Por Mónica Teresa Müller

(continuación) 2da Parte

Llegó a la puerta de la casa en el barrio del medio. Un frente mugroso bastaba para saber el resto. Un tronco devastado junto a una pared incompleta en lo que podría haber sido un jardín, marcaba el límite con la vereda.
Abrió la puerta. El olor a humedad le produjo una sensación de agobio. Una sombra luminosa se incluyó en la oscuridad del lugar. Trató de serenar la inquietud que le provocaba pensar en Malena. Quizá estaba en el dormitorio. No supo la causa, pero frenó el deseo de llamarla. “No, que sea una sorpresa”, pensó.
Una mesa y dos sillas junto a una cocina roñosa como el frente, era el mobiliario. La otra habitación estaba vacía. Una puerta en el fondo mostraba la chapa corroída y se podía ver por entre los papeles rotos que cubrían los vidrios, una construcción trasera.
Moncho caminó por un pequeño espacio embarrado. La puerta de entrada, entreabierta, tenía una cadena que colgaba de los pasadores asegurados a la pared junto a un candado.
— Aspirá, pendeja. No te retobes ahora o te meto la pichicata. No me jodas.
Por el sonido, el hombre hablaba entre dientes. El padrino se agacho y miró por la hendija. Sobre una cama estaba Malena, soñolienta. El cuerpo era una espiga que no dejaba hueco en el colchón. El pelo cubría revoltoso parte del rostro en el que los labios parecían agrietados. A un costado, un cajón como mesa y sobre él, una lámpara con pedestal y base de metal.
El desconocido tenía algo en una mano y con la otra zamarreaba a la mujer, que solo lo miraba. Moncho se levantó, empujó la puerta y entró con el ímpetu del que sabe qué va a hacer.
El hombre, cuando lo vio, dejó a Malena y lo topó como un toro al ataque con su cuerpo de blandas redondeces y altura respetable. Moncho golpeó la espalda contra la pared y lo arremetió a trompadas sobre la cara. Un labio chocó contra los dientes y comenzó a sangrar. Ambos estaban enfurecidos. El polvo que ocupaba el papel con el que amenazaba a Malena, había volado en un intento de sobrevivir a la pugna.
La navaja automática apareció en un santiamén en la mano zurda del hombre, que jugó en el aire con su filo. Sacaba y guardaba la hoja con repetidos movimientos.
— ¿Y ahora?- preguntó socarrón- hacete el gallito.
— Hijo de re mil putas, te voy a matar-el padrino estaba enardecido.
— Mirá como reculás, marica. Mostrale a la puta esa que sos bien macho- gritó antes de la carcajada.
La carcajada y el “puta” dieron en el blanco. Moncho agarró la lámpara y la esgrimió defensivo.
La navaja y la lámpara, eran ataque y defensa. Las piernas comenzaron a jugar y tratar de trabar al contrincante entre cada avance y retroceso.
Desde la cama, Malena miraba desconcertada. El gesto denotaba que no sabía qué pasaba.
El hombre de espalda a la cama, estaba dispuesto a perforar el corazón del padrino, que había caído junto a la puerta, aturdido. Una patada en la mano que agarraba la lámpara hizo que el bronce diera en la cara de Moncho.
A veces, en un instante, el golpe certero que toca la conciencia y espabila verdades que se niegan, adquiere la importancia intangible de un milagro.
El pedido palpitó desde el murmullo de un moribundo y se transformó en una fuerza poderosa. “No le permitas nada a ese hijo de puta…”, y llegó hecho eco a los pensamientos.
Malena, sin titubear, empujó con sus piernas al hombre, que cayó de cara al suelo. La navaja cumplió con el deseo del dueño, pero en su cuerpo.

Como dijo Séneca: “Saber vivir, saber morir”