Por Santiago Obregón

Por años, la crisis del agua en México parecía un problema distante, algo que ocurriría “algún día”. Hoy, ese “algún día” ya tiene rostro, sonido y urgencia. No se necesita mirar muy lejos: presas en mínimos históricos, sequías prolongadas, ríos contaminados y ciudades que viven con tandeos diarios. No hace falta un pronóstico exacto para entender que el tiempo se está acabando.

Diversos especialistas han advertido que México enfrenta uno de los periodos más secos de las últimas décadas. Y si bien nadie puede afirmar con precisión cuándo se “acabará” el agua, sí existe un consenso: si continuamos al ritmo actual de consumo, desperdicio y mala gestión, varias regiones del país podrían enfrentar estrés hídrico severo en los próximos años. En otras palabras, el futuro ya está tocando la puerta.

La causa no es una sola. Es la suma de muchos factores: cambio climático, crecimiento urbano desordenado, sobreexplotación de acuíferos, infraestructura obsoleta y, también hay que decirlo, una cultura de uso irresponsable del agua. México pierde millones de litros cada día por fugas, pero también por hábitos cotidianos que podrían evitarse.

Frente a este escenario, queda una pregunta inevitable: ¿qué estamos dispuestos a hacer?

Porque sí, necesitamos políticas públicas más estrictas, inversiones reales y planificación a largo plazo. Pero la conservación del agua también empieza en nuestras manos: en cerrar la llave mientras lavamos los dientes, en reparar una fuga en casa, en reducir el consumo innecesario, en entender que cada gota cuenta.

Cuidar el agua no es un acto simbólico: es una responsabilidad con nuestro propio futuro. No se trata de sembrar miedo, sino conciencia. De mirar de frente una realidad que ya está aquí y que, si actuamos con decisión, aún podemos cambiar.

México todavía está a tiempo. Pero ese tiempo, como el agua, corre. Y no hay recurso más valioso que el que sabemos cuidar antes de perderlo.