Para Angélica Dorantes y
Arturo Nieto.
Por fin la fecha esperada, la representación de Aída, de Giuseppe Verdi, como digno colofón de la temporada de ópera. Los ciudadanos de a pie se congregan frente a la enorme pantalla colocada en la explanada para que las personas sin recursos económicos puedan disfrutar el espectáculo. Los famosos descienden de sus vehículos al pie de la alfombra roja. La gente importante se deja ver; mezclada entre esa muchedumbre abigarrada, los agentes de seguridad -con sobrios trajes negros- tratan de pasar desapercibidos, en la parte más alta del teatro varios francotiradores ajustan las mirillas de sus armas de alto poder y se declaran listos para descubrir y conjurar cualquier peligro. Llega la comitiva, varias camionetas blindadas preceden a la limusina del presidente, quien baja pesadamente y sin esperar a la joven primera dama se encamina hacia el majestuoso pórtico; la gente lo aclama o vitupera a su paso ante la indiferencia del gobernante quien los ve con gesto displicente y aire despectivo, sabedor de que ante él tiemblan los hombres más poderosos del planeta. Llega al palco de honor donde lo aguardan miembros selectos del gabinete acompañados por sus esposas, ocupa su lugar, las manos aferran con fuerza los descansabrazos del sillón, el rostro refleja hartazgo, aburrimiento. Después de una breve pausa la sala se oscurece, el director de la orquesta camina ceremonioso hacia el podio, da la bienvenida al presidente y a su esposa por honrarlos con su presencia, se escuchan gritos de repudio, algunos de apoyo, el director pide silencio, la orquesta empieza a tocar. Al inicio del segundo acto se escuchan los tonos heroicos de trompetas egipcias, trombones y tubas entonando la Marcha Triunfal. Radamés regresa después de vencer a los etíopes, como premio faraón le da la mano de su hija Amneris, pero él está enamorado de la esclava Aída, lo que provoca una rivalidad entre ambas mujeres que terminará con la condena a muerte de Radamés por traición a la patria y la muerte de Aída, quien voluntariamente decide acompañarlo hasta el final.
Durante el tercer acto la compañía en pleno entona Va pensiero, el canto de los esclavos hebreos con el que recuerdan y expresan la añoranza por su tierra perdida; algunas personas se ponen de pie, pronto los secunda el público de toda la sala, cantan eufóricos:
*“Del Giordano le rive saluta
di Sionne le torri atterrate
o, mia patria, sì bella e perduta
o, membranza, sì cara e fatal”
El director, estremecido por la reacción del público pide silencio a la orquesta, el teatro se ha convertido en un gran coro que iracundo señala al presidente de la nación como el culpable de los abusos que se cometen en su país y del terror que ha sembrado en el mundo frente a la amenaza de invasión y guerra; se repite el rechazo ocurrido a Silvio Berlusconi en la Ópera de Roma allá por los años setenta cuando era primer ministro de Italia. La función termina con la muerte de Aída y Radamés, el público -extasiado- aplaude, estalla de júbilo, se pone de pie, todos menos un hombre que se aferra con fuerza a los descansabrazos del sillón, en su cara un gesto prepotente, soberbio, burlón, de su frente escurre un hilillo de sangre…
*Saluda a las orillas del Jordán
y a las destruidas torres de Sion.
¡Oh, mi patria, tan bella y perdida!
¡Oh, recuerdo tan querido y fatal!
Ciudad de México, enero de 2026




















