«Alejandro el Magno y su mulero, al morir, quedaron igualados.» — Meditaciones, Libro VI, 24. Marco Aurelio.
En la penumbra de la tarde en Iztapalapa, donde el ruido de las soldadoras del edificio vecino se mezclaba con el pregón de los vendedores, don Mariano sentía una paz que no venía de su sangre, sino de la bondad de los desconocidos. A sus 93 años, su cuerpo era un mapa de arrugas y esfuerzo, pero su mirada conservaba la luz de quien ha encontrado un tesoro en el fango de la ingratitud.
Don Mariano caminaba por las calles polvorientas con la dignidad de un rey. En el camino al mercado, la mujer de los elotes, Meche, lo vio acercarse. Ella sabía que el viejo vivía solo a pesar de tener hijos con fortuna.
—»Venga, don Mariano, siéntese aquí en la sombra», le dijo Meche, acercándole un banquito con una devoción que su propia hija, Leonor, nunca mostró. Mientras le preparaba un elote tierno, ella le limpiaba el polvo de los pies con un trapo viejo; a Mariano le gustaba usar huaraches porque sus dedos torcidos ya no cabían en ningún zapato. En ese gesto sencillo, Mariano encontraba el amor que se le había negado en casa. Aquella mujer, que apenas ganaba para el día, le regalaba lo más caro que existe: tiempo y compasión.
Al llegar a la iglesia del barrio, el anciano sacó su sobre con la ofrenda. Con manos temblorosas, depositó el dinero para el templo. «El Cuervo», el vecino intrigoso que siempre acechaba desde la esquina, murmuró entre dientes: —»Ahí va el viejo a tirar lo poco que tiene. Debería estar guardando para su caja de muerto, que sus hijos no le van a pagar ni el café del velorio».
Mientras tanto, en una cafetería de una zona lujosa, Leonor y Alberto se reunían con sus tíos. La conversación no era sobre la salud de Mariano, sino sobre sus escrituras.
—»Es que ya son 93 años, Leonor. El terreno de Iztapalapa está subiendo de precio por la construcción de atrás», decía el tío Amado. —»¡Y ahora metió a unos albañiles a vivir con él!», chilló Leonor, ajustándose el collar de perlas. Alberto, el hermano menor, solo escuchaba; siempre fue un miserable indolente que vivió a costa de su padre. —»Habiendo heredado yo tres casas y Betito el edificio de departamentos, él prefiere vivir en esa ruina rodeado de mugrosos. Es un capricho para hacerme quedar mal». —»Hay que mover lo del juicio de interdicción», añadió la tía Marta. «Antes de que herede el cuarto a esos muertos de hambre. Mariano siempre ha sido un montón de problemas.»
Ninguno de ellos mencionó que, gracias a Mariano, el hijo de la tía Marta estudiaba en escuela privada, a pesar de sus constantes visitas a los anexos, su última sorpresa un ataque al corazón por cocaína. Tampoco dijeron que la abuela de Leonor y Betito, una mujer narcisista y gélida, fue un dechado de corrupción que les enseñó que las personas eran solo peldaños. Educados en la creencia de que el mundo les debía todo, veían a su padre como un depósito de basura.
De vuelta en la casona, la realidad era otra. Los albañiles del edificio de atrás, hombres de manos de piedra y corazones de pan, se habían quedado con él. El «Capi» y el «Chucho» le habían arreglado la luz y pintado la fachada por puro respeto. Esa noche, cenaban un caldo de pollo.
—Ustedes son los hijos que la vida me dio para el final del camino —susurró Mariano.
Pasaron los meses. La salud de Mariano decayó, pero su lucidez era un filo de acero. Una tarde, Leonor apareció forzada por los tíos para obtener la firma final. —»Padre, firme estos documentos de traspaso. Es por su tranquilidad».
Mariano la miró con ojos que veían a través de las almas. —»Ya los firmé, hija. Hace un mes».
Leonor sintió un escalofrío. Al revisar los papeles, palideció. La casona no estaba a su nombre ni al de Betito. La propiedad había sido donada legalmente a una fundación para ancianos desamparados, con la condición de que Mariano viviera allí hasta su último día y los albañiles que lo cuidaban conservaran su habitación mientras trabajaran en la zona.
—¡Nos has despojado! —gritó Leonor. Don Mariano, apoyado en el brazo de Chucho, respondió: —»Lo único que despojaron fue mi corazón, hija. Como creen que Dios es innecesario y ustedes no saben dar las gracias por nada, decidí que mi casa sirviera para recordarles que hay cosas más valiosas que el dinero. Ustedes, los herederos legítimos, se han quedado sin cosecha».
La caída de los hermanos fue fulminante. Al salir de la casa, Leonor encontró un citatorio. La denuncia por abandono de un anciano fue el hilo que desenterró la podredumbre familiar. La auditoría que siguió reveló que las tres casas de Leonor y el edificio de Betito habían sido adquiridos mediante los fraudes fiscales y las falsificaciones que la abuela narcisista les dejó como herencia «protectora».
En menos de un año, la justicia terrenal se alineó con la divina. Leonor fue desalojada de su mansión para cubrir deudas millonarias. Terminó viviendo en un cuarto alquilado frente a una obra en construcción. Cada mañana, el ruido de los martillos y el olor a cemento que tanto despreció le recordaban el rostro de su padre. Sus amigas del club desaparecieron; el vacío de su casa reflejaba ahora el vacío de su alma.
Betito, el indolente, perdió su edificio en una noche de apuestas y excesos. Sin madre ni abuela que le limpiaran las manos, terminó trabajando de guardia de seguridad en un centro comercial, pasando doce horas de pie, sintiendo en sus propios huesos el dolor que su padre callaba. Aquellos tíos que tanto lo alentaron le cerraron la puerta en la cara; las hienas no comparten el hambre.
Don Mariano falleció una tarde de sol, rodeado de sus «hijos del cemento» y de Meche, quien le sostuvo la mano hasta el final. La casona se convirtió en la “Fundación Dignidad», un refugio donde ningún anciano volvió a estar solo.
En la entrada, una placa brilla bajo el sol de Iztapalapa:
«Aquí no vive el dinero, vive el hombre. Porque la verdadera riqueza no es heredar ladrillos, sino sembrar amor en el corazón de quien no tiene nada que devolverte.»
Don Mariano ganó la partida. No se llevó un solo peso al otro mundo, pero dejó a sus hijos con las manos vacías y el alma expuesta, mientras él se marchaba con el único tesoro que el óxido no destruye: la dignidad intacta.
















