Sydne Mariel Mendoza Mera
Hay algo curioso que ocurre cada diciembre: aunque cambiamos los nombres, los símbolos y hasta las excusas, seguimos celebrando casi lo mismo desde hace más de dos mil años.
En la antigua Roma, cuando el calendario marcaba el solsticio de invierno, se celebraban las Saturnalias, fiestas dedicadas a Saturno, dios de la agricultura y del tiempo. Durante varios días, el orden social se relajaba: se suspendían labores, los esclavos comían con sus amos, se intercambiaban regalos modestos y la ciudad entera parecía entregarse a una pausa colectiva. No era solo fiesta: era un respiro frente a la dureza del año.
Con el paso del tiempo, el Imperio cambió de dioses, pero no de necesidades. Cuando el cristianismo se volvió religión oficial, no eliminó del todo esas celebraciones: las reconfiguró. El nacimiento de Cristo se colocó estratégicamente en diciembre, justo donde antes se celebraba el renacimiento simbólico del sol. El mensaje cambió, pero el ritual permaneció.
Y así llegamos a nuestros festejos decembrinos actuales: cenas largas, regalos, luces, reuniones familiares, licencias emocionales para el exceso y, sobre todo, una especie de permiso social para detenernos un momento. Ya no invocamos a Saturno, pero seguimos buscando lo mismo: luz en medio del invierno, literal y simbólicamente.
Lo interesante es que, aunque solemos pensar la Navidad y el fin de año como tradiciones “modernas” o estrictamente religiosas, en realidad son una mezcla de herencias paganas, adaptaciones culturales y necesidades humanas profundamente antiguas. Celebramos el cierre de ciclos, la esperanza de que algo nuevo comience y la posibilidad —aunque sea temporal— de un mundo más amable.
Tal vez por eso estas fechas generan emociones tan intensas: alegría, nostalgia, cansancio, culpa, expectativa. No es solo el tráfico o los compromisos sociales. Es que, desde hace siglos, diciembre carga con el peso simbólico de revisar quiénes somos y qué hicimos con el tiempo.
Las Saturnalias nos recuerdan que las fiestas no nacieron para el consumo, sino para el descanso; no para el exceso, sino para la comunidad. Quizá por eso, cuando las luces se apagan y enero llega sin ceremonia, sentimos una especie de vacío: el hechizo se rompe y el orden vuelve a instalarse.
Pero algo queda. Cada año repetimos el ritual, aunque no sepamos de dónde viene. Y tal vez ahí esté la clave: más allá de credos o calendarios, seguimos celebrando porque necesitamos creer —al menos unos días— que el mundo puede suspender su dureza y volver a empezar.
Al final, no hemos dejado de celebrar a Saturno ni de esperar el milagro. Solo cambiamos los nombres… y seguimos buscando luz en la noche más larga del año.
¡Hasta pronto!




















