Por: Sydne Mariel Mendoza Mera
La pintura La flagelación de Cristo (ca. 1455–1460), del maestro renacentista Piero della Francesca, es una obra que desafía silenciosamente al espectador. Su composición geométrica perfecta, su sobriedad y su armonía de líneas suelen ser puntos de admiración técnica. Sin embargo, debajo de esa serenidad aparente se esconde una tensión más profunda: dos temporalidades conviven sin tocarse, produciendo un efecto inquietante que va más allá de lo estético.
La obra no solo representa una escena religiosa; propone, deliberadamente o no, una reflexión filosófica sobre la fractura entre el tiempo eterno y el tiempo humano, es decir, el tiempo que no fluye y el tiempo que se consume.
El cuadro se divide en dos mundos que comparten el mismo lienzo, pero no la misma dimensión del ser. En el fondo, Cristo es flagelado bajo una arquitectura clásica construida con precisión matemática. Esa escena pertenece, siguiendo a Mircea Eliade (1959), al tiempo sagrado, un tiempo que no avanza porque sus hechos se consideran eternamente presentes.
Al frente, sin embargo, tres hombres mantienen una conversación tranquila, ajena a todo dramatismo. Forman parte del tiempo profano, el tiempo histórico que fluye, envejece y se consume. No es indiferencia moral lo que los separa de Cristo: es la imposibilidad de percibir algo que no ocurre dentro de su temporalidad.
Heidegger afirmaba que el ser humano habita diferentes modos de tiempo, algunos auténticos y otros dominados por la cotidianidad. En la pintura, ambos modos coexisten, pero sin comunicarse, pareciera que la casi perfecta geometría de la obra es su propia barrera. La perspectiva lineal, tan celebrada en Piero, no integra las escenas. Al contrario: funciona como frontera, las líneas del piso conducen la mirada hacia Cristo, pero al mismo tiempo sellan su espacio como una cámara autosuficiente. La arquitectura clásica es un recinto más que un puente y la luz confirma esa separación. El fondo se ilumina con un resplandor frío, casi metafísico; el primer plano, en cambio, recibe una luz natural, racional, propia del mundo humano. Es como si cada escena estuviera regida por un sol distinto: uno eterno, otro terrenal.
Esta indiferencia como desajuste temporal me produjo incomodidad provocada al admirar la pintura, quizá porque nace precisamente de este desajuste y es que no se trata de personajes insensibles: son figuras que no comparten el horizonte temporal de la escena sagrada. Hannah Arendt (1958) señala que solo comprendemos lo que aparece dentro de nuestro propio mundo vital. Lo que queda fuera de él no es ignorado por frialdad, sino porque simplemente no puede aparecer ante nosotros.
Así, la indiferencia que contiene la obra no es emocional: es ontológica. Y en esa idea reside gran parte de la fuerza simbólica del cuadro.
La obra parece anticipar un cambio histórico decisivo: la separación entre la fe y la racionalidad; ya que mientras la flagelación queda relegada al fondo, casi como un recuerdo del tiempo eterno, en primer plano emerge el mundo secular que caracterizaría al Renacimiento tardío. Charles Taylor lo denomina “la era del desencanto”: el momento en que el mundo deja de leerse únicamente a través de lo sagrado. En Piero, la escena divina ya no articula el ritmo del tiempo humano. Coexiste, pero sin gobernarlo, la genialidad de Piero no reside solo en la técnica, sino en haber capturado con el lenguaje visual una pregunta filosófica: ¿qué ocurre cuando dos tiempos conviven sin poder tocarse?
El arte aparece cuando el lenguaje no basta, cuando lo humano intenta expresar aquello que rebasa los límites del cuerpo y del pensamiento discursivo. La pintura muestra, sin palabras, que no todos los mundos que coexisten pueden comunicarse; que la sensibilidad humana solo responde a lo que comparte su propio tiempo interior; y que, a veces, la indiferencia es solo la sombra de una no sincronía profunda entre existencias. En esa grieta muda entre lo eterno y lo humano, Piero della Francesca revela la verdad más perturbadora de la obra: la incapacidad humana de ver aquello que pertenece a otro tiempo.
¡Hasta pronto!


















