Por Sydne Mariel Mendoza Mera

Caminamos por la ciudad con los ojos abiertos y, aun así, vemos poco. La mirada salta de anuncio en anuncio, de espectacular en espectacular, de color estridente en tipografías que gritan ofertas, promesas y urgencias. La contaminación visual se ha vuelto un fondo permanente: tan normalizado que ya casi no lo cuestionamos, aunque nos distraiga, nos fatigue y nos robe la posibilidad de habitar el espacio con calma.

La ciudad contemporánea parece competir por nuestra atención. Todo quiere ser visto, todo quiere destacar, todo exige una reacción inmediata. En ese exceso, la mirada se fragmenta y la percepción se vuelve superficial. No es casual que nos sintamos saturados incluso sin darnos cuenta: el ruido no siempre es sonoro; a veces es visual, persistente y silencioso.

Pero la contaminación visual no solo distrae, también educa. Nos acostumbra a un tipo de “belleza” basada en el exceso, en lo llamativo, en lo que vende. Poco a poco, dejamos de notar los árboles que resisten entre el concreto, las fachadas que cuentan historias, la luz que cambia a lo largo del día o los espacios públicos que aún permiten el encuentro. La ciudad sigue ahí, pero nuestra atención ya no la habita.

Repensar el urbanismo implica también repensar la mirada. Ajustar las prioridades no es solo una cuestión estética, sino profundamente política y social. ¿Qué pasaría si el espacio urbano privilegiara el bienestar visual, el descanso de la mirada, la presencia de lo común por encima de lo comercial? ¿Si el diseño urbano apostara por la claridad, la coherencia y la naturaleza como elementos centrales y no accesorios?

Ser más perceptivos a otro tipo de belleza exige desacelerar, pero también exige decisiones colectivas. Regular la saturación publicitaria, recuperar espacios verdes, diseñar ciudades que no griten, sino que dialoguen. Tal vez entonces la belleza deje de ser un estímulo que compite por nuestra atención y vuelva a ser una experiencia que acompaña.

Porque cuando la ciudad nos permite mirar de verdad, también nos permite estar. Y en tiempos tan saturados, eso ya es una forma de cuidado. Quizá la pregunta de hoy no sea cómo hacer ciudades más bonitas, sino ¿Qué estamos dejando de ver cuando aceptamos que todo compita por nuestra atención? ¡Hasta pronto!