía el hall. El cu-cú estaba parado y las agujas marcaban las cinco, pero esta vez, el pájaro negro había quedado fuera y en su pico entreabierto se veía un papel. “El papel no estaba ahí, lo hubieran descubierto los relojeros o yo”, murmuró. “Aguantá, Pablo, después verás como sigue todo esto”, se dijo. A regresar a la habitación y aunque el sol entibiaba el ventanal, el lugar estaba helado. — Vestite – le ordenó a la mujer. Luego, la apuró a caminar hasta la salida con la palma de su mano sobre la espalda de ella y la despidió. En el hall, el pájaro del reloj parecía a la espera. Una parte del cuerpo estaba desprovisto de plumas. Pablo buscó la silla de esterilla y, una vez más, lo descolgó. Caminó hasta el final del hall, entró a la cocina y dejó el cu-cú sobre la mesa. Retiró el papel del pico. Era de fina textura y lo desenrolló con delicadeza. Estaba escrito con pequeñas letras y apretujadas palabras. “Sufro por haberte engañado. Te dejo a Pablo Si me perdonas, quizá me encuentres antes de mi partida final, a las cinco en…..” — ¡Dios!- gritó. El pájaro tenía el pico cerrado y la mirada perdida. Cada pluma estaba en su lugar y el tic tac resonaba en el espacio.


















