Sydne Mariel Mendoza Mera

Hace unos días me invitaron a hacer buñuelos. No parecía, en apariencia, un acontecimiento mayor: una cocina, masa, aceite y fuego. Sin embargo, al cruzar ese umbral entendí que estaba entrando en algo mucho más antiguo. Éramos mujeres en su mayoría: niñas, jóvenes, adultas y la experiencia cuya presencia marcaba el ritmo sin necesidad de levantar la voz.

Cada una tenía una función específica y, más importante aún, cada tarea venía acompañada de una explicación. No era solo qué había que hacer, sino por qué era importante hacerlo así para que un solo buñuelo quedara en perfectas condiciones.
Mientras escuchaba, comprendí que no estaba aprendiendo únicamente una receta. Estaba presenciando un acto de transmisión de conocimiento en su forma más antigua: de boca a oído, de mujer a mujer, sin libros, sin pizarrones, sin certificados. El saber viajaba en la palabra compartida, en la corrección suave, en la advertencia oportuna, en la historia que se colaba entre una instrucción y otra.

Ese momento me llevó inevitablemente a pensar en todas las hogueras que han existido desde los albores de la humanidad. Antes de que el conocimiento se escribiera, se publicara o se institucionalizara, fue hablado y escuchado. Y durante siglos, fueron las mujeres quienes sostuvieron ese archivo vivo: alrededor del fuego, del telar, de la mesa, del fogón. Allí se transmitían técnicas, pero también valores, advertencias, memorias, formas de cuidar y de resistir.

Las tejedoras escocesas, por ejemplo, no solo entrelazaban hilos: tejían relatos, símbolos y códigos compartidos. En cada puntada viajaba una historia que no siempre quedaba registrada en documentos oficiales, pero que sobrevivía gracias a la repetición oral. Como ellas, miles de mujeres en distintas culturas convirtieron los espacios cotidianos —tan subestimados por la historia formal— en verdaderas escuelas comunitarias.

En Mesoamérica, ese conocimiento tuvo un rostro claro: el de las parteras y curanderas. Mujeres que, sin títulos ni laboratorios, conocían los ciclos del cuerpo, el lenguaje de las plantas y los tiempos de la vida. La herbolaria prehispánica se transmitía de generación en generación mediante la observación, la experiencia y la palabra. Sabían qué hierba calmaba el dolor, cuál ayudaba a cerrar una herida, cuál acompañaba un parto o un duelo. No se trataba solo de sanar el cuerpo, sino de sostener a la comunidad.

Las parteras no solo asistían nacimientos: explicaban, aconsejaban, contenían. Enseñaban a las más jóvenes a reconocer señales, a escuchar el cuerpo, a respetar los procesos naturales. Ese conocimiento, profundamente empírico y colectivo, fue durante siglos el único sistema de salud disponible para muchas comunidades. Sin embargo, con la llegada de la modernidad y la medicina institucional, gran parte de estos saberes fue desacreditada, perseguida o relegada al ámbito de lo “no científico”, pese a su eficacia y vigencia.

Durante mucho tiempo, este tipo de conocimiento fue invisibilizado. Lo que no estaba escrito parecía no existir; lo que no provenía de instituciones masculinas carecía de legitimidad. La palabra femenina fue reducida a “charla”, “chisme” o “costumbre”, sin reconocer que ahí se organizaba la vida, se transmitían saberes médicos, agrícolas, culinarios, emocionales y sociales. Aun así, ese saber nunca desapareció. Simplemente se refugió en la colectividad.

Volviendo a la cocina de los buñuelos, observé que cada indicación tenía una carga ética: cuidar el fuego, respetar el tiempo, observar la masa, esperar el momento exacto. La niña aprendía mirando a la joven; la joven escuchaba a la adulta; la adulta asentía ante la experiencia. No había jerarquías rígidas, sino una cadena de confianza. Así ha funcionado la transmisión del conocimiento femenino durante siglos: horizontal, paciente, profundamente humana.

Hoy, en un mundo saturado de información inmediata, quizá convenga volver la mirada a estas formas ancestrales de aprender. Porque ahí donde las mujeres se reúnen y hablan, el conocimiento no solo se conserva: se adapta, se cuida y se resignifica. Cambian los espacios —ya no siempre hay hogueras, a veces hay cocinas modernas, consultorios comunitarios o incluso grupos de mensajes—, pero la lógica permanece: la palabra sigue pasando de boca a oído.

Defender estos saberes no es un acto de nostalgia, sino de resistencia. Es reconocer que no todo conocimiento necesita legitimación institucional para ser valioso. Es entender que, en un mundo que avanza rápido, la memoria colectiva que las mujeres sostienen sigue siendo una forma de futuro.

Tal vez la historia oficial no siempre lo haya registrado, pero el mundo se ha sostenido, en gran medida, gracias a estas conversaciones. Gracias a las mujeres que explicaron por qué era importante hacer bien cada cosa, ya fuera traer una vida al mundo, sanar un cuerpo o lograr que un buñuelo saliera perfecto. Porque mientras esa palabra siga circulando, mientras haya alguien dispuesta a escuchar y otra a enseñar, el fuego —ese que nos reúne y nos explica— no se apagará.

Hoy, en un mundo saturado de información inmediata y saberes certificados, resulta urgente preguntarnos qué conocimientos seguimos validando y cuáles continuamos marginando. Porque cuando el saber de las mujeres es descalificado por no estar escrito, medido o institucionalizado, no solo se pierde memoria: se reproduce una forma de poder que decide quién puede enseñar y quién solo “sabe por costumbre”.

La transmisión oral femenina ha sido históricamente una forma de autonomía. Allí donde las mujeres compartieron recetas, remedios, partos, cuidados y estrategias de supervivencia, también construyeron redes de apoyo y resistencia frente a sistemas que las excluían del conocimiento formal. No es casual que estos saberes hayan sido perseguidos, medicalizados o apropiados sin reconocimiento: controlar el conocimiento siempre ha sido una forma de controlar los cuerpos y las comunidades.

Defender hoy la herbolaria, la partería tradicional, los saberes comunitarios y las pedagogías cotidianas no es un gesto romántico ni un regreso al pasado. Es una postura política. Implica reconocer que existen otras formas legítimas de conocimiento, producidas fuera de la academia y del mercado, pero esenciales para la vida colectiva. Implica, también, exigir que estos saberes sean respetados, protegidos y escuchados, no como curiosidades culturales, sino como patrimonio vivo.

Porque cada vez que una mujer explica por qué algo debe hacerse de cierta manera —en una cocina, en un parto, en una reunión comunitaria— está ejerciendo poder. Un poder que no domina, pero sostiene. Un poder que no impone, pero transforma. Mantener viva esa palabra es, hoy más que nunca, un acto de resistencia frente a un mundo que insiste en olvidar que la vida también se aprende hablando.

Mientras haya mujeres reuniéndose, explicando y transmitiendo, el fuego seguirá encendido. Y con él, la posibilidad de un conocimiento más justo, más humano y profundamente político.
¡Hasta pronto!