Siempre me gustaron las mesas de los cafés que están junto a las ventanas. Se puede mirar a los que transitan y hasta recuperar alguna fingida apariencia que se cuela por entre los gestos de los que pasan y además, creo que hasta podemos adivinar nuestra propia historia. Los vidrios, cuando la luz refleja en ellos las personas del ambiente, resultan ser un psicólogo de un perfil, que llega a ser impertinente.
Pude observar sin ser inoportuna y sin necesidad de disimular. Estaba en eso, cuando oí la voz junto a la mesa.
— Buenas tardes ¿qué va a pedir?
Era moreno de ojos oscuros y el tono de la voz marcó una cadencia reconocible.
— Un café con más leche que café.
— ¿Nada más?
La pregunta me incomodó, pero lo miré con una sonrisa de oreja a oreja.
— Su sonrisa es hermosa, señora.
Las dos cosas me dieron bronca porque el tipo no entendió y eso de señora, me dio de frente como una cachetada y mal barajada.
— Gracias, muy amable- contesté para no pecar por mal aprendida.
Mientras aguardaba el pedido, la Avenida Córdoba carecía de quietud; como si el tiempo pudiera detenerse y multiplicar los minutos, la gente caminaba con apuro sin siquiera tomar conciencia de que la vida es una y que cada uno la vive en su propia soledad aunque se esté acompañado.
No quise pensar demasiado. La mañana había sido un caos vivencial. Comprobé el engaño y sin lugar a dudas, era un hijo de puta.
Desde el mostrador, el tipo me sonrió, le devolví la sonrisa sin darme cuenta.
— Su pedido. El dueño le obsequia con estas masas secas y espera que sean de su agrado.
No era el que había tomado el pedido. Éste mozo era el que atenía la mesa junto a la mía cuando llegué al café. Desde el mostrador, el tipo levantó una taza a modo de brindis.
Sentí que el estómago se revolvía, no por el gesto sino por pensar en el momento que había vivido esa mañana.
— “No nena, padre con vos, ni loco. Ya tengo de sobra con el que tengo.”
El hijo de puta se dio cuenta tarde de lo que había dicho. Todo era mentira y la promesa, que iba a ser el sello de unión, caía destrozada.
Corrí hasta que respiré con dificultad y caminé por la Avenida Pueyrredón, doblé por Córdoba y a unas cuadras, ingresé al local.
El café con leche y las masas secas fueron un elixir. No quise huir de lo que sentí, al contrario, pensé que algo dado con gentileza, puede hasta modificar alguna idea funesta que se cruce en nuestros pensamientos.
El olor característico del lugar, me abrazó. Respiré profundo. Las dos mujeres, que parecían clientas asiduas, saludaron al tipo de lejos y marcharon. El ruido de vajilla mermó. El mozo que me entregó el pedido, acondicionó las mesas y se paró en la puerta.
— Perdón, ahora recuerdo que te conozco ¿Vos sos familiar de Teo, no? Te vi dos o tres veces con él en mi otro local. Sé su nombre porque, hace tiempo, fue cliente de mi primer negocio.
El tipo me golpeó fuerte con la pregunta.
— No. Fui una compañía circunstancial.- le contesté.
— Me alegra.
Lo miré a los ojos con firmeza, como si quisiera desentrañar su interior. No dije nada más. Cuando quise pagar la consumición, movió la cabeza negando.
Me acompañó hasta la puerta, susurró en mi oído: “Me llamo Pablo y quiero que sepas que en mí, tenés un amigo.” Puso en mi mano un papel con el número de celular, al tiempo que palmeó mi espalda. Su mirada me dio a entender, que algo presuponía.
Salí reconfortada y di gracias a las causalidades con las que nos premia la vida, además de vivir la soledad, me sentí acompañada.



















