Por: Sydne Mariel Mendoza Mera.
Los acontecimientos geopolíticos de esta semana en América Latina colocan a la región en una posición incómodamente familiar y donde los ciclos de tensión global rara vez nos son ajenos. Cambian los actores, cambian los discursos, pero ciertas lógicas persisten. Entre ellas, la reaparición —explícita o velada— de la doctrina Monroe como marco desde el cual se interpreta a América Latina no como un bloque soberano, sino como una zona de influencia estratégica, donde la sombra de viejas doctrinas vuelve a proyectarse sobre decisiones económicas, diplomáticas y soberanas percibiendo a la región como un espacio a contener, corregir y tutelar.
Cuando esta lógica impera, las implicaciones económicas no tardan en hacerse visibles. La región queda atrapada entre promesas de inversión condicionada, presiones comerciales, redefinición de cadenas de suministro y una selectividad creciente en el acceso a financiamiento. La soberanía económica se vuelve negociable y el desarrollo, dependiente del alineamiento político. No se trata solo de comercio o inversión extranjera directa, sino de quién define las reglas del juego, sus límites y donde se encuentra el centro de toma decisiones.
En este contexto, resulta inquietante una declaración reciente del presidente estadounidense. Al ser cuestionado sobre cuáles eran los límites de su poder, respondió que éstos eran su mente y su moralidad. La frase, quizá pensada como un gesto de autocontrol ético, revela sin embargo una fragilidad peligrosa: cuando el límite del poder no es la ley, ni las instituciones, ni los acuerdos multilaterales, sino la moral individual de quien gobierna, el orden internacional entra en terreno incierto.
Aquí es donde Macbeth deja de ser literatura lejana y se convierte en advertencia política.
En la tragedia de Shakespeare, Macbeth es respetado por su honorabilidad y valentía. Su caída no proviene de una moral inexistente, sino de una moral que se deja convencer. Le hacen creer que un acto inmoral —el asesinato— traerá estabilidad, grandeza y bienestar al reino. Una vez cometido, el poder no lo corrige: lo transforma. Su ética se adapta, se vuelve pragmática, flexible. Lo que antes era impensable se convierte en necesario. Y lo necesario, en cotidiano. Macbeth nunca se percibe como injusto. Se percibe como inevitable.
Este es el mayor riesgo de trasladar la política internacional al terreno de la moral individual. Porque la moral, sin contrapesos institucionales, no es garantía de justicia; es una narrativa personal que puede ajustarse a los intereses del poder. En términos económicos, esto se traduce en decisiones unilaterales que afectan mercados, monedas, flujos de capital y estabilidad regional, sin mecanismos reales de rendición de cuentas.
Cuando las grandes potencias deciden desde una lógica moral propia qué gobiernos son confiables, qué economías merecen apoyo o qué países deben ser contenidos, América Latina vuelve a ocupar un lugar conocido: el de región reactiva, no decisoria. Y en ese escenario, las consecuencias no son abstractas: son inflación importada, dependencia financiera, volatilidad cambiaria y oportunidades de desarrollo pospuestas.
La historia —y la literatura— insisten en la misma lección: el problema no es que quienes gobiernan tengan moral, sino que crean que esta es suficiente. La justicia no puede depender del estado mental o ético de una sola persona, por más poder que concentre. Para eso existen las leyes, tratados y equilibrios institucionales: para evitar que el poder se confunda con virtud.
En Macbeth, cuando la conciencia comienza a quebrarse, el personaje se plantea: “To know my deed, ’twere best not know myself.” (al saber lo que he hecho, sería mejor no conocerme a mí mismo).
Tal vez por eso Macbeth sigue siendo una tragedia vigente. Porque nos recuerda que el poder sin límites externos siempre encuentra la manera de convencerse de que actúa correctamente. Y que cuando una sola mente se asume como frontera, el resultado rara vez es justo, y casi nunca es estable.
Ahí reside la advertencia. Cuando la moral individual se convierte en el único límite del poder, deja de reconocer sus propios actos. Y cuando eso ocurre, ni la justicia ni la estabilidad —económica o política— están garantizadas. ¡Hasta pronto!


















